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Los libros

El río del tiempo

  • Leer a Antonio Manilla supone hacer de la poesía un salvoconducto a su territorio físico, a su tierra leonesa, inmersa en un proceso de despoblamiento rural
  • Sus poemas, de raíz impresionista, se convierten en un elogio de la vida, constantemente amenazada por la tensión de lo que se pierde

Publicada el 03/05/2019 a las 06:00 Actualizada el 02/05/2019 a las 13:25
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Suavemente ribera
Antonio Manilla

Visor
Madrid

2019
  Leer a Antonio Manilla supone hacer de la poesía un salvoconducto a su territorio físico. Un acceso a su tierra leonesa, inmersa en un proceso de despoblamiento rural, como tantas zonas de esta España asimétrica e insensible, que semeja irrecuperable. El poeta calibra desde la palabra, cuidada hasta el extremo, esa situación a través de un itinerario de poemas de tono elegíaco que denotan ese deterioro de una vida humana que se retira de manera progresiva precisamente de allí donde tendría más sentido, que es el ámbito natural, el espacio en el que sonidos, sensaciones y percepciones surgidas de todo lo que lo nutre, nos hacen sentir como especie de una manera más sincera que camuflados en el complejo y perturbador entorno urbano.

A través de diferentes momentos —el libro se divide en cinco partes junto a prólogo y epílogo—, Antonio Manilla, en este poemario de título Suavemente ribera y reciente ganador del XXI Premio de Poesía Generación del 27, nos conduce a presenciar esa situación que se define como demotanasia, para ubicar al lector ante esa pérdida, para llevarlo por el puente de luz que emana de la palabra en la comprensión de esa percepción que ha hecho mella en el poeta. Sus poemas, de raíz impresionista, se convierten en un elogio de la vida, constantemente amenazada por la tensión de lo que se pierde, por la progresiva presencia de una ausencia que lo va inundando todo hasta el canto final, hasta una serie de poemas que funcionan como epigramas al estilo de la Antología palatina, un hablar de lápidas que nos coloca ante esa derrota que se vuelve noche: “Eterna noche oscura:/ese fanal de luz/hacia el que tú, polilla,/alegremente vuelas”. Pero es cuando sentimos ese desasosiego de manera más intensa cuando nos adentramos en la esperanza, cuando la luz impone un resquicio para que sintamos un hilo firme y sereno en el que sujetar el porvenir, una suerte de amanecer que se convierte en “la alegría del último momento”.

Antonio Manilla consigue un excelente equilibro entre el firme asentamiento en la poesía tradicional y la implantación de su propia voz a través de ese mimo en el empleo del lenguaje como sustento para llevar al poeta leonés a tener su espacio personal junto a poetas como Miguel D'Ors, Andrés Trapiello o Antonio Colinas, por citar tres nombres que convierten a la naturaleza en algo más que inspiración, casi en líneas en las que sementar una poética en la que las componentes de esa naturaleza se tornan el contrapunto a nuestra presencia, tantas veces devastadora con el propio ecosistema natural, pero que desde su evocación nos plantea su efervescencia como evocación de la vida: “Aplauden las estrellas y los chopos,/susurran los relámpagos, iluminan las sombras,/canta el corazón del ave”.

Y, ante todo, y por encima de todo, el paso del tiempo. Estaciones que se suceden, y con ellas, nosotros, generaciones que abandonan todo un universo rural en pos de un pretendido progreso que rara vez colma las posibilidades de aquel edén que se ha dejado atrás. Ahí la poesía ejerce de diapasón, idas y venidas a través de un lenguaje que se nutre del tiempo que nos ha tocado vivir interpretado por el poeta, el mismo que hace emerger la necesaria belleza que emana de la palabra para reafirmar las posibilidades de la poesía como cántico, como repertorio lírico y jubilar ante la aparente oscuridad.

“En el río del tiempo,/una lata enterrada por las lluvias”: este final del poema “Hojalata blues” es precisamente eso, nuestra civilización sometida por el tiempo y por los efectos de una naturaleza que, como nosotros, son sonrisas y lágrimas, metáforas de ese río en el que movernos, pero sobre todo en el que ver reflejada nuestra memoria como en un espejo. Esa misma que demasiadas veces olvidamos como traición a nuestros orígenes.
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Ramón Rozas es crítico literario.

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