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“Tenemos miedo de que todo vuelva a empezar”: la tensa espera de los ucranianos que viven cerca del frente ruso

Manifestación frente a la embajada rusa en Berlín, Alemania.

Clara Marchaud (Mediapart)

El hangar podría parecerse a un tercer espacio de la región de París. Aquí y allá, en las paredes de una gran sala de proyección llena de muebles reciclados, cuadros, proyectores de fotos, una exposición y guirnaldas.

“Lo siento, no está muy ordenado, en este momentos estamos entre dos residencias artísticas”, se justifica Alexeï Yegorov. Este joven de 22 años, que tiene una cinta con los colores de la bandera ucraniana colgando de su jersey y un piercing en la nariz, forma parte del equipo de la plataforma artística Tiu. Este centro cultural, que organiza exposiciones, conciertos, proyecciones y encuentros, fundado por refugiados de Donetsk, abrió en 2016 en Mariúpol.

Situada a sólo diez kilómetros del frente, la ciudad se encuentra en primera línea de la guerra de Rusia contra Ucrania. “Pero, paradójicamente, desde el comienzo del conflicto, nunca ha estado tan desarrollada”, señala Alexei, nacido en esta ciudad de 500.000 habitantes.

Situada a orillas del mar de Azov, esta localidad, la más poblada de las regiones de Lugansk y Donetsk, aún controladas por los ucranianos –el lunes, Vladimir Putin reconoció a las dos repúblicas separatistas autoproclamadas y decidió enviar soldados a la zona–, se ha beneficiado durante años de la financiación del Gobierno y de organizaciones internacionales.

Todavía quedan algunas fábricas enormes cuyo espeso humo embriaga la ciudad, pero Mariúpol sigue estando lejos de la imagen de las frías y deprimentes ciudades industriales del Dombás. En el centro, las carreteras han sido reconstruidas, iluminadas y equipadas con carriles bici, y, en el centro, los cafés y restaurantes de moda están llenos, a pesar de la amenaza de una invasión rusa.

Un puerto con un estatus precario 

Pero este antiguo puerto griego –donde, gracias al clima y al mar, “se vive bien”, según sus habitantes– es también una ciudad muy aislada, que puede verse rápidamente rodeada. Al Este, la autoproclamada república separatista de Donetsk comenzó a movilizar el sábado a entre 200.000 y 300.000 hombres de entre 18 y 55 años.

A 300 kilómetros al oeste, en la península de Crimea anexionada por Rusia en 2014, las divisiones terrestres y navales rusas aguardan órdenes. Al sur se sitúa el mar de Azov, al que los observadores militares califican de “lago ruso”, dado el grado de militarización de este mar cerrado llevado a cabo por Moscú en los últimos ocho años, bloqueando la navegación a Ucrania.

En 2014, los ucranianos perdieron brevemente el control de la ciudad, cercada por las fuerzas rusas, gracias en parte al apoyo del interior. Entre mayo y junio de este año, los insurgentes prorrusos libraron ásperos combates para tomar la ciudad; contaron con el fuerte apoyo de los trabajadores de las fábricas metalúrgicas del oligarca Rinat Akhmetov, el hombre más rico del país y el rey de Dombás.

La ciudad se salvó sólo gracias a la presencia de un batallón de voluntarios de Azov, que echó una mano al Ejército ucraniano. Desde entonces, muchos residentes prefieren no mostrar sus sentimientos prorrusos por miedo a las represalias.

Masha Pronina “descubrió que era ucraniana” con el conflicto. Sentada en una silla de madera, esta artista de 34 años de Donetsk detalla su inesperada huida del apartamento familiar de camino al aeropuerto, escenario de violentas batallas en la primavera de 2014. Está a menos de dos horas en coche de Mariúpol, pero ahora es inaccesible. Masha fue primero a Kiev antes de llegar a Mariúpol; su madre se decantó por Moscú.

Desde el comienzo del conflicto, esta mujer que se define como “artivista” ha puesto en marcha un servicio de apoyo psicológico para niños traumatizados por los bombardeos en la región.

Hoy organiza talleres para jóvenes en los barrios del Este de la ciudad, donde se escuchan los bombardeos desde hace varios días. El Dombás vive un nuevo brote de violencia, con combates tan intensos como los de 2015, preludio de la decisión adoptada el lunes por Vladímir Putin, que ha provocado la condena de Kiev y Occidente.

“Están creciendo en el paradigma de la guerra”, lamenta Masha. “Hace unos días, en plena noche, una de las chicas de mi clase publicó un vídeo en Instagram, con un filtro de mariposa; la joven, de 15 años, decía: ‘Voilà, nos bombardean de nuevo. Pero no quiero morirme mañana porque ya tengo otra cosa prevista para la jornada’”.

En 2014, Alexei tenía la misma edad que estos adolescentes. “Podría haberme ocupado de ti”, le espeta Masha. Cuando se le pregunta por esos años, el joven evita la pregunta, con la voz temblorosa.

“Quizá hoy tenga menos miedo a una invasión que la gente de Kiev o Járkiv, porque he pasado por ello, sé que puedo sobrevivir”, dice.

Desde finales de octubre de 2021, Moscú ha estado desplegando tropas y equipos en las fronteras de Ucrania y en la anexionada Crimea. El lunes, en un discurso en el que negó la independencia de Ucrania, Vladimir Putin reconoció a las autoproclamadas repúblicas separatistas –a las que apoya bajo cuerda desde 2014– y anunció el envío de soldados para “mantener la paz”. Fue un golpe importante, que puso fin de facto al proceso de Minsk, las negociaciones diplomáticas entre Rusia, Ucrania, Alemania y Francia que habían permitido, gracias a los acuerdos firmados en 2015, pacificar el frente.

“Por supuesto que tenemos que reconocer estas repúblicas, [...] pero no sólo en sus dimensiones administrativas, sino también los territorios ocupados por las fuerzas armadas ucranianas. Desde Mariúpol hasta las fronteras históricas”, dijo el ministro del Interior ruso, Vladimir Kolokoltsev.

Sólo un tercio de las regiones administrativas ucranianas de Lugansk y Donetsk están ocupadas y Vladimir Putin no especificó si la ciudad estaba incluida.

El cerco se estrecha, pero ni Masha ni Alexei planean abandonar la ciudad a menos que los combates se intensifiquen. El centro cultural, que describen como un “lugar tranquilo” para los jóvenes, marginados, de familias pobres o de la comunidad LGBTQ+, tiene que funcionar a toda costa. “Hemos creado un espacio que nos hubiera gustado tener cuando teníamos 15-16 años en Donetsk, un lugar con el que no nos hubiéramos atrevido a soñar”, describe Masha.

Los dos jóvenes activistas, que siguen de cerca las noticias, no tienen previsto cancelar su residencia artística, prevista para principios de marzo. Y explica Masha: “Nos sentimos esquizofrénicos en nuestros pensamientos diarios, por un lado tenemos que seguir viviendo, trabajando, y por otro miro mi maleta y me pregunto si la necesitaré mañana con urgencia”.

Traducción: Mariola Moreno

 

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