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Crisis del coronavirus

Remedios Zafra: "No podemos volver a la normalidad de antes porque era terriblemente dañina"

  • La ensayista y profesora universitaria ha reflexionado sobre el capitalismo digital o la autoexplotación en los trabajos creativos, temas candentes durante el confinamiento
  • "Llevar el trabajo a casa", apunta, "implica reorganizar las tareas de cuidados pero si nos dejamos llevar tenderá a repetirse la historia, es decir, que las asuman las mujeres"
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Publicada el 19/05/2020 a las 06:00
La escritora e investigadora sobre cultura contemporánea Remedios Zafra.

La escritora e investigadora sobre cultura contemporánea Remedios Zafra.

EFE

En Ojos y capital, la ensayista y profesora Remedios Zafra (Zuheros, Córdoba, 1973) hablaba, entre otros temas, de la alianza entre las imágenes, las pantallas y el capitalismo digital. En Los que miran, reflexionaba sobre la intimidad, la exposición en redes y la construcción de la identidad. En El entusiasmo, se asomaba a la precariedad y la autoexplotación que rigen los trabajos culturales, intelectuales y académicos, todavía vedados a los más adinerados, que pueden permitirse trabajar gratis. Y todo eso resuena como un eco reciente en estas semanas de confinamiento, de directos de Instagram, de teletrabajo, de conciertos y libros electrónicos gratis. 

La profesora de la Universidad de Sevilla y la UNED contesta por escrito a estas preguntas: el confinamiento obliga a compartir con otros el espacio de vida y de trabajo, y es preferible dosificar las conversaciones de viva voz. Las respuestas se redactan entre entrega y entrega de artículo, clase y clase. Los buenos deseos viajan por e-mail. Son los nuevos ritmos del confinamiento, capaz de hacer que el tiempo se estire y se condense. Y todo eso se cuela en una conversación que no es tal. O quizás sí. 

Pregunta. Ha hablado extensamente de la capacidad de las pantallas para aislarnos mientras prometen conectarnos. ¿Cómo se ajusta esta advertencia a un momento en que la gente se ve obligada a mantener el contacto con sus seres queridos, y también con la realidad, de las aplicaciones de mensajería, de las redes sociales...?

Respuesta. Tras el shock que hemos sufrido parece comprensible que muchas personas hayan caído febrilmente en la vida en las pantallas, necesitados de compartir lo que no entienden, de comprobar a cada rato cómo avanza la pandemia, de hablar con familiares y amigos, de participar en toda iniciativa colectiva que les permita expresarse, de compensar con comunicación las carencias de los cuerpos confinados en casa… Hace tiempo que nuestras habitaciones dejaron de ser meramente espacio privado para convertirse en una suerte de espacio público-privado que funcionaba en un doble sentido, permitiéndonos llegar y acceder al afuera pero dejando también acceso a nuestra intimidad. Quizá en estas semanas hemos visto este doble sentido amplificado porque los cuartos conectados han sido nuestro mundo y lo que hemos compartido —hasta el hartazgo— de nuestro mundo.

Al margen del grado en que ahora habitamos las pantallas, lo que antes y ahora resulta descriptivo de un cambio que yo considero antropológico es la forma en la que creamos colectividad en este escenario. En la red no somos muchos congregados y unidos sino una "multitud de individualidades", de personas habitualmente solas en nuestros cuartos propios que gestionan su socialidad desde un centro de operaciones tecnológico. Todo lo que veníamos reflexionando en las últimas décadas pareciera haberse jugado y experimentado en estas semanas de manera intensiva, buscando estar hablando permanentemente, cuadriculando la pantalla y llenándola de interlocutores que opinan y se pronuncian. En gran medida pareciera que, con miedo a esta situación, hemos llenado de ruido y ansiedad los espacios privados que antes eran especialmente de intimidad y refugio.

P. En estas semanas hemos observado cómo se extendía la costumbre de hacer directos de Instagram, por ejemplo, y cómo aumentaba nuestra presencia en redes. ¿De qué manera ha afectado esta crisis a nuestra relación con esa máscara digital?

R. En la red podemos presentar y representar al sujeto de muchos maneras, creando máscaras pero también deshaciéndonos de las máscaras cotidianas. Es muy interesante advertir las tendencias con los cambios que estamos viviendo. A simple vista, frente a la pose que caracterizaba la imagen y retransmisión en las redes, ahora muchos buscan compartir la realidad sin el exceso de maquillaje e impostura de antes. El miedo, la incertidumbre y la solidaridad requieren mayores dosis de realidad. El deporte, el juego, la comida, compartir la intimidad de nuestro mundo privado que por un tiempo se ha convertido en nuestro mundo ha hecho pasar por alto que hemos abierto y regalado una mirilla amplificada de ese mundo que antes solo nos pertenecía a nosotros.

Pero no creo tanto que una presentación de la realidad haya sustituido como máscara a la pose de antes sino que, al multiplicarse nuestra exposición, han explotado las formas de mostrarnos. Para una influencer no tiene mucho sentido mostrar lo estilosa que se ha puesto para una fiesta, sino lo bien que le sienta el pijama o ir sin maquillaje en el confinamiento, la pose sigue estando pero contextualizada en un nuevo escenario. También las habitaciones y las casas han sido parte de las máscaras que han mostrado un mundo muy desigual en el que estar confinado no significa lo mismo para quien vive en un piso interior o en un chalé con parcela.

P. Desde que comenzó el confinamiento, hemos visto un aumento del consumo televisivo, particularmente de informativos, y un aumento del uso de Internet. Muchos espectadores y usuarios se declaran saturados de información. ¿Cómo es y cómo debería ser nuestra relación con la información en un momento como este? 

R. Los expertos recomiendan graduar esta información y no andar todo el día pegados a las noticias, limitarlas a una vez, pero esa obsesión por no perdernos nada es una inercia que cuesta evitar y fácilmente nos dejamos llevar por el impulso ambivalente de estar al tanto y de sufrir por estar al tanto. Hay que resistirse. La impaciencia es una seña característica de la cultura digital y habla de la posibilidad de conocer lo que pasa no el día en que pasa, sino en el mismo instante, si me apuras en el segundo exacto en que la cifra de muertos diarios es publicada. Yo no me acerco a esta realidad desde el análisis clínico o psicológico de quienes pueden dar las razones y mejores consejos, sino desde la etnografía que busca describir sin juzgar, describir para entender.

Estar bien informados implica conocer eligiendo bien las fuentes en las que nos informamos y dejar un tiempo para asentar y racionalizar la información. Exponerse al bombardeo de opiniones que se suma en televisión y redes dificulta ese distanciamiento para generar una opinión propia. Porque cuando la información se convierte en ruido anula su cometido, y cuando esto pasa es porque la actitud y el posicionamiento afectivo se sobreponen a la información, con mensajes claros y maniqueos (a favor o en contra), esos que calan más fácilmente en las personas porque buscan reforzar sentimientos y fobias. De ello se valen las estrategias de desinformación y fakes que tanto vienen caracterizando a la ultraderecha y a quienes se benefician de desacreditar la información. Es esencial que la ciudadanía que tiende a dar crédito a determinadas voces (a menudo las más altas o polémicas) pueda acceder a una diversidad de voces para crear sus propias opiniones, pero esto es complicado en las redes, cuando la cantidad de contactos genera el espejismo de diversidad mientras la gran mayoría de un mismo grupo tiende a reforzar las mismas ideas. Es un reto y una responsabilidad favorecer la pluralidad de los medios y ser pedagógicos en este asunto.

P. ¿Cómo se relaciona con esto el también espectacular aumento del consumo de ficción televisiva, particularmente a través de las plataformas de streaming? ¿Oscilamos entre la sobreinformación y la desconexión? 

R. En estas semanas la evasión ha estado coartada en lo material, y si bien muchos han aprovechado el confinamiento para leer y crear (y pienso que ha sido un intervalo singularmente creativo para muchos), la mayoría solo ha podido acceder a la ficción y a la evasión a través de las pantallas para despejarse del empacho de realidad. Y lo han hecho en estas plataformas de streaming, grandes beneficiadas del encierro. La respuesta me parece equivalente a la intensidad con la que hemos caído en la sobreinformación. Pantallas que primero nos inundan de realidad y después nos permiten la evasión de lo ficticio. Esos extremos son polares e intensos y refuerzan la sensación de irrealidad que muchas personas tienen.

A mí me parece que frente a la saturación de pantallas optar por la evasión de otras prácticas como la lectura, la música o el juego permiten paliar esta sensación de irrealidad. No solo porque las ficciones audiovisuales refuerzan un mismo imaginario frente a la diversidad que la misma historia escrita puede generar en la imaginación de cada cual, sino también porque la pantalla en su versión unidireccional es un medio más homogeneizador para la ciudadanía.

P. Otro aspecto del que ya advertía es la invasión del trabajo de todos nuestros espacios personales, ya sea por la realización de jornadas maratonianas o por la disponibilidad del trabajador 24/7. ¿Cómo ha afectado a esta tendencia el teletrabajo, que muchos ensayan ahora por primera vez? 

R. Soy una gran defensora del teletrabajo y me apena que el mundo haya tenido que zarandearnos así para darle una oportunidad real. En España ha predominado una visión acomplejada sobre el tema que reforzaba la idea de que trabajo es el lugar al que se va y no la práctica que se hace y esto ha provocado duplicación de tareas, cansancio, autoexplotación y laxitud en aceptar desplazamientos innecesarios para ir a fichar o a ocupar un espacio donde aparentas trabajar para después trabajar con concentración en casa. Racionalizar este escenario y optimizar energías y potencia tecnológica me parece urgente para los humanos y muy especialmente para el planeta. Volver a la normalidad de antes no tiene sentido, porque esa normalidad era terriblemente dañina de muchas maneras.

Esto no quita la necesidad de ejercer una crítica a las condiciones y formas de teletrabajo. Este no es una panacea y no cabe pasar por alto las dificultades que conlleva. La primera: los tiempos de trabajo fácilmente lo inundan todo y pueden llevarnos a no descansar ni a distanciarnos de ellos. A diferencia de trabajos físicos que podemos terminar claramente, en los trabajos digitales y creativos predomina la sensación de que siempre están esperándonos, que se derraman líquidos y difícilmente podemos contenerlos. Siempre hay cosas que hacer. Obligan por tanto a nuevas disciplinas, a organizar espacios interiores y autoimponernos horarios.

La segunda es la conciliación. Llevar el trabajo a una casa implica reorganizar las tareas domésticas y de cuidados. Claro que esto es posible, pero no podemos pasar por alto que si nos dejamos llevar tenderá a repetirse la historia, es decir, a que las asuman las mujeres como hasta ahora. En la invisibilidad silenciosa de este escenario late el grandísimo riesgo de retroceder en logros sociales de igualdad. Habrá que observar en estos meses cuántas mujeres no se sienten presionadas a pedir una excedencia para seguir ocupándose de los niños y de todas las tareas invisibles que llenan sus días, o incluso de la vuelta de muchos ancianos a casa después del descrédito de algunas residencias, o cuántas no empeorarán sus condiciones de trabajo para poder compaginar estos trabajos. Asumir que eso se pueda normalizar es un gravísimo riesgo social y pone a los cuidados en el centro de nuestros desafíos.

P. Slavoj Zizek se ha apresurado a publicar un libro como Pandemia, y el mundo de la cultura se apresuró a opinar sobre si era prudente o no escribir con tanta inmediatez sobre el asunto. ¿Qué nos dice esto sobre la velocidad a la que funciona el pensamiento crítico? ¿Está justificada la prisa en situaciones como esta? 

P. Mi sensación es que en este intervalo ha habido —y lo veremos en estos meses— una explosión de escritura por varias razones. En primer lugar, obligados a la reclusión, muchos hemos podido recuperar la concentración, algo que habíamos perdido en el estrés de una vida sometida a la prisa. Nos han obligado a estar en casa donde seguramente lo único que muchos hemos podido hacer es leer y escribir, es decir, cumplir el deseo de disponer de tiempo, un deseo que como pluriempleados acelerados en muchos casos no habíamos cumplido hasta ahora. Esa concentración es una experiencia del tiempo distinta en tanto que un texto escrito en estos meses probablemente cuente con más horas de atención y calidad y que otro escrito a saltos durante meses de trasiego y dispersión. Es por ello que muchos textos que aparentarán estar escritos con prisa igual nos sorprendan por ser más intensos y críticos que los hechos a saltos. No quiero decir que esta sea la norma, pero por mi experiencia con los trabajos y textos académicos y ensayísticos que estoy leyendo me llama la atención esta forma de materializar la concentración.

También en ese intervalo ha habido mucha necesidad expresiva de escritura experiencial y de desahogo, válida especialmente para quien la practica aunque no tenga mayor recorrido. Pienso que en este tiempo saldrán muchas obras fruto del exabrupto y la conmoción de tono más sentimental y traumático que especulativo o analítico. Pero también las habrá que nos permitirán abordar lo ocurrido desde la sincronía de estar escritas en presente continuo, como cuando se hace un diario de campo. Sus valores serán distintos a los de una escritura que toma distancia y vuelve sobre lo dicho, que es fundamental y tardará más en llegar. El asunto es que los escritores y pensadores están primando su necesidad de expresar y compartir visiones de lo vivido y que esto generará una inundación creativa sin precedentes de la que habremos de filtrar lo que nos interesa o nos puede aportar. Muchos de esos textos serán solo estratos sobre los que se irá construyendo un pensamiento más reposado.

P. Algo similar ha ocurrido con la creación artística: hemos visto canciones y poemas sobre la cuarentena, la enfermedad y el aislamiento. ¿Está más justificado crear rápido sobre un trauma colectivo como este que pensar rápido sobre él? 

R. La dinámica de la creación es muy parecida a la de la escritura, creo que en este contexto traumático ha primado más la implicación de los agentes creativos como parte activa produciendo de manera rápida y compartiendo, buscando expresarse aquí y ahora, casi a modo de desahogo en algunos casos, o implicados con causas solidarias en la mayoría de las ocasiones. Ese tipo de producción creativa amateur y profesional ha inundado nuestras pantallas y resulta quizá más intrusiva. Pero son también funciones distintas, la música por ejemplo tiene un componente más afectivo e instantáneo que otro tipo de prácticas más reflexivas y tiene sentido que sea inmediata. Otra cosa sería la movilización comercial que en muchos casos se vislumbra detrás de esta gig economy, donde la visibilidad se amplifica como forma de pago, de manera que muchos autores pueden valerse de esa oportunidad promocional en un momento en que se aplazan y suspenden conciertos y eventos culturales.

P. En estas semanas se ha producido también un debate sobre la cultura gratuita. Algunas editoriales han liberado libros por los que normalmente se pagan, se han celebrado conciertos online sin entrada... Y ha habido mucho debate sobre ello. ¿Es un servicio a la comunidad o una devaluación del trabajo cultural?

R. Dado que todos hemos estado encerrados, parece solidario que quienes tienen el control de gestionar las obras las compartan para disfrute público de quienes no pueden hacer otra cosa que ver y leer, más si cabe si muchos están en una situación económica incierta. Se ha hecho en muchos otros sectores regalando o abaratando productos para la ciudadanía. Sin embargo, esa intencionalidad generosa esconde un asunto complejo cuando hablamos de cultura. Si ya teníamos un contexto donde el pago simbólico era un hándicap, cabe el riesgo de acentuar dicha devaluación considerando que los trabajadores culturales deben trabajar gratis. Quiero decir que, siendo un servicio a la comunidad, el asunto visibiliza la deriva de un problema que ya existía y que en época de crisis y agravamiento de la precariedad corre el riesgo de cronificarse.

P. Hablaba en El entusiasmo de cómo al trabajador de la cultura y del ámbito académico se le exige, entre otras cosas, estar permanentemente conectado, presente y opinando. ¿Se ha exacerbado esto durante el confinamiento? ¿Contribuyen a esta autoexplotación los lectores y espectadores?

R. Creo que la cultura-red y el capitalismo son catalizadores de esta autoexplotación. Los trabajos, lejos de ser una práctica concreta, son cada vez más una práctica de prácticas diversas mediadas por tecnología y comunicación que se derraman y concatenan unas a otras, bajo la sensación de que mientras estemos online no se terminarán nunca. Son además tareas en apariencia ligeras que vienen de invitaciones de personas casi siempre conocidas y a menudo precarias a las que nos cuesta decir que no. Fíjate que en esta presión capitalista guarda una curiosa y perversa analogía con el patriarcado, y es que convierte a los sometidos en agentes mantenedores de su propia subordinación, haciéndolos responsables de lo que les pasa y aumentando su ansiedad. Por otro lado, en estos trabajos lo que hacemos lleva nuestra firma, y no hay mayor presión que exponer algo propio al escrutinio público de la ventana online, permanentemente abierta.

¿Cómo ha afectado el confinamiento a esta situación? En mi opinión, la ha incrementado. En casa teletrabajando es fácil caer en el encadenamiento de tareas que saturan nuestros tiempos, acrecentado más si cabe por la sensación de colaborar como forma de contribuir solidaria y activamente a lo que está pasando. El no parar contribuye a la saturación que criticamos y favorece no solo un trabajo precario sino una producción precaria, falta de silencio y de escucha, falta de aire.

P. Cuando se mira al futuro desde esta situación, las posturas políticas desde la izquierda pueden simplificarse en dos: quienes ven en esta crisis una oportunidad de cambio que refuerce lo público y la importancia de la colaboración y la comunidad; quienes creen que la crisis económica y la limitación de derechos fundamentales (aun temporal) puede recrudecer el sistema capitalista y favorecer el autoritarismo. En esta línea, ¿dónde se sitúa usted?

R. A mí no me gustan las posiciones dicotómicas como elección, pues dan por hecho que asumimos unas reglas del juego que tienden a simplificar el mundo en dos, pero sí entiendo que pueden operar como punto de partida para ayudarnos a fijar un gradiente sobre el que transitar. En ese sentido, no me sitúo en un en sino en un hacia. Como actitud, creo que hemos de trabajar, hacer y pensar hacia el refuerzo de lo público y atentos a la limitación de los derechos y el riesgo de autoritarismo. Tener destinos que nos movilicen y riesgos que hemos de neutralizar puede ser un punto de partida. Así como hemos aprendido que un sujeto puede contagiar a su comunidad, también los cambios y mejoras sociales están expuestos al contagio. A mí me parece que hemos de exigirnos inteligencia e imaginación para infectar a los de al lado con valores constructivos donde lo público salga claramente reforzado.

 

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