Reino Unido afronta la herida de 185.000 adopciones forzadas tras años de silencio institucional
El pasado 2 de julio, la Cámara de los Comunes se convirtió en un valle de lágrimas y en escenario de un conato de unidad política raramente visto. A Sarah Pochin, diputada del ultraderechista Reform, se le rompía la voz narrando la historia de su madre, forzada a dar en adopción a su hijo por estar soltera. La diputada laborista Tracy Gilbert, adoptada en 1972, se conmovió y conmovió a diputados de todos los partidos con las averiguaciones que ha hecho sobre cómo fue tratada su madre biológica. Hasta los parlamentarios conservadores, cuyo partido no se prodiga en disculpas históricas, se sumaron a la dispensa en nombre del Estado por las adopciones forzadas de 1949 a 1976, unas 185.000 en Inglaterra y Gales.
El primer ministro, Sir Keir Starmer, se disculpó en nombre del Estado británico y calificó de “mancha en nuestra historia” el papel que tuvieron instituciones públicas —religiosas o políticas— y empleados del Estado —médicos, enfermeras o asistentes sociales—. “La vergüenza no es vuestra; nunca fue vuestra; es nuestra”, concluyó el premier dirigiéndose a las mujeres. Esta clemencia no surge de debajo de las piedras, sino que las mujeres citadas y otras han formado el Movement for an Adoption Apology (MAA, Movimiento por la Disculpa por las Adopciones) para que el Gobierno, en nombre del Estado, emitiera la absolución oficial e institucional.
Un miembro de MAA es Judy Baker, quien, en 1968, a los 18 años, quedó embarazada de un hombre que no quiso responsabilizarse de sus acciones. Ha pasado tiempo desde 1968; no obstante, a Judy recordarlo aún le afecta a la voz y a las emociones, que permanecen a flor de piel cuando lo cuenta a infoLibre en una entrevista que resulta terapéutica. “Entonces el aborto era ilegal, yo vivía en Londres y contacté con una amiga enfermera que me mandó a un psiquiatra, quien me dijo si quería matar a mi hijo; una asistente social contactó con mi madre y entre todos decidieron que la adopción era lo mejor; todos eran personas con autoridad”, cuenta Judy.
“Ingresé en una casa de acogida, di a luz en un hospital y volví a la casa con mi niña; tras unas semanas llegó una carta de la agencia de adopción con una cita, el día y la hora, que venían a lo que yo creía ver a mi hija; la asistenta social se la llevó; me quedé mirando la puerta cerrada, esperando que se abriera de nuevo y regresaran. Me sacaron de la casa, y me esperaba mi madre”, relata Judy, reviviendo cada pequeño detalle de aquella experiencia que todavía parece por superar emotivamente. La mayor crueldad que ella ha conocido.
Dos años permaneció Judy en Londres con el estigma y el trauma de lo ocurrido. La avisaron de que no revelara a nadie que tenía una hija, un secreto que carcomió a otras mujeres hasta la tumba. “En 1970 decidí irme a España y cambiar de geografía; aunque no iba a cerrar la herida que me traumatizaba, al menos allí no me conocían, podía empezar de nuevo”, continúa Judy.
Estuvo unos meses en Tossa de Mar, de allí fue a Barcelona a trabajar, gracias al inglés, en la primera agencia de Relaciones Públicas que se abrió en la ciudad. “Era una sociedad muy machista, tuve una relación de pareja muy negativa”, recuerda.
Tras cuatro años de refugio español, que coincidieron con la agonía del franquismo, Judy regresó a Inglaterra con su secreto y el deseo inalterable de formar una familia, de las que salen en los anuncios de pensiones o de turrones. Tras un matrimonio breve y un divorcio, se casó de nuevo con un hombre con el que se amaron hasta que él murió hace unos años, conocedor desde el primer día de la lesión psicológica enquistada en Judy.
Cada vez que ella cambiaba de casa informaba a las agencias de adopción que habían intervenido en la adopción de su hija, por si acaso la hija quisiera contactarla. “En el año 2000 se produjo lo tanto ansiado; me llegó una carta de alguien a quien había conocido en 1968”, recuerda. Por entonces ya empezaban internet y los correos electrónicos; así y todo, durante unos meses se enviaron cintas magnetofónicas con sus voces y fotografías.
“El 26 de junio de 2000 nos vimos cara a cara; el 26 de junio de 1968 la había visto por última vez; ella era un saco de nervios, yo un poco menos, pero anímicamente desbordada”, recuerda Judy, conmovida, 26 años después de conocer a su hija. La madre tenía 50 años; la hija, 32.
Las historias de padres y madres reencontrados con hijos biológicos adultos no son cuentos felices. Cierran una herida y, a menudo, abren otra. La hija de Judy se divide entre sus padres ancianos adoptivos y la madre biológica reencontrada tras un inmenso vacío. “Yo soy persona non grata para los adoptivos; sin embargo, la situación es más difícil para mi hija que para mí”, añade Judy, que no ha tenido más hijos.
Para obtener algo de consuelo, si no solución a su problema, buscó casos como el suyo. Primero para apoyarse entre ellas; después tomaron el cauce reivindicativo con el MAA, la disculpa histórica reciente y una lista de peticiones al Gobierno para ayudar a financiar terapias, garantizar el acceso a la documentación sobre las adopciones y facilitar el encuentro de los adoptados con sus familias biológicas.
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“La disculpa es importante porque aquí hay miles de personas que han sido víctimas del comportamiento de ayuntamientos, instituciones religiosas y sociopolíticas o empleados del Estado como médicos, enfermeras o asistentes sociales”, reconoce Judy, quien calcula que los afectados son medio millón de personas, en lugar de 185.000.
Judy y otras mujeres fueron recibidas por el primer ministro antes de emitir la disculpa. Este perdón no es el único que ha pedido Keir Starmer dentro de la memoria histórica con la que tratan desde hace tiempo. Starmer se disculpó también en nombre del Estado ante la familia de los cinco asesinados en el barrio de Springhill, en Belfast, el 9 de julio de 1972. Esta dispensa se produce tras una larga investigación sobre los muertos citados. Con un lenguaje que hace auténticos malabares, el conflicto de Irlanda del Norte, desarrollado entre 1968 y 1998 y con 3.500 muertos, genera clemencias parciales por parte de Londres. Lo mismo ocurre con el esclavismo o el comportamiento imperialista en matanzas como la rebelión Mau Mau en Kenia o la hambruna de Bengala.
Las excolonias británicas de África y el Caribe reclaman una disculpa formal y compensaciones por el esclavismo. El rey Carlos III ha manifestado un “gran pesar y profundo lamento” por el comercio de esclavos. Del lamento, de momento, el monarca no ha pasado a la disculpa y menos aún a la compensación económica.