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Bajo el signo de Safo

  • Luis Artigue se rinde ante la diosa de Lesbos, diosa por el culto que le profesa y del que da cuenta en La ética del fragmento
  • En él se perciben muchos signos de la poética de Artigue: el ritmo disidente, ajeno a pautas métricas convencionales, el jazz como modelo de ritmo roto

José Enrique Martínez
Publicada el 02/02/2018 a las 06:00 Actualizada el 02/02/2018 a las 11:53
La ética del fragmento
Luis Artigue
Pre-Textos
Valencia
2017
  En 2004 publicó Aurora Luque su excelsa traducción de los poemas de Safo, proponiendo su involuntaria modernidad debida al estado fragmentario en que sus textos han llegado hasta nosotros. La idea cautivó a Luis Artigue, rendido ante la diosa de Lesbos, diosa por el culto que le profesa y del que da cuenta este poemario, La ética del fragmento, título expresivo de un poemario brillante y osado. En él se perciben muchos signos de la poética de Artigue: el ritmo disidente, heterodoxo, ajeno a pautas métricas convencionales, el jazz como modelo de ritmo roto, la atracción por lo fragmentario, por más que los poemas propendan a la expansión y la extensión, porque Artigue es pródigo de versos, de ideas y golpes de efecto. Se acoge a la cita de Jean Cohen, que ve en Safo la "involuntaria fundadora de un nuevo concepto verso-musical".

El poemario brota bajo el signo de Safo. La conoció, señala un poema, en un momento delicado de la vida. Leer a Safo supuso un "intercambio de soledades.../ y maneras de soñar". Uno de los poemas pretende ser una de las respuestas emocionales "a la situación irracional / en la que se convirtió mi existencia". La sintonía vital y poética con Safo lleva al poeta de hoy a practicar en un poema el fragmento, "el dinamismo que emana de la incompletud".

El poemario se ordena en tres secciones. La primera se centra en la poetisa griega, que, en todo caso, recorre transversalmente todo el poemario. Safo impregna la idea misma del poemario, es su razón de ser. Como dice un poema, es presencia que todavía late. Y lo hace desde el verso apasionado de Artigue. La segunda parte se ubica en el loco París de los años veinte, en las mujeres rebeldes, glamurosas, heterodoxas, transgresoras, reencarnaciones de Safo, como Colette, Tamara de Lempicka, Djuna Barnes y un largo etcétera; todas ellas hicieron de la mujer su eje vital y literario. La sección última apunta al "hombre de cristal", el hombre nuevo que armonice con el nuevo tipo de mujer que aquellas representan. No hay espacio para más, porque quiero resaltar la capacidad de Artigue para acompasar la pasión y la lucidez, el conocimiento y el delirio. Debería destacar la brillantez en la adjetivación, los juegos fónicos y verbales, el moderado culturalismo y, finalmente los títulos, siempre sorpresivos y algunos de ellos muy largos, un sello personal, una impronta propia, singular y distintiva. Forman parte de los innumerables efectos-sorpresa que el poeta nos depara.

*José Enrique Martínez es crítico literario y profesor de literatura.

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