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Los libros

¿Qué es la verdad?

  • La obra de la filósofa Hannah Arendt recoge dos intervenciones militantes, escritas en los años sesenta para terciar en debates públicos de la época
  • Una versa sobre las crónicas de Arendt en torno al proceso de Eichmann en Jerusalén, y la otra sobre la participación de EEUU en la guerra de Vietnam

Hernando Valencia Villa Publicada 23/06/2017 a las 06:00 Actualizada 22/06/2017 a las 20:30    
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Verdad y mentira en la política
Hannah Arendt

Traducción de Roberto Ramos Fontecoba
Página Indómita

Barcelona
2017
  Estos dos breves ensayos de Hannah Arendt, la gran pensadora alemana exiliada en Francia en 1933 y en los Estados Unidos desde 1941 hasta su muerte en 1975, han sido traducidos varias veces al español. El primero, “Verdad y política”, apareció primero en alemán en 1964 y después en inglés en 1967; el segundo, “La mentira en política”, se publicó directamente en inglés en 1971. El presente traslado procede de la edición alemana de ambos textos en 1972, aunque el traductor advierte que también ha tenido en cuenta las versiones definitivas en inglés. Se trata de dos intervenciones militantes, escritas para terciar en debates públicos de la época: la una sobre las crónicas de Arendt en torno al proceso del teniente coronel Adolf Eichmann ante la justicia del Estado de Israel a comienzos de la década de 1960, que servirían de base para Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, el más polémico de sus libros; y la otra sobre los llamados Papeles del Pentágono, acerca de la participación estadounidense en la guerra de Vietnam. Pero como en el resto de su obra de reflexión, la autora no separa pensamiento y acción. Por el contrario, su mayor mérito intelectual consiste en combinar de manera magistral la filosofía europea y la ciencia política norteamericana para mostrar cómo, al menos en los mundos de la política y la ética, la teoría y la práctica no son antagónicas sino complementarias.


Como es bien sabido, Arendt propuso a la revista The New Yorker en 1960 que la acreditara como enviada especial al juicio de Eichmann ante el Tribunal del Distrito de Jerusalén a lo largo de los dos años siguientes. A diferencia del juicio de Núremberg en 1945-1946 ante el Tribunal Militar Internacional de los aliados, en el cual fueron juzgados los altos mandos alemanes que pudieron ser capturados vivos al final de la Segunda Guerra Mundial por crímenes contra la paz y contra el derecho internacional mediante pruebas documentales, el de Jerusalén fue el primer gran proceso judicial por crímenes contra la humanidad mediante pruebas testimoniales. Y el reo no pudo haber sido más idóneo: un oscuro burócrata nazi de segundo nivel, que fue el responsable logístico de la deportación masiva de los judíos europeos a los campos de concentración y de exterminio donde fueron destruidos por la dictadura hitleriana durante los años centrales de la guerra. Pero este personaje no era una figura demoníaca sino más bien un funcionario mediocre y obediente para quien Arendt acuñó la categoría crítica e irónica de “banalidad del mal”. Esta caracterización, sumada a sus acusaciones contra muchos consejos judíos en campos y guetos por colaboracionismo con los propios nazis y a sus preferencias por una nueva jurisdicción penal internacional para juzgar a Eichmann y a los demás responsables del Holocausto, generaron una formidable polémica en torno al libro de Arendt sobre el proceso de Jerusalén y convirtieron a la autora en persona non grata para el Estado de Israel y la comunidad judía internacional.

En este contexto, “Verdad y política” constituye una reflexión no sólo inteligente sino también valiente sobre las complejas relaciones entre política y verdad. Tras constatar que la verdad y la política no se llevan nada bien, al punto que nadie incluiría la veracidad entre las virtudes políticas, Arendt evoca la máxima de Lessing, que propone como regla de oro en la materia: “Que cada hombre diga lo que cree que es verdad, y que la verdad misma quede encomendada a Dios”. Más aún, distingue entre la verdad racional propia de las ciencias naturales, la verdad factual propia de las ciencias sociales y la opinión propia de la colectividad humana. La única alusión directa al debate sobre Eichmann y la banalidad del mal que puede interpretarse como una defensa de su trabajo intelectual es la frase socrática “es mejor sufrir una injusticia que cometerla” en la cual, según el texto, se halla el origen del pensamiento ético occidental. En otra vuelta de tuerca, Arendt subraya con energía que lo opuesto de la verdad factual no es el error, la ilusión o la opinión, sino la falsedad deliberada o la mentira. Por eso, “entre los modos existenciales de la veracidad sobresalen la soledad del filósofo, el aislamiento del científico y el artista, la imparcialidad del historiador y el juez, y la independencia del investigador, el testigo y el periodista”. La filósofa concluye con sabiduría: “En términos conceptuales, es posible definir la verdad como aquello que no podemos cambiar; en términos metafóricos, es el terreno que pisamos y el cielo que se extiende sobre nuestras cabezas”.

En junio de 1971, el New York Times publicó los 47 volúmenes que reunían la historia documental de la intervención de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam desde 1945 hasta 1968, como resultado de una decisión del entonces secretario de Defensa, Robert McNamara. La lección memorable de “La mentira en política”, con la claridad y el rigor que resultan proverbiales en Arendt, es que más allá de toda la casuística de crímenes y abusos de poder que puso en evidencia tan enorme archivo, los documentos del Pentágono sirvieron para dramatizar el encubrimiento, la falsedad y la mentira como notas distintivas del discurso gubernamental en torno a Vietnam: “Lo que causó la desastrosa derrota de la política americana y de la intervención armada fue el desdén voluntario y deliberado, durante más de veinticinco años, por todos los hechos históricos, políticos y geográficos… Sigue siendo difícil asumir que se hayan invertido tantos esfuerzos para mostrar la impotencia de la grandeza”. Hoy, cerca de medio siglo después, el imperio de la mentira en la política estadounidense no sólo sobrevive sino que además la Casa Blanca de Donald Trump se ha convertido en la sede oficial de la posverdad. Y como decía entonces Hannah Arendt, “cuanto más éxito tenga un embustero y mayor sea el número de los convencidos, más probable es que acabe por creer sus propias mentiras”. Quedamos advertidos.

*Hernando Valencia Villa es doctor en Derecho por la Universidad de Yale y antiguo secretario ejecutivo de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
 
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