EL CUARTO DE MÁQUINAS

Los salvadores que venían a rescatar el periodismo… y terminaron copiándolo

Hay una escena que comienza a repetirse en este tiempo. Quizá les suene. Una empresa tecnológica entra en la conversación con un anuncio grandilocuente en forma de promesa grande y luminosa, casi moral: viene a arreglar un problema que los demás no han sabido (no hemos sabido) resolver.

Llegan con esa solemnidad mesiánica que tanto gusta en Silicon Valley y sus sucursales ideológicas: hablan de eficiencia, de innovación, de acceso, de soluciones. Donde otros ven un problema complejo, ellas ven oportunidades. Donde el periodismo reclama recursos, tiempo, independencia y oficio, ellas prometen atajos. ¿Les suena?

Y después de los fuegos artificiales pasa algo más viejo que el hilo negro: apartas la cortina del discurso y detrás no hay solución, hay extracción.

¿Y por qué nos tienden una y otra vez la misma trampa? Porque es casi imposible que el trabajo de desmontar esas promesas acapare la notoriedad que sí se consigue con sus anuncios. A no ser que el propio periodismo ponga pie en pared, que es exactamente lo que acaba de ocurrir con el caso de Nota, una empresa estadounidense que, usando Inteligencia Artificial, se presentaba como la solución definitiva a los llamados “news deserts”, esos territorios donde el cierre de medios locales ha dejado a la ciudadanía más desinformada y más sola. 

Para esas comunidades desatendidas informativamente, la empresa prometía generar artículos a partir de notas de prensa e información institucional, con el apoyo de herramientas de IA. Lanzó once webs disfrazándolas de buenas causas: cobertura bilingüe, herramientas cívicas… y acabó cerrándolas cuando el periodismo de verdad hizo su trabajo. Sendas investigaciones del medio local Axios Richmond y el Instituto Poynter descubrieron decenas de citas, frases y fotografías plagiadas de casi una treintena de medios locales y del trabajo de medio centenar de periodistas. Al final, Nota se convirtió en ejemplo de la paradoja perfecta (y terrible): se proclamó reparadora del vacío informativo y lo rellenó, en parte, con el trabajo de los que realmente estaban informando.

Lo inquietante no es el plagio, sino el marco mental que lo hace posible: la idea de que el periodismo es un residuo aprovechable, un yacimiento que expoliar, una cantera de textos, imágenes y preguntas ajenas que alguien puede trocear, empaquetar y redistribuir con una capa de tecnología. Como si la información fuera una materia prima gratuita y no el resultado de llamadas, horas de documentación y archivo, contrastes incómodos, protección de fuentes, conocimiento del terreno y ética de la responsabilidad. 

Lo inquietante no es el plagio, sino el marco mental que lo hace posible: la idea de que el periodismo es un residuo aprovechable, un yacimiento que expoliar, una cantera de textos, imágenes y preguntas ajenas que alguien puede trocear, empaquetar y redistribuir con una capa de tecnología

El problema no se limita a este caso. El sector tecnológico lleva años ensayando la misma coreografía: primero aparece un relato de una solución innovadora, después llega el uso de materia prima ajena para alimentar la máquina. Y, en muy pocos casos, las denuncias. Nada nuevo bajo el sol. Ocurrió con Perplexity, que se presentó como la fórmula definitiva para acceder al conocimiento de forma limpia, útil e inteligente. Poco después, Forbes la acusó de apropiarse de texto e imágenes de un reportaje de investigación exclusivo y la revista WIRED documentó prácticas de scraping (rastreo de información de forma encubierta). Más tarde llegaron los programas de reparto de ingresos y las palabras de aprecio hacia los editores de medios de comunicación. Primero, la apropiación. Después, la alianza.

La historia se repite con variantes. OpenAI ha firmado acuerdos con multitud de grupos mediáticos, como la agencia de noticias Associated Press, la editora de medios Axel Springer o periódicos como Le Monde o El País, que se presentan como colaboraciones para explorar los usos beneficiosos de la inteligencia artificial y fortalecer el papel del periodismo en el nuevo entorno. La pregunta ética es pertinente: ¿de verdad podemos llamar ‘alianza con el periodismo’ a un ecosistema que primero se alimenta de la producción periodística y después decide con quién firma y a quién deja fuera?

Esta dinámica tiene todavía una versión más refinada del mismo impulso de vaciar el periodismo mientras se habla en su nombre, que no pasa por copiar frases, fotografías o párrafos, sino por emular la función económica del periodismo. En esta versión encajan como un guante los resúmenes generados por IA de Google: usted le pregunta al buscador y éste le responde directamente a su pregunta sin salir de la plataforma, rompiendo el vínculo entre quien informa y quien lee. Usted lee lo que un periodista ha investigado o escrito, pero no llega a ser consciente del trabajo que hay detrás porque… la atribución se la lleva Google. No es plagio, pero participa de la misma lógica extractiva: usar el fruto del trabajo de otros para retener la atención, el tiempo y el negocio.

En este contexto, los periodistas sobran (hasta que hacen falta). Sobran cuando hay que pagarles, sostener las redacciones, respetar la autoría de los textos y las fotografías, invertir en coberturas o defender judicialmente hasta la última coma de lo publicado. Pero hacen falta (y mucha) cuando se trata de alimentar las máquinas. 

Por eso conviene desconfiar de los salvadores del periodismo que no aceptan ninguno de sus deberes y de todos los que hablan de libertad informativa pero no se preocupan por la rendición de cuentas. La tecnología puede (y debe) ayudar. Faltaría más. Puede servir tanto al periodismo como al lector, pero no puede ocupar el lugar de los medios cuando los vacía de su valor económico; no puede llamarse aliada ni puede pedir confianza después de haber confundido innovación con expolio. No necesitamos más salvadores del periodismo. Precisamente ahí empieza nuestro trabajo, cuando termina el discurso de los supuestos salvadores.

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