Crisis en la eurozona

Crisis griega: el secuestro de Europa

Crisis griega: el secuestro de Europa

Christian Salmon (Mediapart)

La crisis griega se ha convertido en un problema recurrente que atormenta a la construcción europea. Pero, ¿en qué consiste la idea de Europa? En El arte de la novela (Tusquets, 2000), Milan Kundera respondía con un tono irónico y paradójico: "Europeo es aquel que siente nostalgia por Europa". ¿Es Europa algo del pasado? ¿El proyecto de unión económica y monetaria es la caricatura de una Europa que sobrevive a ella misma y que continúa su camino, distanciándose de su propia historia, como un espectro o un zombi?

En otoño de 1956, mientras el Ejercito ruso entraba en Budapest, el director de la agencia de prensa de Hungría, minutos antes de que su despacho fuese víctima de la artillería, envió por telegrama al mundo entero un mensaje desesperado que terminaba con estas palabras: "Morimos por Hungría y por Europa". Este episodio de la insurrección húngara me vino a la memoria el pasado día 3 de julio en Atenas, dos días antes de la celebración del referéndum griego, en la oficina de Kostas Arvanitis, el director de la radio Sto Kokkino. Ningún tanque cercaba la radio –los bancos remplazaron los instrumentos de guerra–, pero en este mes de julio de 2015, el director de la emisora pro Syriza hablaba el mismo idioma que el director de la agencia de prensa húngara en el otoño de 1956.

No sólo hablaba de la deuda griega o de la troika, hablaba de Europa, de la Europa de la luces y de Francia "que siempre ha estado a nuestro lado cuando combatíamos contra la dictadura". Se sentía traicionado. "Aquí, en Atenas, conservamos las estatuas de los filósofos de la época de las luces, pues les debemos la idea de un Estado griego independiente. Hoy, nos sentimos abandonados por Europa. Peor aún, Europa se ha convertido en nuestro enemigo. Ha emprendido una guerra financiera contra nosotros bajo la amenaza de borrarnos del mapa europeo. De aquí en adelante, la canción de Gavroche llegará con un gusto amargo a nuestros oídos". "Si caí al suelo es por culpa de Voltaire. La nariz en la cuneta, es culpa de Rousseau...".

De regreso a París, recordé que había leído la historia del director de la agencia de prensa húngara en un artículo de Milan Kundera publicado en 1983 en la revista Le Débat. El artículo, bajo el título "Occidente secuestrado o la tragedia de Europa central", criticaba la división artificial de Europa. Una división que ha dado lugar a un mosaico de pequeñas naciones situadas en el centro de Europa geográficamente, culturalmente al oeste y políticamente al este, proyectándolas así fuera de su propia historia. "Una pequeña nación –escribió Kundera– es aquella en la que la cuestión de su existencia o su desaparición puede surgir en cualquier momento y sus ciudadanos lo saben". Por lo tanto, lo que estas naciones tenían en común no era una identidad ni una lengua, sino su debilidad frente a los grandes imperios que les rodean.

No se trata de una pertenencia exclusiva, sino de una experiencia similar protagonizada por su fragilidad y su problemática existencia, el mismo sentimiento que se refleja en las grandes novelas de Europa central. Sin duda, las pequeñas naciones enfrentadas a los grandes imperios son las más conflictivas cuando se trata de una existencia colectiva. Así, las cuestiones referidas a la soberanía de Estado, a las relaciones con los "otros", a la lengua, la historia, a las grandes cuestiones filosóficas del siglo XX estudiadas por la lingüística, el psicoanálisis, las novelas de Musil, de Broch, de Kafka… todas ellas encontraron en Europa central un terreno donde asentarse.

Desde el prisma de Europa central, Europa no aparece como un imperio continental en vías de consolidación y desarrollo, ni como una estructura federal destinada a absorber progresivamente los Estados que la componen, sino como una zona sísmica donde se enfrentan dos maneras de "crear Europa":la "imperialista" que defiende la unificación forzosa, la imposición y la armonización de leyes y normas, y la "conflictiva", propia de los pueblos que desde el siglo XIX se han rebelado contra esta voluntad de dominación y de asimilación hasta desestabilizarla.

Una realidad inestable y paradójica en la que se han centrado las contradicciones europeas desde la posguerra: la revolución húngara en 1956, la primavera de Praga y la ocupación de Checoslovaquia en 1968, las revueltas polacas en 1956, 1968, 1970 y en la década de los ochenta… “una serie de revueltas profundamente democráticas –escribía Kundera–, defendidas por pueblos enteros” que chocaron con los regímenes políticos apoyados por la Unión Soviética. Estos enfrentamientos consiguieron sofocar una a una estas revoluciones antes de sufrir el revés de 1989, cuando se organizaban para derribar el muro de Berlín.

Son estos momentos históricos los que “constituyen” Europa, mucho más que los numerosos tratados. Pero, ¿como reconocerlos? “Cubriendo los acontecimientos”, como dicen los periodistas, pero el problema aparece cuando los acontecimientos se escapan de nuestro margen de control y debilitan nuestras capacidades de análisis y previsión. No hay nada más difícil que estar “presente” cuando la historia se acelera y el tiempo se escapa de nuestro control. La inteligencia practica no está bien vista. La historia da la espalda a la cronología y, sobretodo, las pistas sobre lo que puede acontecer empiezan a divergir. Este exceso de acontecimientos en “escenarios” escritos de antemano, es la venganza de la historia que se escribe por sí sola. Es la venganza de la historia de los pueblos frente a los juglares del poder.

Un “golpe de Estado financiero”

Pasé diez días en Atenas, “enviado especial” en una ciudad cautiva por un cerco mediático a expensas de los resultados de un referéndum del que no había nada que esperar, a pesar de la situación desesperada de las finanzas griegas. Nada más que la manifestación de un inmenso deseo de libertad. Los acontecimientos se sucedían, se contradecían entre ellos, frustrando cualquier tipo de interpretación, ridiculizando a los enviados especiales y a los reporteros de TV de los medios de masas que se amontonaban alrededor de los cajeros automáticos, que abordaban a los jubilados en las proximidades de los bancos, que se grababan o hacían fotos a ellos mismos en las colas para retirar dinero en efectivo, una especie de selfie involuntario, una parodia ridícula de la desgracia.

Los ejemplos de esta triste parodia se repiten. Desde el reportero de la CNN que agitaba sus fajos de billetes frente a los distribuidores para atraer a los curiosos. Hasta la difusión de la fotografía del cuerpo de un anciano que yace entre ruinas, víctima del terremoto que golpeó a Turquía en 1999, para representar la miseria de los pensionistas tras las desastrosas políticas de Syriza. Así, los periodistas de los canales de televisión privados, controlados por los magnates del petróleo y la construcción (los Bouygues y Vivendi locales), cubrían por primera vez la miseria social supuestamente fruto de cinco meses de gobierno de Alexis Tsipras. Los responsables de estas campañas son los mismos patrones que se negaron a pagar los sueldos a sus trabajadores tras la llegada de Syriza al Ejecutivo y los mismos que prometieron abonarlos si el “sí” ganaba en el referéndum. Uno tras otro, los rumores se diseminan como la pólvora, rumores que caducan para dar paso a otros igual o más fantasiosos. Como la cuenta atrás que vaticinaban las pantallas de televisión: ¿Cuántos minutos le quedan a Grecia antes de entrar en bancarrota si los griegos votan por el “no"?

Rodeado de rumores y de cara a un trágico escenario, un alto funcionario del Ministerio de Economía, exhausto y desesperado después de cinco meses de guerras y guerrillas con la troika (concepto que repite con frecuencia pues, probablemente, está más acorde con la realidad que el término “instituciones”), nos confiaba en off the recordsu frustración y su desesperación ante la asfixia financiera y la congelación de la economía organizada por los altos responsables de la UE. Una política de asfixia gradual que se radicalizó tras el anuncio del referéndum. El propio Banco Central Europeo (BCE), responsable de garantizar la estabilidad del euro, llegó a alentar el pánico bancario y la fuga de capitales para vaciar al país heleno de sus reservas y provocar una hemorragia en su liquidez, obligando así al Gobierno griego a cerrar los bancos e instaurar el control de capitales.

La historia que nos narró nuestro insider es la historia de un hold uphold up(de un atraco a mano armada) a un país entero. Alexis Tsipras hablaría días más tarde de “ladrones” para referirse a la troika. Sin duda, nada sucedió como se esperaba. El saqueo inicial planeaba apoderarse, con la complicidad de las élites griegas, de los bienes públicos griegos, de sus carreteras y autovías, de sus puertos y aeropuertos, de la compañía de distribución de agua de Atenas, también de la de Tesalónica, de los ferrocarriles, aeropuertos regionales, compañías de gas y electricidad, de edificios públicos, y otros tantos bienes, hasta alcanzar un total estimado en 50.000 millones… Este plan de privatización forzosa ya había comenzado bajo el beneplácito de diferentes Gobiernos griegos (Panpandreou, Samaras...) …

Sin embargo, con la elección de Syriza, el proyecto de asalto se vio interrumpido. Las víctimas se transformaron en la resistencia. No se dejarían desvalijar sin luchar. Interminables negociaciones para abrir el paso a los hombres de negro de la troika, querellas semánticas destinadas a poner nombre a los ladrones de Grecia, conflictos a la hora de interpretar el verdadero porqué del botín… En definitiva, el hold up abrió el debate. Las “víctimas del robo” se sentían abandonadas y agravadas mientras se ponían sobre la mesa las condiciones y la cantidad del botín que los “atracadores” estaban dispuestos a aceptar. Las negociaciones se alargaron. ¿Habíamos visto antes un referéndum para decidir sobre un asalto? Eso es lo que hicieron los griegos. Llamando a su pueblo, Tsipras pasó a ser un rebelde.

Durante toda la semana que precedió al referéndum, los sondeos mostraban una evidente apuesta por el “sí”. Syriza parecía haber aceptado la derrota. Un Tsipras agotado parecía dispuesto a morir en las barricadas del tiempo…

La imponente victoria del “no” la noche del 5 de julio fue una inmensa sorpresa, en Atenas se respiraba un aire de euforia. Nada existe más ciego que una masa entusiasmada. El entusiasmo de los griegos se enfrentaría con la intransigencia de los acreedores. El nerviosismo alcanzó su apogeo. El líder rebelde fue convocado en Bruselas, donde apareció bajo la aureola de su victoria y con una pistola apuntando su cabeza como repetían los medios de comunicación, para firmar un nuevo acuerdo.

Esta vez, el hold up se convertió en una toma de reheneshold up, la del Gobierno griego, elegido hace seis meses para acabar con el saqueo de la troika y de sus hombres de negro, la del Parlamento heleno reducido a una Cámara de registro acusada de aceptar, en contra de la voluntad y el mandato de sus diputados, los textos remitidos desde Bruselas sin, ni siquiera, haber tenido tiempo para leerlos. Así, el hold-up cambió de naturaleza. No se trata de un acto de extorsión inspirado en la voracidad “natural” de los mercados. Se trata de un “golpe de estado financiero” anunciado por Martine Orange en Mediapart el pasado día 5 de febrero de 2015.

El “monstruo” de Bruselas

La Unión Europea respondió con la ocupación colonial a la declaración de independencia griega. Un acto de guerra, diría Yanis Varufakis. Los responsables del hold up, en su espiral de violencia, en su ensañamiento a la hora de humillar al adversario más débil, echaron abajo el icono por el que decían luchar. El euro, más que como un instrumento de intercambio entre los europeos, aparece con frecuencia como un tótem bajo cuyo nombre se permite sacrificar a pueblos enteros. No como un símbolo de una unión en gestación, sino como un instrumento de poder en manos de un imperio. ¿Una moneda común? No, ¡un yugo! Jamás hasta el momento el euro, destinado a proteger a sus miembros contra la especulación y las erráticas fluctuaciones de las monedas nacionales, había aparecido como un arma para abatir a un gobierno democrático. Jamás la zona euro, creada para ofrecer un espacio de estabilidad y de solidaridad entre sus miembros, había aparecido como una trampa contra uno de sus socios utilizando el principio de la soberanía monetaria. Se trata de un atraco al propio ideal bajo el que actuaban los ladrones y el mismo que les otorgaba cierta legitimidad.

Jügen Habermas tenía razón cuando denunciaba que el debate entre los Estados miembros de la UE había quedado reducido a un enfrentamiento entre acreedores y deudores, como si se tratase de una quiebra privada. El problema iba más allá, se traspasó otra frontera. La relación entre “acreedores-deudores” dejó de ser el centro de las negociaciones entre Grecia y la Unión para dar paso a la discriminación entre el amigo y el enemigo, principio de Carl Schmitt que resume la política en su forma más violenta. El debate democrático debía desaparecer con la construcción de un “enemigo”. La búsqueda de un compromiso aceptable cedía el paso a la voluntad de un sacrificio ejemplar.

Jamás la Unión Europea, sin lugar a dudas, había aparecido como una organización en manos de los bancos y de los mercados financieros. Se retiró el velo. El ganador no está muy seguro de su victoria. Ha ganado, pero con ello ha perdido su legitimidad democrática. El perdedor no consiguió poner en práctica sus derechos pero, en su combate, desacreditó a su rival, a quien el ensayista Hans Magnus Enzesberger ha bautizado como “el dulce monstruo de Bruselas” en uno de sus últimos ensayos. En su escrito, Enzesberger no critica el carácter antidemocrático de la UE, su opacidad, la esclerosis de su lenguaje, sino su burocracia, una burocracia que, bajo el pretexto de encontrar la armonía, ha destruido poco a poco el ideal que ha presidido la construcción de la Unión y que, según el mismo autor, ¿podría llevarle a su fin? Para Enzesberger, Europa se ha convertido en un proyecto sin precedentes: la primera forma de gobierno no violento y no democrático. Califica a este régimen como un monstruo moderno, a la vez “amable” e imponente, amigo y enemigo, el “dulce monstruo de Bruselas”.

Si bien la crisis griega confirma el análisis de Enzesberger, también pone en duda su título. El monstruo de Bruselas no tiene nada de dulce. Sí, es imponente. No tiene nada de amable. No es amigo de Grecia sino su enemigo declarado, no tiene nada digno de ser amado. Es feroz, agresivo, despiadado. La crisis griega habrá, al menos, servido para algo: para levantar la máscara de civilidad y cortesía de la Unión Europea. Sus maratones nocturnos sin finalidad ni sentido aparente, sus comunicados incomprensibles redactados en una lengua que De Gaulle calificó como esperanto o volapük, sus decisiones sin rostro… todo ello no puede ser fruto de la buena voluntad que alienta a sus constructores en la complejidad de su tarea.

En su tribuna en Le Monde diplomatique, Yanis Varoufakis relata las condiciones bajo las que fue expulsado de la última reunión del Eurogrupo, el sábado 27 de junio, veinticuatro horas después del anuncio del referéndum, en la que se decidió iniciar el proceso de cierre de los bancos helenos. Ante su exigencia de un dictamen judicial, se le respondió que el Eurogrupo no tiene existencia legal, sino que se trata de “un grupo informal en el que ninguna ley escrita puede limitar las decisiones de su presidente”.

“Estas palabras –señala Varoufakis– resonaron en mis oídos como el epitafio de Europa que Konrad Adenauer, Charles de Gaulle, Willy Brandt, François Mitterrand y otros muchos habían tratado de crear. De una Europa que siempre había considerado, desde mi adolescencia, como mi brújula”. Y concluyó: “Este episodio pasará a la historia como el momento en el que los representantes oficiales de Europa utilizaron las instituciones (el Eurogrupo, la cumbre de jefes de Estado de la zona euro) y los métodos, que ningún tratado legitima, para acabar con el ideal de una verdadera unión democrática. Grecia se rindió, pero es el proyecto europeo el que ha sido derrotado.”

Unos meses después de la caída del muro de Berlín, en un artículo titulado “Europa en ruinas”, el mismo Enzensberger constataba: “Cuanto más céntrica se encuentra nuestra pequeña isla en la política y el mercado mundial, comprobamos un nuevo eurocentrismo que va ganando terreno". Un eslogan se repite en los debates. Nadie más que Joseph Goebbels reivindicará la paternidad: el “bastión europeo”. Este concepto, que en otras ocasiones era considerado desde un punto de vista militar, se convierte ahora en un término económico y demográfico. Este debería conducir a Europa, en pleno auge, a recordar la Europa en ruinas de la que sólo algunos decenios nos separan. Enzensberger revelaba una de las paradojas de la construcción europea. La unificación del mercado europeo, que sitúa a Europa en el centro del tablero económico y de la política mundial, refuerza las tendencias eurocentristas frente al resto del mundo. Este eurocentrismo se extiende en el mismo seno de Europa, con el rol dominante de Alemania y sus satélites en el centro de una Unión Europea que, lejos de ser “a more perfect union” –como establece el preámbulo de la constitución estadounidense–, se ha revelado como “la peor unión que podría existir” durante la gestión de la crisis griega.

Un Leviatán supranacional

El sociólogo alemán Wolfgang Streeck destacó en su brillante ensayo "Tiempo comprado" la correlación entre la deuda pública y la asfixia de la democracia de masas. “Paralelamente a los avances del capitalismo transformado en un sistema neoliberal, la participación de los ciudadanos en los escrutinios democráticos disminuye de forma constante, e incluso dramática, sobre todo entre los estratos sociales que deberían ser los más interesados en los beneficios estatales y la redistribución económica impuestas de arriba hacia abajo. Este hecho permite imaginar la extensión de la victoria, abrumadora del capitalismo transformado en liberal frente al capitalismo que creó el Estado socialdemocrático entre 1960 y 1970".

Así, el episodio griego no se limita a las cuestiones de la renegociación de la deuda plagada de incidentes muy poco diplomáticos, de humillación y de chantaje. Se trata de un seísmo político en el corazón de Europa, de una crisis financiera de la Eurozona, una bancarrota moral que ha demostrado ser incapaz de llevar a cabo su misión de solidaridad con uno de sus estados miembros y un golpe de estado financiero fomentado por la “troika”, que ha aparecido como el único y verdadero gobierno de la zona euro. Es el primer capítulo geopolítico en el seno de Europa, una guerra financiera que no pronuncia su nombre y que, por primera vez en toda Europa, no enfrenta a los Estados entre ellos, ni a alianzas ni coaliciones, sino que impone un leviatán supranacional que hemos visto surgir por primera vez con toda su fuerza, su autonomía y su ceguera frente al Estado. Este leviatán ha secuestrado el ideal europeo.

La construcción europea, disfrazada desde hace años con sus intenciones pacíficas, su “humanidad” tras la guerra, sus valores de libertad y democracia, ha aparecido tras la gestión de la crisis griega como un monstruo ciego y liberticida, animado por una voluntad de poder irracional y autodestructivo. Las instituciones de la UE han pasado de ser poco democráticas a “dictatoriales”. Imponente y caótica, la construcción europea se ha revelado agresiva y hegemónica. No sólo Grecia ha sido humillada, sino que Europa ha pasado a ser una ficción de solidaridad y democracia. Nadie puede ignorar que la UE se comporta frente a uno de sus Estados miembros como un imperio que controla a su vasallo absolutamente dominado.

El momento griego de Europa es histórico y podría recibir varios títulos. Sin embargo, la amplia victoria del “no” en el referéndum del día 5 de julio es más que suficiente, al menos, por tres razones.

1. Este hecho ejemplifica el rechazo de la austeridad impuesta a todos los europeos desde hace cinco años. 

2. La falta de intercambio político en el debate europeo, confiscado por la tecno-estructura de la troika.

3. La victoria del “no” sanciona al carácter no democrático de las instituciones europeas y de la troika, además de ser la primera derrota política. La Unión Europea ha demostrado ser una trampa y una camisa de fuerza para las naciones del sur de Europa. Ha tomado la forma de un Pacto de Varsovia Occidental.

La respuesta de los griegos al ultimátum de los acreedores es el primer acto de resistencia contra la violencia fundamentalista de una “tecno-estructura” que se ha vuelto loca, es el acontecimiento más “canalla” –en palabras de Jean Baudrillard al referirse al “no” francés en el referéndum de 2005– es decir, la expresión instintiva que se escapa de todos los cálculos económicos y la técnica política, la voz del inconsciente colectivo que va más allá de las divisiones políticas habituales, el discurso que no puede ser reducido a simple “populismo” con la idea de hacerle desaparecer. “Cuanto más se intensifique la violencia integrista del sistema, aparecerán más singularidades que se enfrentarán contra ella". El exministro de finanzas griego Yanis Varoufakis lo ha entendido bien, después de su dimisión, se ha unido a otra batalla, a la altura de este momento histórico, a una lucha por otra Europa, por otra narrativa europea.

El pasado mes de julio de 2015 permanecerá en la memoria como una fecha histórica, no sólo para los griegos, sino para toda una Europa. La Europa que ha sido testigo de la desmitificación de su historia más reciente tras la caída del muro de Berlín. Que Grecia, la cuna de la democracia europea, sea el responsable histórico de esta revelación no tiene nada de irónico en este escenario.

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Traducción: Irene Casado Sánchez

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