Contra el caos de los depredadores, la movilización de los pueblos
Hay que salir del aturdimiento. Y rápido. Al bombardear Venezuela en la noche del 2 al 3 de enero y capturar, fuera de todo marco legal, a Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, Donald Trump ha consagrado el derecho del más fuerte contra la fuerza del derecho y ha autorizado a los autócratas de este mundo a entregarse a las peores infamias.
La intervención estadounidense, ya sea de naturaleza militar o policial, contraviene el derecho internacional. La corrupción y la violencia del régimen venezolano no cambian nada, como tampoco lo hace la forma en que fue elegido el presidente Maduro: solo el pueblo venezolano tiene legitimidad para decidir su futuro. Al no haber sido aprobada ni por el Congreso en Washington ni por el Consejo de Seguridad de la ONU, y al no estar justificada ni por la legítima defensa ni por un peligro real e inminente, la operación se asemeja de facto a un acto de agresión, contrario a la resolución pacífica de las controversias entre Estados.
Por esta razón, esta agresión podría justificar una respuesta militar de Venezuela, si tuviera los medios para ello, o del Consejo de Seguridad, si no estuviera bloqueado por el veto de Washington.
Pero el derecho internacional ha muerto, porque el código ha cambiado.
La igualdad de derechos de los pueblos, su derecho a disponer de sí mismos, la prohibición de la amenaza o el uso de la fuerza contra la soberanía, la integridad territorial y la independencia política de cualquier Estado, es decir, los fundamentos de la Carta de las Naciones Unidas, brújula construida sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, han quedado desactivados.
Geopolítica del Lejano Oeste
Donald Trump lleva al paroxismo la sociedad del espectáculo, descrita en su momento por Guy Debord, con el fin de enriquecer a los suyos. Su campo de acción es ilimitado: considera que no solo su país, sino también el mundo, deben estar al servicio de sus intereses. Su búsqueda de petróleo le lleva a meter la mano en Venezuela. Mañana podría ser Groenlandia, de la que afirma tener “absoluta necesidad”.
En efecto, además de su ubicación estratégica, los recursos mineros y las tierras raras de ese territorio danés asociado a la Unión Europea son indispensables para sus amigos de la tecnología, comprometidos con otro tipo de extractivismo, el de los datos personales de miles de millones de seres humanos. Este saqueo, uno de los más vastos e invasivos que ha conocido el mundo, es aún más preocupante porque afecta nada menos que a nuestro conocimiento y a nuestras interacciones más íntimas.
Esta nueva geopolítica del Lejano Oeste, que pasa por una estrategia imperialista de acaparamiento, coloca al jefe de los Estados Unidos, al menos eso espera él, en una posición dominante frente a la competencia de Rusia y China.
Preguntado el 4 de enero sobre la voluntad presidencial de “dirigir” Caracas, el secretario de Estado Marco Rubio lo afirmó explícitamente: “Hay que entenderlo: ¿por qué China necesita su petróleo [el de los venezolanos]? ¿Por qué Rusia necesita su petróleo? ¿Por qué Irán necesita su petróleo? Ni siquiera están en este continente. Nosotros estamos en el hemisferio occidental. Aquí es donde vivimos, y no vamos a permitir que el hemisferio occidental se convierta en una base de operaciones para los adversarios, competidores y rivales de Estados Unidos”.
Lo que se pretende someter ahora, geográficamente hablando, es al conjunto de los países europeos y de la OTAN
Se vuelve a asumir la visión, que prevaleció en el siglo XX, de una América Latina como patio trasero de Estados Unidos. Pero eso no es todo, como demuestra la insistencia en apuntar al “hemisferio occidental”. Lo que se pretende someter ahora, geográficamente hablando, es al conjunto de los países europeos y de la OTAN, que, en opinión de Washington, se benefician gratuitamente y desde hace demasiado tiempo de su protección militar.
Al contrario de lo que parece, el expansionismo territorial no contradice el lema America first tan querido por el movimiento Maga (Make America Great Again) que llevó a Donald Trump a la presidencia. Se considera necesario para defender la concepción fantasiosa de una nación blanca, sin inmigración y hostil al multiculturalismo. Según sus teóricos, Occidente ha fracasado al renunciar a sus imperios y colonias y, lo que es peor, al acoger, tras la Segunda Guerra Mundial, a los nacionales de sus antiguas dependencias.
Europa, en particular, estaría abocada a una “desaparición civilizatoria”. Para responder a ese “peligro” percibido como “existencial”, incluso para los Estados Unidos, la respuesta sería (re)colonizar nuevos territorios. Y en nombre del beneficio, sin escudarse en la defensa de los derechos humanos o la democracia, como fue hipócritamente el caso durante la guerra de Irak, por ejemplo.
La aparición de nuevos eslóganes, como Bring Back Colonialism (Recuperemos el colonialismo) o Make Colonialism Great Again (Hagamos grande de nuevo el colonialismo), resume en pocas palabras la obsesión de Trump por la Gilden Age, la época dorada de los años 1870-1900, marcada por la promoción de los monopolios, el empobrecimiento acelerado de las clases trabajadoras y el retorno de la colonización que los propios Estados Unidos practican en Puerto Rico o Hawái.
Mientras los gigantes digitales se encuentran entre los grandes beneficiarios de esta economía depredadora, podríamos decir devoradora, los proyectos de Elon Musk para Marte nos recuerdan que esta revisión del expansionismo ya no se limita a la Tierra, sino que se extiende al sistema solar.
Al servicio de los más ricos
Ya sea que este momento de inflexión sea testimonio de un "capitalismo de la finitud", como lo describe el historiador Arnaud Orain, o de un "capitalismo del apocalipsis", como lo ve su colega Quinn Slobodian, el resultado es el mismo: la nueva versión del capitalismo se ha desprendido de sus falsas apariencias liberales. Opera, a simple vista, con la mayor crudeza de su violencia, sin preocuparse ya por lo que pueda frenarlo.
Este sistema favorece a un puñado de privilegiados, sin límites geográficos y en detrimento del interés general. En un mundo en el que escasean los recursos, les permite preservar o mejorar sus rentas apropiándose de lo que pertenece a otros.
Para acceder al poder o volver a él, como en las últimas elecciones en Estados Unidos, la defensa de políticas racistas, que excluyen a minorías específicas en beneficio supuesto de los “nacionales”, les ayuda a crear dinámicas verticales de alianzas que rompen la solidaridad de las clases populares. En contra del bien común puede florecer el separatismo de los poderosos (blancos), como describe el libro Zones, là où les riches font sécession (Zonas, donde los ricos practican la secesión), que Mediapart publica este 9 de enero en la editorial Divergences.
La democracia más antigua del mundo se ha transformado así en una plutocracia. La agresión orquestada por Donald Trump constituye un golpe de fuerza contra los venezolanos, así como contra los ciudadanos de los Estados Unidos, ya que revela una política que no puede sino agravar las catástrofes sociales, democráticas y ecológicas contemporáneas.
Es más, al tratar de instaurar un nuevo orden social y racial en el mundo, la nueva concepción estadounidense ataca a todos los pueblos del planeta. Porque, detrás de las veleidades colonialistas, se trata precisamente de eso: de imponer sociedades desiguales, antidemocráticas, racistas y ecocidas.
Esperando a Godot
Ante este desastre, la cobardía de los dirigentes de la Unión Europea, con Emmanuel Macron a la cabeza, es aún más culpable. Con razón, Moscú no ha dudado en señalar los circunloquios de este Occidente que se supone es la punta de lanza de los derechos humanos. “Sus falsos valores están en venta”, ironizó el 3 de enero Kirill Dmitriev, director de un fondo de inversión cercano a Vladimir Putin, encargado de las negociaciones con Donald Trump. “Esperar a que los vasallos asustados tomen la palabra es como esperar a Godot”, se burló, en referencia a la famosa obra de Samuel Beckett, obra maestra del teatro del absurdo.
Al reiterar la falta política y moral del doble rasero ya utilizado con Gaza, los jefes de Estado europeos están acabando con la credibilidad de su apoyo a Ucrania y, en general, a los valores democráticos.
Su "retórica de felpudo" les debilita hasta en su capacidad de defender a sus propios ciudadanos, ya que la “conclusión de Trump a la doctrina Monroe”, tal y como se define en la nueva estrategia nacional de Estados Unidos, precisa que la reafirmación del derecho de injerencia económica va acompañada de la voluntad de intervenir en los asuntos políticos europeos, apoyando por todos los medios, sobre todo los digitales, a las fuerzas de extrema derecha.
Ante el deseo hegemónico estadounidense, es de esperar que los pueblos atacados, tanto del norte como del sur, tomen el relevo de los dirigentes deficientes
El objetivo declarado es someter económica e ideológicamente a los países conquistados. Ahora que las elecciones municipales de este año en Francia servirán de laboratorio para las elecciones presidenciales de 2027, Emmanuel Macron haría bien en recordarlo.
Las sociedades europeas deben dejar de creerse protegidas por sus glorias pasadas, desde la Ilustración hasta las revoluciones democráticas. Les gusta pensar que han estructurado su modo de vida durante siglos.
Deben dejar de considerarse inamoviblemente ancladas en el centro del mundo, a salvo tras las diversas declaraciones que defienden sus derechos fundamentales, la dignidad y el valor de la persona humana, la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, así como entre naciones, grandes y pequeñas.
Las sociedades europeas deben dejar de estar sometidas a la brutalidad de unos dirigentes que dejan que todo fluya y que defienden ostensiblemente sus intereses privados en detrimento del interés general.
Ante el deseo hegemónico de Estados Unidos, es de esperar que los pueblos atacados, tanto del Norte como del Sur, tomen el relevo de unos dirigentes deficientes. Contra los imperialismos de todo tipo, incluidos el chino y el ruso, a los que siguen adhiriéndose algunos sectores de la izquierda europea, solo una internacional antifascista sólida, capaz de movilizar más allá de las fronteras las fuerzas vivas de las naciones, podrá resistir a esta apisonadora destructora de los derechos de los ciudadanos.
Desde Indonesia hasta Perú, pasando por Nepal, Madagascar, Marruecos y Serbia, la juventud de muchos países, como en la Primavera Árabe de 2011 y los levantamientos de 2019, se ha manifestado en los últimos meses para defender sus condiciones de vida y luchar contra la corrupción.
En el centro de las reivindicaciones de esta “Generación Z”, que ha sabido apropiarse hábilmente de las herramientas digitales, se encuentra una distribución más justa de la riqueza. Contra la privatización del mundo en beneficio de unos pocos, es urgente no solo escuchar su voz, sino también amplificarla tanto como sea posible.
Traducción de Miguel López