FEMINISMO
Del Lyceum Club de 1926 a La Nuestra: los espacios de mujeres como motor político frente al silenciamiento
Abril de 1926. Un grupo de mujeres procedentes de la élite intelectual buscaba desesperadamente la forma de construir un espacio seguro, algo así como un hogar propio para intercambiar ideas, crear y tenderse la mano unas a otras. Cuando la dictadura de Miguel Primo de Rivera comenzaba a tambalearse, nacía el Lyceum Club Femenino de Madrid, con nombres como el de Clara Campoamor, Victoria Kent y María Lejárraga entre sus impulsoras. Aquel sería un ejemplo pionero de cómo el ímpetu, la ambición y la organización de las mujeres eran capaces de cimentar nuevos mundos. Su estela ha permanecido a lo largo de los años en la voluntad imparable de organización feminista, hasta hoy.
Este viernes tendrá lugar en València la presentación de una nueva iniciativa que bebe de aquel espíritu: la red social La Nuestra. "Somos herederas de esa tradición, por eso hemos quedado para encontrarnos y para bailar", celebra la escritora Cristina Fallarás. La red social nace con el objetivo de "rescatar, preservar y dar visibilidad a todos los testimonios" de víctimas de algún tipo de violencia de género, tras haber constatado la deriva hostil de las plataformas ya existentes, donde los relatos de las mujeres no tienen cabida "porque el algoritmo los hace desaparecer".
La Nuestra tiene, por tanto, el propósito de "relatarnos en un lugar que sea nuestro y poner a las mujeres en contacto con la garantía de que lo estarán haciendo en un sitio amable". El potencial político de la iniciativa es claro: "La transformación radical". En un contexto de avance reaccionario, en el que "los fascismos se basan en mentiras y abstracciones no demostrables", los testimonios de las víctimas son una herramienta imparable para combatir y desmontar sus discursos.
Grandes cosas que parecían imposibles
La Nuestra dirige inevitablemente la mirada hacia todas aquellas que la precedieron. Lo que hoy es una red social, antaño fue el salón de una casa en el centro de Madrid. El Lyceum Club Femenino "fue el primer espacio genuinamente femenino en el que se implantó una nueva sociabilidad", escribe la investigadora Rocío González Naranjo en su libro Marisabidillas, frívolas y peligrosas (Hoja de Lata, 2026). Durante toda su existencia, comparte la historiadora, la organización "fue un ejemplo de actividad colaborativa en todos los ámbitos del saber", pero la historia "androcéntrica –y de los vencedores– condenó" al club al "ostracismo, sufriendo una violencia simbólica que perdura en nuestros días".
"La necesidad de reunirse comenzó, seguramente, en una tertulia" y fue producto de un "ambiente de ebullición asociacionista", documenta la historiadora. Aquellas mujeres pioneras tenían un espejo en el que mirarse: una treintena de clubes similares habían echado a andar en todo el mundo. El fervor de las mujeres era internacional e imparable. Aunque no resulta sencillo atribuir una única autoría a la constitución del foro, la escritora cree que "hay que verlo como una iniciativa plural, pues la necesidad de un espacio propio se fue haciendo más urgente entre estas mujeres, deseando aportar cada una su granito de arena en la creación de una habitación propia". Todas ellas, añade, "buscaban un hogar en el que poder reunirse".
A lo largo de una década, las socias realizaron "grandes cosas que parecían imposibles para las mujeres en aquella época", como la creación de una guardería gratuita para los hijos de las trabajadoras o la puesta en marcha de cursillos para analizar el encaje de las mujeres en la legislación. "Se expusieron públicamente, participando en los debates políticos más trascendentales de la Segunda República en lo que respecta a las mujeres", como el voto femenino o la abolición de la prostitución. Y, sin embargo, aquello que construyeron se quedó encallado en los márgenes del relato histórico, una suerte de herencia de la burla pública que sufrió entonces aquel grupo de mujeres organizadas.
El club fue caricaturizado como un espacio donde "por pocas pesetas se tomaba un buen té", una descripción que intencionadamente encerraba la iniciativa en el cajón de la frivolidad y extirpaba su trasfondo político. La mirada masculina pasó de puntillas por la asociación, devaluándola reiteradamente al presentarla como "un simple lugar de encuentro entre mujeres", una tendencia que ha permanecido intacta más de cien años después.
Las mujeres organizadas alrededor del club podían tomar té o pasar las tardes conversando, pero con ello buscaban también tomar "las riendas de sus vidas", liberándose a través de "una independencia económica proporcionada por el trabajo". La experiencia duró cerca de diez años. "Todo aquello se derrumbó con el estallido de la guerra", escribe González Naranjo.
Espacios de encuentro también en clandestinidad
Otras asociaciones fueron emergiendo paralelamente durante aquel periodo, antes del golpe fascista. "Fue la edad de oro del asociacionismo femenino y de la participación de las mujeres en obras magníficas que, desgraciadamente, cayeron en el olvido", escribe la historiadora.
Algunas coexistieron en una especie de ecosistema decidido a conceder espacios a las mujeres para la participación en la vida pública. O, al menos, para dar la batalla por conquistar los espacios que les habían sido vedados. En los años veinte del siglo pasado nació el Círculo Sáfico de Madrid, una red de mujeres lesbianas intelectuales, muchas vinculadas precisamente al Lyceum Club Femenino y a la Residencia de Señoritas. Se juntaban con un propósito tan sencillo como político: hablar. La guerra, sin embargo, también las enterraría en el silencio.
Para entonces, las Sinsombrero todavía no eran conocidas como tal. Aquellas mujeres de la Generación del 27, como Maruja Mallo y Margarita Manso, no se articularon en torno a un espacio físico como tal, pero sí fueron capaces de tejer un grupo consolidado, decididas a desplegar su potencial creativo y desafiar a quien quería situarlas siempre un paso por detrás de sus compañeros.
La Nuestra o el empeño feminista por reconquistar las redes para convertirlas en espacios seguros
Ver más
No todos los grupos de mujeres que se desarrollaron durante aquellos años eran interclasistas. En pleno conflicto, las mujeres anarcosindicalistas se congregaron alrededor de la organización Mujeres Libres. A lo largo de los tres años que duró la guerra, militantes anarquistas de todo el país se coordinaron para resituar la emancipación de género como cuestión central de la lucha de clases, ante la inacción displicente de sus compañeros. Y ya en clandestinidad, lejos de la mirada del régimen, se tendieron la mano las mujeres organizadas alrededor del Movimiento Democrático de Mujeres. Eran familiares de los presos, militantes de la lucha antifranquista y mujeres decididamente feministas que supieron interpelar a sus compañeras, a las militantes y a las amas de casa, para cambiar las cosas.
La herencia feminista
La tradición de buscar espacios de encuentro para ser capaces de tener agencia propia ha sobrevivido a lo largo de los años. Son, en parte, herederas legítimas de ese anhelo feminista organizaciones que perduran hoy, como la Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas, constituida a principios de los setenta; la organización Ca la Dona, nacida en la Barcelona de finales de los ochenta y El Club de las 25, agrupación que vio la luz en 1997.
También La Nuestra. Tras su paso por València, las impulsoras de la red social recorrerán otras ocho localidades en los próximos meses. "Hay algo interesantísimo en juntarnos", desliza Fallarás. "La potencia de todo empieza después de la conferencia, cuando nos damos cuenta de que llevamos tres horas sentadas hablando". Ese entusiasmo que expresa hoy la escritora bien podría ser el mismo que hace cien años se instaló en el salón de alguna casa, donde nacería el Lyceum Club Femenino.