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Los libros

‘Pliegos de cordel’, de José Manuel Caballero Bonald

  • El poemario, el que Bonald ha dicho recorrer con menos agrado, resulta uno de los más dignos y logrados exponentes de la poesía crítica de la posguerra española
  • La educación y los hábitos estéticos del poeta, de clara decantación barroca y simbolista, aparecían como evidentemente extraños a los preceptos de aquella corriente

Araceli Iravedra
Publicada el 11/11/2016 a las 06:00 Actualizada el 10/11/2016 a las 19:05
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'Pliegos de cordel', de Jose Manuel Caballero Bonald.

'Pliegos de cordel', de José Manuel Caballero Bonald.

Pliegos de cordel
José Manuel Caballero Bonald

Colección Colliure
Barcelona

1963

i+d+i Cinfa
Pliegos de cordel, publicado en 1963 en la Colección Colliure, supone la única contribución de José Manuel Caballero Bonald al que se llamó “realismo crítico”, esa tendencia teorizada por José María Castellet en sus polémicos Veinte años de poesía española (1960), y que venía a ser en varios sentidos una actualización y puesta al día del realismo social de los años cincuenta. La educación y los hábitos estéticos de Caballero Bonald, un poeta de clara decantación barroca y simbolista, aparecían como evidentemente extraños a los preceptos de aquella corriente; pero el poeta había sellado por entonces, según palabras propias, “una especie de pacto político-moral-literario” que obedecía al propósito de consolidar una literatura de la resistencia, y el ansia de intervención política, o siquiera de declaración moral, era lo que principalmente importaba. Este designio explica el manifiesto desvío que Pliegos de cordel representa respecto del más espontáneo estilo poético de su autor; y de tal desvío depende, a su vez, el rigor con el que Caballero Bonald se dispuso, pasado el fervor de la “operación realista”, a enjuiciar el fruto de esos propósitos, enseguida contemplado como un tributo a la obligación moral suministrada por el ambiente.


Son muchas y de orden diverso las razones de este severo ejercicio autocrítico extendido a lo largo de años. Caballero Bonald ha afirmado respecto de Pliegos de cordel que se trata del libro suyo que recorre con menos agrado, al menos a través de aquellos poemas más condescendientes con “un realismo argumental demasiado obvio”, algo que por fuerza incomoda a quien entiende que “la extroversión poética está a un paso de la oratoria”. Pero el poeta también ha confesado su disgusto ante “una traza moralizadora” que abunda en el libro y que no le parece “ajena al señuelo didáctico”. Y se ha referido, por último, con demoledora dureza a lo que entiende como una “poesía gestionada a partir de una verdad como copiada de un catálogo de temas de actualidad, impuesta apriorísticamente desde fuera […], es decir, aquella que no genera su propia verdad a medida que se articula el poema”.

Parece un hecho irrebatible que Caballero Bonald, a la hora de elaborar su producción testimonial, rara vez baja la guardia en cuanto a dos elementales premisas: por un lado, la consideración de la poesía como un método de conocimiento y, por otro, la exigencia en lo que hace a la elaboración lingüística. En esto último no habrá que insistir, ya que el propio poeta ha sido capaz de conceder —tímidamente— que tal vez no haya en Pliegos de cordel renuncias ostensibles en la elección artística del lenguaje. Sin embargo, me interesa defender el esfuerzo indagatorio, rigurosamente cuestionado por su autor, que incorpora una porción importante de los poemas de este libro. Conocer la realidad aconsejaba en los años sesenta encarar un análisis poético de la experiencia personal; por eso, la reflexión histórica de Pliegos de cordel se efectúa en grado muy importante a través del sondeo en la propia biografía y, más en concreto, en el paisaje moral de la infancia. Era, de hecho, un socorrido procedimiento generacional que el propio Caballero Bonald reconoció alguna vez como un saludable y eficaz medio de oponer a la confusión externa la claridad interior. Y en efecto, no pocos poemas de Pliegos de cordel –“Aprendiendo a ver claro”, “La llave”, “El registro”— cumplen un destino de clarificación de la historia sucedida, a través de la interpretación de episodios biográficos que provocan la reflexión moral y entregan el proceso de re-conocimiento: un nuevo y aquilatado conocimiento que equivale a la costosa edificación de una verdad personal contrapuesta a los “textos de sombra” que “enseñaron / a no reconocer[se]”, para decirlo con versos del libro. Meditar la historia personal es también, entonces, un acto de rebeldía o una forma de resistencia, la vía más cierta de emancipación intelectual frente a quienes controlaban el relato de la Historia, decretaban “funesta” la “manía de pensar” y “nunca / [le] dejaron / saber”.

La dimensión ética aparece, así pues, en Pliegos de cordel, tanto como en otros libros del poeta, indesligable de la dimensión epistemológica. Y si esta última se cumple es porque el poema no funciona como una mera transcripción de la experiencia, sino que el acto de escritura es utilizado para interpretarla y ordenarla distanciadamente, accediendo de tal forma a las claves de esa relación significativa entre un hombre concreto y su mundo que Gil de Biedma aspiraba a formular en un poema. El propio Caballero Bonald posee, de hecho, plena conciencia de que este ejercicio de la indagación autobiográfica resguardaba a su poesía de su estatuto de noticia y de las “trampas de la poesía social más ramplona”.

Es verdad que tampoco dejaron de sentirse, en algunos poemas de Pliegos de cordel, ocasionales concesiones a las premisas testimoniales al uso. Aunque, eso sí, habrá que ir a buscarlas a la edición primigenia del librito de Colliure, puesto que no han resistido la indesmayada tarea de reescritura a la que el poeta somete su obra. Por ello, en la última versión hasta la fecha del poemario no queda rastro alguno de un conjunto de textos —manifiestos metadiscursivos como “Con las manos de un pueblo”, o composiciones programáticas como “A contratiempo”—, en los que el discurso introspectivo de las indagaciones en la memoria se torna un discurso apelativo que trata de comprometer la acción del receptor, y para los que tal vez podría aceptarse el acerado veredicto de su autor sobre las caídas de tensión en los bastidores comunicativos. En general, las reelaboraciones y las purgas a las que Caballero Bonald somete el conjunto original de Pliegos de cordel dicen mucho de su voluntad de liquidar sus deudas con la retórica de época y la finalidad instrumental, y hablan de un exquisito sentido de la eficacia artística que acaba efectivamente por liberar el libro de aquello que estimaba el poeta (y nosotros podemos entender) como el “tributo a una poesía de situación”. Pero hablan también, y tal vez sobre todo, de la esforzada tentativa de restitución de la voz propia, ya que son sus más consustanciales modales poéticos aquello que Caballero Bonald violenta y sacrifica.

No olvidemos, antes que nada, que la más recurrente conducta poética de Caballero Bonald consiste en trasladar la experiencia a la escritura “usando de esas asociaciones ilógicas que coinciden con lo que se entiende por irracionalismo”. Sin embargo, la voluntad comunicativa que rige en Pliegos de cordel impone como en ningún otro libro la palabra directa y la modulación narrativa, donde las asociaciones libres a las que el poeta prefiere confiar la indagación han sido sacrificadas en aras de ese realismo argumental demasiado extrovertido para el gusto del autor. Por otro lado, si hay un comportamiento inequívoco en el proceso de depuración a que Caballero Bonald somete la propia escritura, es la tendencia a despojar el poema de referencias biográficas reconocibles. Y Pliegos de cordel es, de todos los libros del poeta, aquel al que con más precisión se transfiere la sustancia biográfica, que, ocultada con celo casi siempre, sirve en este caso a un deliberado propósito moral. La natural propensión bonaldiana a velar la anécdota y eludir el desarrollo discursivo se relacionan, por último, con el creciente valor que el poeta concede a la ambigüedad como disposición para el conocimiento poético. “En literatura —escribió una vez— lo que no es ambiguo, limita con el coñazo costumbrista”. Y limita también, podría haber añadido, con el didactismo o con el sermón moral si es que alberga un propósito crítico. Pues, en último término, es esa declaración transitiva de las “lecciones” morales lo que incomoda a un Caballero Bonald cuyo carácter infractor le vuelve renuente a cualquier enunciación de una enseñanza, y cuya naturaleza antidogmática le hace refractario a un discurso aseverativo que va siendo desplazado por la afirmación de la incertidumbre y la perplejidad como única evidencia.

Los poemas de Pliegos de cordel contrarían, en suma, la más arraigada expresión del jerezano, que somete los presupuestos estéticos propios a unas incitaciones formales digamos extrañas a su sistema poético. Y de ahí el malestar del autor, mucho antes que de la consabida subordinación de la exigencia estética al designio ético o político, de la que ningún rastro queda, de hecho, en el volumen reescrito. Por lo que hace al conjunto original, aun con sus humanas concesiones a aquel tiempo sin excusa, representa para mí uno de los más dignos y logrados exponentes de la poesía crítica de la posguerra española, además de un ineludible eslabón hacia la mejor poesía cívica de hoy.

*Araceli Iravedra es profesora de Literatura en la Universidad de Oviedo. 

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