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Los libros

Una nueva mirada

  • Guadalupe Iglesias cuenta su durísima experiencia cuando se ve afectada por la retinosis pigmentaria, una enfermedad que la convertirá en una persona ciega
  • Quedarse ciega en la edad adulta, con una hija de seis años, con la rabia y la negrura, no son ni por asomo los motivos que conducen a la emoción en este título

Sonia Asensio
Publicada el 11/01/2019 a las 06:00 Actualizada el 10/01/2019 a las 20:03
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Al fin la luz
Guadalupe Iglesias

Huso
Madrid

2018
  Leonardo Padura cumplió su compromiso. Y vino a Toledo. Con Lucía, su esposa. Y anduvimos por las calles mágicas de esta ciudad, conociéndonos y confesándonos. Más allá de la pluma, Padura es un hombre generoso en la conversación, de palabra y mirada claras, un regalo de la vida que me enlazó a dos promesas. La primera, ahorrar lo suficiente para comprarme un vestido de una firma cara para cuando tenga que acompañarlo a Estocolmo. La segunda, leer Al fin la luz, de Guadalupe Iglesias, novela que prologa el propio Padura.

Cuando encargué a Alberto —mi sonriente librero— este libro, me encontré con una edición de Huso mimada, donde sus páginas no tienen prisa, una fiesta en blanco y negro de palabras y citas y canciones y fotos.  De espacio para la emoción al final de cada capítulo, de lectura que se te agarra al alma, irremediablemente.

Guadalupe Iglesias, Lupe, como le gusta que la llamen, nos cuenta su durísima experiencia cuando se ve afectada por una enfermedad llamada retinosis pigmentaria que la convertirá en una persona ciega. Pero el libro, lejos de ser un lamento o recrear lo doloroso del proceso, la frustración, el pesar, la injusticia, el por qué a mí, lo funesto que a veces aparece en nuestras vidas, es todo lo contrario. Es un elogio a la superación. Es la prueba sorprendente y vibrante de que el ser humano puede superar las experiencias más traumáticas con el apoyo de los seres queridos, con una voluntad de hierro, con la certeza de que nadie vivirá nuestros días por nosotros.

Agosto es un mes complicado. Siempre he sentido que viene sigiloso para enredarte en una red melosa de canto de sirena y si no estás alerta te conduce desde la gozosa holganza a la acechante tristeza. Al menos así es para mí. Al fin la luz vino a mi agosto para hacer un trueque: cambiar las lágrimas repentinas, traidoras, desleales, por otras que han sido sonrisa, admiración, empatía, amistad. A medida que iba leyendo este libro lo iba comentando con su autora porque a cada rato necesitaba decirle cuánto estaba deseando darle el abrazo que me faltaba. Su abrazo me llegó por fin el jueves 27 de septiembre, cuando presentamos Al fin la luz en el salón de actos de la ONCE de Toledo. Como era de esperar el encuentro fue un éxito lleno de luz y las personas que allí nos dimos cita nos fuimos a casa con el corazón encendido.

Cuando lees Al fin la luz no solo se tiene la oportunidad de asistir a una de las muchas historias de superación personal que podemos conocer. Quedarse ciega en la edad adulta, con una hija de seis años, con todos los proyectos truncados, con la rabia y la negrura, no son ni por asomo los motivos que conducen a la emoción. El lector de este libro se asombra más de la cantidad de veces que lee, que escucha con el corazón “yo soy una privilegiada”. No seré yo quien cuente su experiencia, para eso ya están las páginas que Lupe ha escrito con tanta verdad, aunque sí me gustaría dejar constancia de lo que suponen para el lector, de lo que a mí me ha anegado, me ha zarandeado, me ha devuelto la vista.

Con Lupe he visto Madrid de otra manera. Lo he disfrutado con la dimensión del sentimiento. He sentido la caricia del sol en un banco de un parque de Barcelona. He recreado el cuadro de La rendición de Breda y todo el Museo del Prado como nunca antes lo había percibido. He vuelto a tomar ron cubano con Carlos el Flaco, el amigo común de Lupe y Padura, ahora consciente de verdad de su silla de ruedas. He escuchado Yo quiero tener un millón de amigos, de Roberto Carlos, como si fuera la primera vez. Me he inquietado cuando he sentido un fuerte tirón de orejas de Guadalupe Iglesias: “Necesitaría que mis días tuvieran treinta horas para poder hacer todo lo que quiero”.

Y de regalo, asumo una tarea bien hermosa. Ahora cada día elijo dos imágenes para fijarlas en mi memoria, para atraparlas. Y valoro más que nunca ver y mirar con atención la cara de mis hijas.
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Sonia Asensio es profesora de Literatura. 

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