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'Luciérnaga': "Y no temer el hilo anuda un alfabeto"

  • Luciérnaga, el nuevo poemario de Alba Ceres, es un retrato luminoso de ese espejo deformante que es la enfermedad
  • Estos versos nos muestran que no solo es posible escribir poesía sobre el tabú del cáncer, sino que en este universo también existen caminos para decir

Publicada el 21/04/2017 a las 06:00
Luciérnaga
Alba Ceres
Kriller71 Ediciones
Barcelona
2017
  Paul Celan lo sabía: cuando se escribe sobre el ser amado arrebatado por la fuerza de thánatos, se produce un desgarro en el lenguaje y desde el lenguaje. La escisión de la lengua poética. Cielo que al punto se vuelve blanco y de pronto comienza a caer la nieve.

Luciérnaga, de Alba Ceres, primera criatura de la colección Kokoro Libros que nace al amparo de la editorial Kriller71 Ediciones, es un retrato luminoso de ese espejo deformante que es la enfermedad. Quien ha tejido estas páginas nos muestra que no solo es posible escribir poesía sobre el tabú del cáncer, sino que en este universo de olores químicos también existen caminos para decir, enhebrar un balbuceo que es origen, fruto nuevo y distinto, savia y letra.

Desde el comienzo del libro Alba Ceres trenza un hilo que atraviesa los poemas y los convierte en seres corpóreos. Si la mano que escribe necesita de la firmeza del lápiz, la mano que cuida se aferra al tacto del enfermo. El poema se convierte en un silabeo, apenas un murmullo, que cae desde la boca hasta la misma tierra. Las luciérnagas funcionan como diminutos portadores de sentido que polinizan y trasladan el impulso poético de un poema a otro:
 
contra-ido
dónde
el gesto
limpio
del oxígeno
en qué
mueca
enferma
desovar
luciérnagas
ma

alar
lo ya
rotura

El lenguaje se hace molde para acoger el balbuceo, vagidos que emergen de la garganta como los primeros tanteos lingüísticos de un niño. Las luciérnagas parpadean en la noche más larga; la enfermedad se perfila y dibuja sus huellas para ocultar los síntomas un tiempo más tarde. Qué importante se vuelve entonces conjurar al silencio, a la manera de los dadaístas, con el matrimonio delirante de imágenes: "intestina burla" evoca el avance invisible de lo que va por dentro y "lo pecho que es mamá" nos trae a la memoria la canción de cuna, el arrullo materno. Hay en la poeta un empeño por despojarse de los lugares comunes que acompañan tradicionalmente a la enfermedad como el miedo o lo oscuro. Para tal fin está ahí el claror de las luciérnagas, que testimonian la fiebre. Lo febril se convierte en pretexto para un hermoso calambur como el que sigue: "quemas, ma / má / qué más si/ todo se rompe y / acentúa", así como para estrechar el vínculo entre lo bello y lo terrible: "Haces tanto calor / cerca de la muerte / madre ¿es la belleza?".

Si es posible hacer un camino que vaya construyendo una morfología de la enfermedad sin duda se halla en estas páginas. Aquello que sucederá después, cuando la enfermedad guarde silencio, sólo se puede evocar a través de la levedad, lo ingrávido: "Tu mano es un nido / antes de morir / será / cuando alrededor / de mi mano / dejes mucho espacio / ¿un vuelo?". Muerte que es inconsistencia, vacío sin contornos, sedimentos, así como la negación de la identidad, del nombre: lo no tú. La palabra es instrumento, posibilidad inaudita, pero también una voz que depende de la voluntad de quien la pronuncia. Alba Ceres recurre a la tachadura para indicar la huella de la palabra que se escribió y ya no significa, o tal vez se tacha precisamente porque no hace falta que esté ahí para ser aprehendida. Así, aparecen tachadas las palabras: invisible, hueco, vacío, lugar, dóndes y sima. "Pero el instante-ya es una luciérnaga que se enciende y se apaga", escribió Clarice Lispector en ese salmo plástico que es Agua viva.

Al igual que las luciérnagas irradian luz, trenzan movimiento para dejar huella de su vuelo, el poema se vuelve contra sí mismo y se pregunta, muestra sus propias flaquezas como si de un ser sensible se tratara. "¿Es una casa? ¿Es abrigo?", dice con su voz, entre el sosiego y el ansia, para interpelarnos. La música también tiene un lugar propio en estas páginas: melodía que es celebración de la vida y de la pérdida porque abraza el presente, pero se queda a vivir en el recuerdo, en el garabato de la memoria: "Sin tu / cuerpo / soy ¿tu / caja de / resonancias?".

Hablo de este libro como si pudiera pero acaso no es posible porque está vivo y esto no se termina, no consigo atraerlo al lenguaje, está muy por encima, nos sobrevuela nos  construye de fuera a dentro, a través de, por un canal angosto. Se hace molde en la piel.
 

Por el embudo / irreversible / de la muerte
Mover el cuerpo
A ras / de
Lo irrecuperable


*Gema Palacios es poeta. Su último libro publicado es Treinta y seis mujeres (El sastre de Apollinaire, 2016).
 
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