La negra huella de EEUU en América Latina: más de cien años de impunidad

Militares del Ejército de EEUU

César G. Calero

"¿Está usted paranoico con Estados Unidos?" "No, de ninguna manera, yo sólo soy realista". En una entrevista concedida a la periodista Vicky Dávila en 2009, Hugo Chávez dejó sin palabras a la entonces reportera de Radio Cadena Nacional de Colombia (y hoy precandidata presidencial de la ultraderecha en su país) al responder sobre su presunta paranoia en relación con un hipotético ataque de Estados Unidos contra Venezuela. El líder bolivariano hizo entonces un somero repaso de las intervenciones de la Casa Blanca en América Latina durante las últimas décadas: Guatemala, República Dominicana, Chile, Brasil, Panamá… Los bombardeos ordenados por Donald Trump contra instalaciones estratégicas en Venezuela y la detención ilegal del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, constituyen la última de una larga lista de agresiones de Washington durante más de cien años de impunidad en una región a la que todavía considera su patio trasero.

Desde que el filibustero William Walker y su falange americana de Los Inmortales ocuparan Nicaragua en 1856, Estados Unidos no ha dejado de intervenir en una América Latina que, bien entrado el siglo XXI, continúa con las venas abiertas. Con su particular visión egocéntrica de su paso por la historia, Trump ha querido plasmar por escrito sus pretensiones sobre la región en la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada en diciembre. Su “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, que avala intervenciones militares y apropiación de recursos naturales, ya se ha concretado en Venezuela. Han pasado algo más de cien años desde que otro mandatario belicista, Theodore Roosevelt, estampara su firma en otra enmienda de la doctrina. El “corolario Roosevelt” de 1904 supuso el comienzo de una larga época de agresiones militares, apoyos a golpes de Estado y estrategias de desestabilización de gobiernos democráticos al sur del río Bravo. Arrancaba la diplomacia del cañonero en la región.

Durante la primera mitad del siglo XX, diferentes gobiernos estadounidenses aplicaron esa política intervencionista en todos aquellos países que consideraban contrarios a sus intereses (y los de las empresas norteamericanas). De una u otra forma, pusieron su bota militar o sus dólares desestabilizadores en la Cuba de Batista o la Nicaragua de los Somoza (donde antes habían maniobrado para la caída del héroe popular Augusto César Sandino). Pero si hay un país que ha sufrido en su cogote el aliento permanente de Estados Unidos ha sido Haití, la nación más pobre del hemisferio occidental, sometido a los designios de Washington desde 1915.

En 1954 le tocó el turno a la democracia guatemalteca cuando su presidente progresista, Jacobo Arbenz, expropió las plantaciones de la empresa bananera estadounidense United Fruit Company. Arbenz, que había ganado las elecciones en 1950, se vio forzado al exilio y Washington impuso una junta militar. Desde entonces, las intervenciones directas o de apoyo a militares golpistas no han cesado. Al mismo tiempo, desde la Escuela de las Américas, una academia militar fundada a mediados de los años 40, se instruía a los futuros represores de varios países latinoamericanos.

Cuba, la piedra en la bota de EEUU

Tras la llegada al poder de Fidel Castro en Cuba en 1959, todas las alarmas se encendieron en Washington. Los intentos por matar al líder de la Revolución cubana se cuentan por decenas. La frustrada invasión de los anticastristas en Playa Girón (Bahía de Cochinos) en abril de 1961, con apoyo estadounidense, supuso un nuevo punto de inflexión. Había que abortar cualquier otra tentativa revolucionaria en la región. Y de paso, frenar también todo proceso democrático de carácter popular. Las acciones sediciosas contra líderes progresistas se sucedieron. En 1963 cae derrocado Juan Bosch, presidente de la República Dominicana, y dos años después 40.000 marines invaden el país bajo las órdenes del presidente Lyndon Johnson, temeroso de que naciera una nueva Cuba en el Caribe.

Además de emprender operaciones armadas directas, Estados Unidos apoyó en los años 70 a las dictaduras centroamericanas que libraban combates con fuerzas guerrilleras revolucionarias. Así lo hizo en Nicaragua y El Salvador. Los sandinistas lograron derrocar a Anastasio Somoza en 1979 pero tuvieron que sufrir después una larga guerra de desgaste de la Contra, la milicia antisandinista financiada y entrenada por Washington. Esa guerra fue clave en la derrota del FSLN en las elecciones de 1990. Peor suerte correría el Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN). El apoyo de Ronald Reagan (1981-1989) al régimen salvadoreño fue definitivo para forzar a la guerrilla a unas negociaciones de paz.

Golpe a golpe

La mano negra de Estados Unidos también estuvo presente, con mayor o menor énfasis, en los golpes militares que se sucedieron en Sudamérica a partir de los años 60. El presidente progresista brasileño João Goulart fue derrocado en 1964 por las fuerzas armadas con la complicidad de la Casa Blanca y de la compañía ITT Corporation, según documentos desclasificados en 2004 del Archivo de Seguridad Nacional de Estados Unidos. El golpe, dirigido por el general Humberto de Alencar Castelo Branco, derivó en una larga dictadura que se extendería hasta 1985.

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La participación estadounidense en el golpe de Estado contra Salvador Allende fue todavía más explícita. No se puede entender la caída de Allende sin el concurso de la CIA. El presidente Richard Nixon y su secretario de Estado, Henry Kissinger, no estaban dispuestos a que la experiencia socialista chilena por la vía de las urnas tuviera éxito. Promovieron y financiaron a la oposición antidemocrática, la patronal y los militares en sus continuos procesos de involución para debilitar al gobierno de la Unidad Popular. El 11 de septiembre de 1973 el general Augusto Pinochet consumaba una asonada militar que abriría la etapa más negra en la historia reciente de Chile, una dictadura feroz que duraría hasta 1990.

Washington cooperó con los golpistas argentinos que tomaron el poder por la fuerza en 1976, encabezados por el general Jorge Videla, e instauraron la dictadura más sangrienta de Sudamérica, con alrededor de 30.000 desaparecidos. Estados Unidos operaría también como el hilo conductor del tenebroso Plan Cóndor, la red creada a mediados de los años 70 por varios regímenes del Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay, Paraguay y Bolivia) para secuestrar, torturar y asesinar a los disidentes antifascistas en esos países.

Con el paso de los años la injerencia estadounidense no disminuiría. En 1983 invadiría Granada con el argumento de frenar la influencia de Cuba y la Unión Soviética en la isla. Y en 1989 haría lo propio en Panamá: una invasión con unos 25.000 marines que dejaron cientos de muertos en las calles de la capital, bajo la excusa de detener a su presidente, Manuel Antonio Noriega, acusado de narcotráfico. La misma imputación que le ha servido ahora a Trump de pretexto para bombardear Venezuela y detener ilegalmente a Nicolás Maduro.

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