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Foro Milicia y Democracia

El renacer del iberismo

Publicada 09/11/2016 a las 06:00 Actualizada 08/11/2016 a las 11:51    
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La crisis global de los últimos años, que ha sacudido con particular violencia al sur de Europa, ha producido un renacer del viejo ideal del iberismo, doctrina que, desde hace más de dos siglos, postula la unión política de España y Portugal. Partidos paniberistas de ambos países de reciente fundación –el Movemento Partido Ibérico creado en Portugal en 2013 y el Partido Ibérico Íber registrado en España en 2014– celebraron una reunión conjunta el pasado mes de octubre en la que propugnan una comunidad de naciones en la península ibérica. La llamada Declaración de Lisboa, aprobada en dicha cumbre, fundamenta las razones de la unión de los tres estados peninsulares actuales: Portugal, España y Andorra.

Asentado en una tradición histórica indiscutible, el iberismo surgió con fuerza a finales del siglo XIX en pleno apogeo de los movimientos de unificación nacional en otras partes de Europa, significativamente en Italia y Alemania. Desde entonces, asociado fundamentalmente con el republicanismo progresista, ha conocido épocas de retraimiento y de revitalización en las que se han propuesto distintas fórmulas para realizar el proyecto de una Iberia unida. Modalidades de unión que van desde la unificación monárquica nacional del diplomático español Mas y Sanz a la federación republicana ibérica del presidente republicano español Pi i Margall, pasando por la integración de naciones soberanas del presidente portugués Teófilo Braga y la confederación de repúblicas ibéricas del presidente de la Generalitat de Cataluña Francesc Macià.

El iberismo cuenta con unos sólidos fundamentos culturales. Personalidades insignes de ambos países han defendido que, dada la fraternidad natural de españoles y portugueses, la unificación debía ser un objetivo consecuente e irrenunciable. Una extensa lista de notables en la que cabe citar, por ejemplo, en Portugal, el general reformista Latino Cohelo, el historiador Oliveira Martins, el primer ministro Costa Cabral, el escritor Fernando Pessoa o el premio Nobel de Literatura José Saramago; y en España, el político liberal Juan Álvarez Mendizábal, el general Juan Prim, el presidente Emilio Castelar, el poeta Joan Maragall o el rector Miguel de Unamuno.

El iberismo del siglo XXI, sin negar las profundas raíces históricas en que se asienta, está centrado principalmente en resaltar la conveniencia política, económica y social de una eventual unión. En efecto, sin pretender imponer una fusión de nacionalidades, un proyecto que sería a todas luces inviable en este momento por el gran rechazo que genera en naciones tan consolidadas, el iberismo se propone como punto de partida intensificar el ámbito de cooperación bilateral, emprender nuevos proyectos conjuntos y coordinar la acción exterior de ambos países.

La exploración de la senda del iberismo, lejos de ser una muestra de aventurerismo político o de nostalgia voluntarista de un pasado lejano superado por la historia, está respaldada ya por los resultados, de significativa y creciente aceptación de la idea, que vienen ofreciendo sistemáticamente las encuestas realizadas en los últimos años en el marco de trabajos académicos de diversas instituciones, tales como los institutos El Cano y Camões, o las universidades de Coímbra, Extremadura o Salamanca. Una media de estos estudios indica que aproximadamente el 60% de los portugueses y el 40% de los españoles apoyan en primera instancia la unión política ibérica. Unos resultados demoscópicos que adquieren mayor valor si se considera la ausencia casi total del debate sobre el iberismo en la agenda política.

La mencionada Declaración de Lisboa, después de destacar la raigambre histórica del iberismo, defiende un iberismo plurinacional que respete la autonomía de las comunidades nacionales existentes y que esté basado en la defensa de los derechos humanos y del estado de bienestar con el objetivo último de que esta doctrina ibérica se convierta en el medio plazo en una corriente ideológica transversal y hegemónica en las respectivas sociedades nacionales. La declaración se articula en dos grandes ámbitos: las ventajas internas de la unificación y los efectos externos también ventajosos en que podría traducirse la unión de intereses.

La integración del territorio ibérico, una fase superior de la actual cooperación transfronteriza, permite esperar una mejora de la vida de los ciudadanos por la acumulación de recursos, el reparto de cargas, la eliminación de duplicidades en los servicios públicos y la potenciación de sinergias en múltiples campos: seguridad social, espacio radioeléctrico, bancos centrales, competiciones deportivas, titulaciones académicas, infraestructuras, etc. El impacto de las ayudas estructurales comunitarias ha contribuido a cerrar la brecha en el desarrollo de ambos países allanando así el camino de la integración. Ningún ámbito debería quedar fuera de esta potencial unificación, incluso aquellos estratégicos como la seguridad y la defensa.

En el ámbito externo, la integración económica y política supondría un incremento del Producto Interior Bruto conjunto aumentando el peso relativo del espacio ibérico en el concierto de los países de la Unión Europea y, por tanto, obteniendo una mayor capacidad de negociación con las instituciones financieras y de política sectorial comunitarias. La proyección americana, africana y asiática del mundo ibérico –una iberofonía integrada por 750 millones de personas–otorgaría al universo ibérico un peso político global considerable. El nuevo pacto ibérico serviría de base para la articulación gubernamental de este espacio mundial.

Durante muchos años el iberismo ha sido acallado por los intereses oligárquicos nacionales o la interferencia de potencias extranjeras. Cuatro décadas después de la recuperación de la democracia en la Península Ibérica y tres del retorno de nuestros países a Europa podría ser un tiempo óptimo para plantear una unificación –en cualquiera de las fórmulas disponibles– que, como muestran los estudios demoscópicos, contaría previsiblemente con el asentimiento de una gran mayoría de la ciudadanía. En tiempos de incertidumbre, fragmentación política y tensiones separatistas, el horizonte de la unión ibérica podría contribuir a facilitar una reforma territorial global con planteamientos de inclusión y mutuo reconocimiento, sustituyendo el recelo al uso por la fraternidad, solidaridad y prosperidad de una patria grande.

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10 Comentarios
  • Olaf Olaf 11/11/16 19:13

    Claro, eso resolvería de un plumazo el problema del estado multinacional en España. Seguro que en Cataluña y en Euskadi están eufóricos con la idea.

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    • korrosivo korrosivo 16/11/16 10:27

      Cataluña y el País Vasco tienen que ver con Portugal lo que el toci con la veloci o el culo con las témporas. Nada de nada. Más de seis siglos de caminos diferentes, cuando no absolutamente divergentes, con dos imperios que obligaron a respetar un statu quo de conveniencia, son un capital nacional de Portugal que no existe ni en Cataluña ni en el País Vasco, cuyo estatus actual de comunidad autónoma española es el más"avanzado" que han tenido nunca. De hecho, desde Fernando de Antequera no han pasado de ser meras regiones de España sin ninguna clase de poder político, por mucho que se empeñen los separatistas inventores de Historia en lo contrario. De todos modos, lo del iberismo tiene tan pocos visos de realidad como la independencia de Cataluña o del País Vasco. Ninguno.

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      • FGR FGR 17/11/16 20:52

        No creo que se pueda afirmar tajantemente que hay territorios en la Península Ibérica que no tengan nada que ver entre sí, aunque desde luego los hay más relacionados que otros, sobre todo por vecindad Portugal-Galicia, Cataluña-Valencia, Extremadura-Andalucía, etc, pero todos tienen unos fundamentos comunes. Las condiciones para la unificación existen. El problema es de voluntad política de integración. Si admitimos que España tiene una articulación territorial problemática, entonces el iberismo se muestra como una posible vía de reforma global. Al menos valdría la pena fomentar un debate en España y Portugal sobre esta posibilidad para ver el apoyo real que tendría esta eventualidad. Ninguna situación es perfecta, pero en mi opinión son más las ventajas que los inconvenientes. Para algunos puede ser una idea romántica, pero, en realidad, es una cuestión práctica de interés mutuo.

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  • korrosivo korrosivo 11/11/16 11:26

    Eso de las profundas raíces históricas del "iberismo" huele a rancio. Yo las llamaría más bien raíces "viejas". El iberismo, en España, se toma como una entelequia más de los de las "rutas imperiales"; en Portugal, directamente, provoca sarpullido entre amplias capas de la sociedad, educadas durante siglos en el miedo al imperialismo español y temiendo una invasión siglo sí, siglo también. Estas cosas, vistas con perspectiva, pueden ser positivas y generar sinergias favorables. Pero no curan los males de ambas sociedades. ¿Recuerdan el caso Bankia? De fusionar varios bancos en dificultades no sale un banco sano, sino uno lleno de mierda. A ver si aprendemos la lección y, lo que haya que hacer, se haga con la seguridad y el buen juicio  que la cosa requiere, para que, al poco, no vayan a levantarse clamores sobre que los tiempos pasados fueron mejores.

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  • gusalo gusalo 10/11/16 21:00

    Espero que algún día caiga esa breva, y ojalá estuviera ya a punto de madurar. Me ha sorprendido, por otra parte, que la integración entre los dos países sea más apoyada en Portugal que en España (3/5 de los portugueses y 2/5 de los españoles). Yo creía que era al contrario.   ¶   Opino que, si esa unión conllevara esa “reforma territorial global”, a la que se refiere la última frase del artículo, una reforma bien hecha, seríamos los ciudadanos españoles quienes más tendríamos que ganar: los portugueses no tienen problemas territoriales. 

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  • paleologo paleologo 10/11/16 13:55

    Mas nos valdria juntarnos ambos; los españoles ganariamos en dignidad; ellos tienen mucha mas que nosotros.

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  • Jooheras Jooheras 10/11/16 02:55

    Cuando medio país quiere pedir la cuenta e ir por libre, la opción de unificar Portugal, España y Andorra, me parece cuanto menos, ciencia ficción. Aunque estamos en una época donde la realidad supera la ficción, así que lo mismo acabamos comiendo Cachopos con Mongetes, acompañados de un fino vino Oporto.

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    • gusalo gusalo 10/11/16 21:02

      Claro, a lo mejor. Y a lo mejor acabamos todos eligiendo en las urnas al Jefe de Estado. 

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    • P. González P. González 10/11/16 11:56

      Sin embargo Sr. Jooheras, un servidor lleva años sonando con esa posiblilidad. http://queri2camaradas.blogspot.com.es/2016/07/republica-federal-iberica.html

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      • gusalo gusalo 10/11/16 21:25

        Termino de leer la página. He tratado –creo que sin conseguirlo– de escribir un comentario, básicamente para decir que me gusta el artículo (la bandera, menos), y que también a mí me encantaría ver esa Unión Ibérica.   ¶    Un saludo

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