La estrategia de la Reserva Federal de EEUU hace que el euro caiga en picado

Un dólar estadounidense junto a una bandera de Estados Unidos.

Martine Orange (Mediapart)

No hay alternativa. El Banco Central Europeo (BCE) está convencido de que no tiene más remedio que seguir la política monetaria restrictiva de la Reserva Federal, el banco central estadounidense. Hasta la primavera, el BCE intentó mantener la ilusión de su autonomía de acción. Desde entonces se ha rendido. Incluso ha abandonado sus famosas "orientaciones", su plan de acción a largo plazo presentado con semanas de antelación para que los inversores financieros no se vean sorprendidos. A partir de ahora, no tiene sentido intentar hacer juicios sobre el futuro: ¡la Fed habla por todos!

No imitarla sería dar argumentos a quienes la critican por su actitud laxa ante la inflación. No subir los tipos de interés de forma brusca sería correr el riesgo de que el euro se depreciara aún más frente al dólar, que sigue subiendo. La moneda europea ha perdido ya más del 16% de su valor frente a la americana en un año y se encuentra en su nivel más bajo desde su creación, a 0,98 dólares. Permitir que el euro siga cayendo propiciaría el aumento de la inflación importada, propagada por los productos pagados en dólares, como la energía.

Y es que las malas noticias se siguen acumulando. La crisis monetaria y de los bonos en Gran Bretaña se ha extendido a los mercados europeos, presionando tanto al euro como a la deuda pública. Los mercados de bonos europeos están experimentando ventas masivas, y los capitales invertidos en Europa también huyen hacia los activos en dólares.

La inflación sigue aumentando, impulsada por la subida de los precios de la energía y los alimentos. En septiembre, superó el 10% por primera vez desde la creación de la zona euro. Alemania tiene una tasa del 10,9%, la primera vez en más de veinte años. Así que no, el BCE no ve más alternativa que subir los tipos con fuerza, al igual que la Fed, el Banco de Inglaterra, el Banco Central Suizo y muchos otros.

Pero lo que podría parecer una acción coordinada, una respuesta concertada de los bancos centrales para hacer frente juntos a los múltiples desórdenes del mundo y a los vaivenes actuales para intentar proteger lo mejor posible las economías mundiales, no lo es en absoluto. Todo el mundo lo está haciendo de forma desordenada.

Incluso, como señala el historiador y economista Adam Tooze en uno de sus recientes artículos, existe una especie de competencia feroz entre los banqueros. Sin tener en cuenta los efectos en cadena y acumulativos de sus decisiones, se trata de una carrera para ver quién es el más ortodoxo, el más duro, el más intransigente en la lucha contra la inflación y la reanudación de su política monetaria tras años de acomodación.

El 29 de septiembre, trece de los veinticinco miembros del Consejo de Gobierno del BCE se reunieron con inversores para explicarles su visión de la política monetaria en los próximos meses. Salvo el gobernador del Banco de Portugal, Mário Centeno, que abogó por una respuesta comedida y equilibrada, todos los demás se mostraron partidarios de fuertes subidas de tipos de aquí a final de año, cuando el BCE ya ha subido los tipos un 1,25% desde julio.

Los gobernadores de los bancos centrales europeos incluso se disputaron quién sería más decidido a luchar contra la inflación. "Necesitamos subidas de tipos significativas en las próximas reuniones", insistió Olli Rehn, Presidente del Banco de Finlandia y antiguo Comisario Europeo de Asuntos Económicos y Monetarios durante la crisis del euro.

Junto con sus homólogos lituano, letón, eslovaco, austriaco y esloveno, Rehn aboga por una nueva subida de tipos del 0,75% en la próxima reunión del banco central y por aumentos similares en las siguientes. Sin dar cifras concretas, el presidente del Bundesbank (Alemania), Joachim Nagel, también recomienda "actuar con decisión".

Todos ellos creen que es necesario volver a situar la inflación en torno al 2% lo antes posible, cueste lo que cueste. No se atreven a decirlo: incluso a costa de una fuerte recesión y un aumento significativo del desempleo. Pero Jerome Powell, el presidente de la Fed, lo dijo por ellos.

Lejos de tranquilizar, estos discursos marciales acaban preocupando, incluso en los círculos financieros. La adopción de la misma política monetaria a ambos lados del Atlántico, cuando la situación de las dos economías es radicalmente diferente, les parece como mínimo "inapropiada", incluso "peligrosa". ¿No llevará esto a una destrucción económica descontrolada en Europa? Algunos economistas se lo empiezan a preguntar.

Deriva continental

Una vieja costumbre de los europeos es verse como espejo de los Estados Unidos. Y no se dan cuenta de que la brecha entre las dos orillas del Atlántico se amplía, que los dos continentes se alejan cada vez más.

Las diferencias empezaron a ampliarse tras la crisis financiera de 2008. Mientras que Estados Unidos se recuperó muy rápidamente, para Europa fue una década perdida, marcada por la crisis del euro, la crisis de la deuda y unas políticas de austeridad inadecuadas que condujeron al estancamiento del continente.

La presidencia de Donald Trump ha confirmado en cierto modo esa desconexión y ha cambiado la orientación geopolítica: la prioridad americana está ahora en el Pacífico y China en lugar de en el Atlántico y Europa.

Lo que antes era una línea de puntos se ha hecho evidente en los dos últimos años, marcados por la crisis de Covid y la guerra de Ucrania, como señala el economista Olivier Passet.

La economía estadounidense ha salido mucho más rápido que la europea de la pandemia y de los sucesivos confinamientos, gracias al enorme apoyo presupuestario, lo que condujo a una importante recuperación del consumo y la inversión. Ante la escasez y los riesgos geopolíticos, el gobierno estadounidense está fomentando y financiando una política de relocalización masiva, primero para todos los sectores estratégicos (microprocesadores, tierras raras, tecnologías de energías renovables, vehículos eléctricos) y luego para otros.

La tasa de desempleo en Estados Unidos ha caído a un nivel muy bajo, lo que hace temer al banco central el resurgimiento de una curva precio-salario comparable a la de los años 70. Es este recalentamiento del mercado laboral, que las cifras relativizan -los empleos creados son a menudo a tiempo parcial y precarios y la demanda de empleo sigue desacelerándose- lo que justifica, según la Fed, su política de endurecimiento monetario.

Ninguno de los elementos que parecen alimentar la inflación en Estados Unidos existe a este lado del Atlántico. Si bien se produjo un repunte de la economía al salir del confinamiento, la demanda en la eurozona apenas había recuperado su nivel de 2019 a finales de 2021. No hubo una explosión del consumo ni de la inversión. A pesar de los buenos anuncios y de algunos programas simbólicos, no existe ningún plan importante en Europa para relocalizar la producción y adquirir una independencia estratégica en áreas críticas.

En cuanto a la inflación, su reaparición al final de la crisis sanitaria ha estado ligada a un difícil reinicio de la máquina de producción marcado por la escasez, los cuellos de botella, las rupturas y dificultades de abastecimiento; y, a partir del verano de 2021, a las tensiones sobre el suministro de energía, en particular del gas.

Pero no hay presión sobre los salarios, como reconoció la presidenta del BCE, Christine Lagarde, en su última conferencia. Ante la inflación galopante, los hogares siguen perdiendo poder adquisitivo.

 La energía, el factor que lo cambia todo

Pero el factor que lo cambia todo, el que marca la creciente brecha entre los dos continentes, es la energía. En la última década, Estados Unidos ha recuperado su independencia energética apoyando el desarrollo del gas y el crudo de esquisto, desafiando todas las limitaciones ecológicas. Desde 2015, se ha convertido en el primer productor mundial de hidrocarburos.

Europa es un importadora neta de gas y petróleo. Sin una estrategia de transición energética y ecológica, ha preferido depender de Rusia durante décadas: las importaciones de gas ruso han proporcionado casi el 50% del suministro de Europa, con picos de hasta el 100% para ciertos países como Hungría, la República Checa y Austria.

Desde la invasión de Ucrania, el gas se ha convertido en un arma para Moscú en represalia por las sanciones que le han impuesto Estados Unidos y Europa. La ralentización y ahora el cese de todos los suministros de gas por parte de Moscú ha hecho que los precios alcancen cotas estratosféricas -el precio del MWh de gas se ha multiplicado por diez en un año-, creando un shock energético inflacionista en todo el continente.

En busca de proveedores que sustituyan al gas ruso, los países europeos están dispuestos a pagar precios más altos. Entre enero y agosto, los países de la eurozona han gastado más de 250.000 millones de euros extra para reponer sus reservas. Y Estados Unidos, que se ha convertido en el mayor productor mundial de hidrocarburos desde 2015, es el primero en beneficiarse de este aumento.

Desde primavera, los productores estadounidenses se encuentran entre los principales proveedores de Europa, ingresando decenas de miles de millones cada mes. Sin embargo, no son capaces de compensar totalmente la interrupción de los suministros de gas ruso. Este déficit de suministro va a ir mucho más allá del invierno de 2022-2023 y crea todas las condiciones para que los precios de la energía se mantengan altos durante mucho tiempo en Europa, modificando todo su entorno económico. En este contexto, parece ilusorio el objetivo fijado por el BCE de volver rápidamente a una tasa de inflación en torno al 2%.

La solidaridad europea puesta a prueba

Desde la invasión de Ucrania, Europa, aunque no diga la palabra, está en guerra económica con Rusia. Escasez, racionamiento, apagones, todo un vocabulario que se creía desaparecido ha resurgido. Nadie está todavía en condiciones de evaluar los daños causados por un choque energético por la ruptura total de todo comercio del continente con Rusia. Pero la factura es cada vez más pesada para los hogares, las empresas y las economías. Se ciernen sombras cada vez más grandes de una profunda recesión.

Está en peligro todo el modelo europeo, inspirado en gran medida por Berlín, construido sobre una economía abierta que se beneficia de la energía barata, que exporta en gran medida, que comercia con todo el mundo, empezando por China. El Instituto de Finanzas Internacionales ya ha señalado esta ruptura.

En primavera, esta institución lanzó ya la dura advertencia de que el euro -entonces a 1,11 dólares- estaba sobrevalorado en un momento en que la maquinaria económica europea estaba a punto de romperse. La eurozona, que ha registrado un gran superávit por cuenta corriente frente al resto del mundo año tras año, va camino de registrar un déficit por cuenta corriente este año. 

Oficialmente, la respuesta de Europa es de solidaridad. Esto no ha impedido que los distintos países se enzarcen en un pulso diplomático y financiero con todos los países productores de petróleo y gas (Qatar, Argelia, Arabia Saudí, Azerbaiyán) para asegurarse el suministro. A medida que crece la crisis y se agudiza el temor a la escasez, aparecen las tentaciones proteccionistas, con el riesgo de debilitar un poco más la moneda única y la zona euro.

Alemania, tras criticar a Bélgica, Países Bajos y Polonia por su negativa a proporcionar gas adicional de forma incondicional en caso de necesidad, anunció que detendría sus exportaciones de electricidad, sobre todo a Francia, si fuera necesario, para garantizar primero el suministro del país. Pero lo que centra todas las críticas es sobre todo el plan de 200.000 millones de euros anunciado por Berlín el 29 de septiembre para suavizar el golpe de la subida de los precios de la energía en la economía.

La cantidad anunciada ilustra hasta qué punto se ha visto sacudida la economía alemana desde la invasión de Ucrania. Pero también subraya la fractura que podría crearse dentro de la zona euro. Varios países temen que este plan sea un factor de división y provoque una guerra de subvenciones entre los distintos países.

Un juego en el que inevitablemente habrá perdedores: unos están más endeudados que otros y tienen menos recursos presupuestarios que otros, señalan los comisarios europeos italiano y francés, Paolo Gentiloni y Thierry Breton, en un artículo publicado por Les Echos. Los riesgos de fragmentación de la zona euro, que nunca han desaparecido, encuentran nuevo combustible en estos debates. 

Tenemos los ingredientes para una tormenta económica perfecta

Raimund Röseler — Director de Regulación Financiera en Alemania

Al igual que durante la crisis del euro de 2012-2015, la cuestión de la deuda pública, el eslabón débil de la construcción europea, ha vuelto a perseguir al mundo financiero. Sobre todo porque el "cueste lo que cueste" asumido en la época de la crisis del Covid ha dejado profundas huellas en las cuentas de los Estados europeos.

Toda la atención de los inversores se centra en los tipos italianos, considerados los más vulnerables de la zona euro. En seis meses, los tipos de los bonos a diez años han pasado del 2% al 4,1%. La diferencia entre los tipos italianos y los de Alemania, que sirven de referencia para toda la zona monetaria, es ahora del 2,3%. Sin explicar demasiado sus cálculos, el BCE considera que el umbral crítico es el 2,5%. Más allá de eso, dice que está preparado para utilizar sus armas antifragmentación.

En sus análisis de riesgo, los inversores ignoran la deuda privada. Sin embargo, son tan o más peligrosos que la deuda pública. En la última década se ha producido un aumento de la deuda de las empresas y los hogares, favorecido por los tipos de interés negativos.

Al subir los tipos, algunos prestatarios ya están expuestos a estas subidas, que podrían ser cada vez más difíciles de soportar a medida que el BCE endurezca su política. Sin esperar, los inversores empiezan a huir de los mercados inmobiliarios, de los mercados de deuda. "Los bancos se están viendo obligados a mantener en sus balances los préstamos que no pueden vender en los mercados, incluso con grandes descuentos", señala el diario británico Financial Times, que ve en ello una señal de nuevas tensiones en el mercado.

"Los bancos son demasiado optimistas y subestiman los riesgos económicos", dice preocupado Andrea Enria, presidente de los reguladores bancarios del BCE. Su preocupación es compartida por la Junta Europea de Riesgo Sistémico (JERS). Reunida el 22 de septiembre, lanzó una advertencia al mundo financiero y bancario por primera vez desde la crisis del euro. "Han aumentado los riesgos para la estabilidad financiera en la UE y la probabilidad de que se materialicen escenarios de riesgo extremo", advirtió.

Con las tensiones geopolíticas, la crisis energética, el aumento de la inflación y las primeras dificultades financieras para las empresas y los hogares, "tenemos los ingredientes para una tormenta económica perfecta", dijo Raimund Röseler, jefe de supervisión bancaria del organismo de control financiero alemán. Los bancos, según la JERS, que están en primera línea, están subestimando el alcance de la próxima recesión.

Las dificultades de Credit Suisse, uno de los mayores bancos sistémicos internacionales, fundamentan estos temores. El domingo, el presidente de este banco suizo emitió un extenso comunicado para tranquilizar tanto a los inversores como a los empleados. Prometió un rápido plan estratégico, asegurando que el banco tenía suficiente capital para frenar la caída de la cotización. El intento tuvo el efecto contrario al deseado: provocó el pánico. El 3 de octubre, las acciones del banco se desplomaron un 12%.

Y los mercados empezaron a hablar de nuevo de los credit default swaps (CDS), títulos de seguro que se supone protegen de los riesgos de quiebra que el mundo había descubierto durante la crisis de 2008. Los CDS de Credit Suisse subieron a niveles cercanos a los de Lehman Brothers, justo antes de su colapso. Los del Deutsche Bank se han visto arrastrados por las turbulencias. La fiebre ha cedido momentáneamente. Pero para muchos, es como un déjà vu.

Traducción de Miguel López

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