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El rincón de los lectores

Un mismo espejo

  • Para trazar esta autobiografía de unos años de la vida de la propia autora, Clara Usón se vale de la trayectoria vital de Sandra Mozarovsky, actriz del destape
  • Pese a que la narradora se identifique con la autora, y sin que falten personajes reales, la manera más provechosa de leer El asesino tímido es como novela

Publicada el 07/12/2018 a las 06:00 Actualizada el 06/12/2018 a las 14:19
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Con El asesino tímido (Seix Barral), Clara Usón acaba de obtener el premio Sor Juana Inés de la Cruz que desde 1993 viene concediéndose en México todos los años a la mejor novela publicada en castellano por una mujer. Hasta ahora lo habían conseguido, para no hacer una lista interminable, me limito a recordar a las narradoras españolas: Angelina Muñiz-Huberman, exiliada republicana, Cristina Sánchez-Andrade, Almudena Grandes y Marina Perezagua.

Me parece que las cuestiones que debió plantearse la autora antes de ponerse a escribir deben de haber sido cómo descender a los infiernos para contar una parte de la vida pasada, aquellos episodios de los que uno no se siente orgulloso, sin presentarla estrictamente como una autobiografía; cómo espiar la culpa de una juventud airada y reconocer que fueron los padres, tan odiados entonces, quienes la sacaron del pozo negro en el que había caído; y si nos atenemos a la estructura, cómo postergar esa confesión.

Al tenor de lo dicho, quizá los lectores menos contentadizos se pregunten si se trata realmente de una novela. Con todas las dudas razonables que el asunto pueda suscitar, y a pesar de que la narradora se identifique con la autora, sin que falten personajes reales, como el musculado actor mexicano Jorge Rivero, la psiquiatra Rosa Sender o la actriz Victoria Vera, me parece que la manera más provechosa e inteligente de leerla es como una novela. En esta ocasión, creo que la ficcionalidad propia del género se la proporciona la forma, el acarreo de materiales distintos, bien sean de la crónica rosa o negra, bien los reflexivos e incluso ensayísticos, como el balance que traza de la monarquía española reciente (pp. 82-93); o las historias intercaladas, como la de Maria y Michele (pp. 27-34), materiales que la autora baraja y recompone con habilidad.
  Pero Clara Usón, adelantándose a las inquietudes de los lectores, les proporciona su visión del género, una jocosa reflexión metafictiva en la que se decanta por la cervantina escritura desatada, para establecer una comparación entre ella y la actriz Sandra Mozarovsky (1958-1975) y entre su propia familia y la de Wittgenstein (pp. 124 y 125), y otra idea de la novela digamos que más seria, cuando se acerca el desenlace (pp. 223 y 224). A lo que deben sumarse ciertos momentos de humor, como cuando se compara con su madre, con su hermana Blanca y nada menos que con Emma Bovary; o al especular sobre las ventas de la novela que supuestamente ha escrito Sandra (pp. 127, 222 y 223). Todo ello nos da como resultado la tragicomedia que, al fin y a la postre, resulta ser El asesino tímido.


Y a pesar de ello, se trata en esencia de la autobiografía de unos años de la vida de la propia autora, para lo que se vale –digamos que como punto de partida, para trazar paralelismos y como término de comparación— de la trayectoria vital de Sandra, actriz que protagonizó varias películas erótico-terroríficas durante la Transición, el entonces denominado cine de destape, quien además —según  los rumores de Internet y algún que otro libro no más fiable— mantuvo relaciones amorosas con un personaje de las más altas esferas del poder, falleciendo de manera prematura y misteriosa, sin que llegara a saberse nunca si se suicidó o fue asesinada. Lo singular es que a ella se había referido Marta Sanz en su novela Daniela Astor y la caja negra (2013). Sea como fuere, el caso es que ambas historias aparecen trufadas —proporcionándoles así una nueva dimensión— de referencias e ideas del filósofo Wittgenstein y de escritores como Chéjov, Virginia Woolf, Albert Camus, sobre el absurdo de la condición humana y el suicidio, Danilo Kiš y Cesare Pavese, de quien no solo procede la cita inicial sobre la operación de recordar, sino también la frase que da título a la novela. Y, por cierto, en todas las novelas de Clara Usón aparece algún suicida.

La narración se compone de cinco partes, aunque el libro carezca de un Índice que nos hubiera permitido visualizarlas. Solo la última aparece titulada, “Vicio y perdición”, pues se trata del comentario de una película imaginada por la autora, en la que se cuenta su vida, protagonizada por Sandra, en la que se relata con toda crudeza su adicción a las drogas, la reclusión en un psiquiátrico y sus intentos de suicidio. El relato personal, familiar (Eugenio Vegas Latapié, monárquico recalcitrante, fue tío abuelo, por parte materna, de Clara Usón), puede llegar a interesarnos, sobre todo cuando se detiene en las relaciones que mantuvo con su padre, y en especial con su madre, aunque cuando se empeña en generalizar sus experiencias, en convertir una trayectoria personal en generacional (“así viví yo mi juventud, así la vivió mi generación”, p. 10), me parezca que se excede y simplifique un mundo que recuerdo más diverso y complejo. Sea como fuere, Usón nos cuenta sus primeros amores, que valen como una especie de usos amorosos de la Transición, la música que oían, las lecturas, la manera de vestir y relacionarse... Más interés poseen, en cambio, los avatares de su trayectoria profesional, o cómo una abogada, profesión que ejerció durante quince años, acaba convirtiéndose en escritora, llegando a ganar el Premio de la Crítica, con la que creo que sigue siendo su mejor novela, La hija del este (2012). Se trata, en suma, de un relato de iniciación, de la educación sentimental de la autora y de su descenso a los abismos de la droga y el consiguiente internamiento psiquiátrico, que nos proporciona una visión de la narradora en la que no sale precisamente bien parada, pero que se concreta y matiza en los autorretratos ante el espejo (pp. 208, 216 y 221).

Por lo que se refiere a la historia de Sandra, víctima tanto de su atractivo físico como de la flojedad de sus progenitores, el relato de las películas en las que interviene –casi todas ellas de dudosa calidad, a pesar de haber trabajado con directores como Gonzalo Suárez— resulta tedioso y podría haberse abreviado. La Sandra actriz es un mero arquetipo (chica joven atractiva que aparece en las películas con un escueto camisón blanco, transparente, o enseñando el pecho) en los dos únicos tipos de papeles que llegó a interpretar: el de joven inocente y chica de alterne (papel, este último, que también desempeñó en la realidad) o el de joven prostituta. Pero lo que me parece que llamará la atención del lector será el contraste entre la ingenuidad de la persona y la picardía de los personajes de ficción que Sandra interpreta.

El resultado de todo ello es una novela en la que la autora se vale de lo autobiográfico y de la reconstrucción de la breve existencia de una joven actriz para contarnos dos vidas de mujeres que pudieran representar las dos lunas de un mismo espejo, el de un país que vivió de forma acelerada los años de la Transición. La primera historia tiene algo de terapia personal, y —desde la misma dedicatoria inicial— de homenaje a sus padres, en forma de petición de perdón y de reconocimiento. Mientras que la segunda, llena de conjeturas y dudas, de sensacionalismo, podría leerse —esa es la intención de la autora, al menos— como una denuncia –digamos— feminista de la erotización del cuerpo femenino en las películas de serie B, algo que también ocurría en el cine mundial, y no solo en el más comercial: de Bergman a Bertolucci, pasando por el cine japonés y norteamericano, y salvando la infinita distancia de calidad. Ninguno de los caminos que transitan las protagonistas, ni el consumo de drogas, ni el dinero rápido y fácil del cine de destape, sobre los que traza un paralelo, llevan a parte alguna, y no dejaron de ser espejismos de falsas libertades que llenaron los bolsillos de los productores y mitigaron la represión de los espectadores más rijosos.

Se trata, por tanto, de una novela sobre los errores de la juventud, sus empecinamientos, sobre las conflictivas relaciones paterno filiales, en un momento concreto de nuestra historia reciente, y sobre cómo la muerte llegó a rondarnos sin que apenas fuéramos conscientes. Y, a pesar de todo ello, de la posibilidad y el sentido que tiene sobrevivir a tanto desastre, algo que no logró Sandra, pero sí la autora. A lo largo de la novela late una pregunta: ¿fueron sus protagonistas víctimas de la denomina sociedad patriarcal? Creo que no solo, pues observar el pasado únicamente desde ese prisma nos proporciona una visión distorsionada de la realidad. Por muy justa que sea buena parte de sus reivindicaciones, me parece que hay otras bazas en juego no menos significativas, como la clase social, algo que solemos olvidar a menudo.

*Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.    
 
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