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Palomares: ¿Intenciones? No constan

Publicada el 02/11/2016 a las 06:00
El ministro de Asuntos Exteriores del Reino de España y el secretario de Estado de Estados Unidos firmaron hace ya un año, el 19 de octubre de 2015, una "declaración de intenciones" (lo que eso quiera decir) en la que se comprometían a negociar un "programa de remediación" que pusiera en marcha la "rehabilitación y depósito del entorno del accidente radiactivo en las proximidades de Palomares".

En ese "documento de intenciones" se indica que la cooperación mantenida en los últimos años –y más concretamente desde 2010– se ha limitado a "conversaciones varias", y se declara que la cooperación prevista tiene que abordar temas, "tan sencillos" como delimitar las responsabilidades de las partes y las condiciones técnicas, financieras y jurídicas para la ejecución de las actividades de rehabilitación de la zona. Además, se añade, todo ello dependerá de la disponibilidad de fondos, personal y otros recursos de las partes.

En resumen, que queda "casi todo por intentar".

Y por si esto fuera poco, el documento deja claro que las partes podrán "interrumpir en cualquier momento, con una simple comunicación por escrito, todas las actividades previstas en la declaración de intenciones".

Por tanto, la primera conclusión que puede deducirse de esta declaración es que no parece que existan muchas "intenciones" de resolver a corto plazo el problema de Palomares ni de, como denomina el programa, "remediar" su entorno.

Un problema que fue creado hace más de 50 años. El 17 de enero de 1966, dos aviones de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos colisionaron en el aire en una maniobra de reabastecimiento en vuelo. De las cuatro bombas termonucleares transportadas por uno de ellos (B-52), tres cayeron en tierra y una en el mar. De las tres que cayeron en tierra, solo le funcionó el sistema de emergencia (paracaídas) a una de ellas, y las otras dos impactaron contra el suelo liberando todo el plutonio que contenían (9 kilos, 4,5 kilos por bomba) que contaminó una superficie de terreno perteneciente a los municipios de Vera y Cuevas del Almanzora.

En el mismo año, los americanos llevaron a cabo una limpieza sui generis mediante la cual, una parte de la tierra y los objetos más contaminados fueron transportados a Estados Unidos, otros fueron depositados en dos grandes fosas, que fueron localizadas recientemente, gracias a modernos detectores, por el CIEMAT (Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas), y otra zona de más baja contaminación, fue cubierta con tierra. El material radiactivo transportado a EEUU fue llevado en 4.810 barriles a Savannah River (Carolina del Sur), pero estos barriles contenían solamente 270 gramos de plutonio (un 3 % del total). Se sabe también que hay enterrados otros 690 barriles (45 gramos de plutonio), y el CIEMAT reconoce que hay medio kilo más en las inmediaciones del pueblo.

El resto del plutonio (unos ocho kilos) parece que está, en su mayor parte, en el mar, según los estudios elaborados por el Departamento de Física del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona.

Todos estos datos no comienzan a conocerse hasta el año 2003, en el que se aprueba, bajo eufemístico nombre, un “Plan de Investigación Energética y Medioambiental en Materia de Vigilancia Radiológica” para tratar de limpiar la zona del plutonio liberado por la fuga radiactiva de las dos bombas. Pero no fue hasta el año 2008 en el que la perseverancia y profesionalidad del personal del CIEMAT y la presión reivindicativa de las organizaciones medioambientalistas lograron que se elaborara un mapa radiológico, que permitió la restricción total del uso de 40 hectáreas de terreno y un plan de actuación en la zona de Palomares.

Ahora bien, cumplir este plan suponía un esfuerzo y un coste económico y político que nadie estaba dispuesto a asumir. Las reticencias de EEUU para asumir los costes de hacerse cargo de esos residuos están relacionadas, sin duda, con que la solución adoptada podría significar un precedente para otras zonas del planeta contaminadas por accidentes similares.

El tiempo pasa, y las muestras indican que hay una cantidad significativa de material radiactivo en la zona, ya que el plutonio se está desintegrando y transformando en americio, que es mucho más radiactivo que el plutonio original.

En los últimos años, ha habido al menos dos ocasiones (2011 –despliegue del escudo antimisiles en Rota–, y 2015 –declaración de la Base de Morón como "permanente" y aumento del personal en la misma–) en las que se ha propuesto la inclusión, en las negociaciones con EEUU, de la limpieza pendiente de residuos radiactivos en Palomares. El resultado ha sido esta pobre "declaración de intenciones", que dependerá de "los recursos disponibles" y que se "podrá interrumpir en cualquier momento".

Han pasado ya 50 años desde el accidente, demasiado tiempo en términos políticos pero muy poco en términos ambientales. El Gobierno español debe mantener una clara y firme voluntad política para resolver definitivamente el problema de Palomares, donde los riesgos de radiación continúan y aumentan cada día.

Muchos se preguntan, ¿cuándo se van a transformar las intenciones en hechos?
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