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Los libros

Olfato y suerte: Esther Tusquets en Lumen

  • Este es un libro que deberían de leer quienes quieran conocer la literatura de la segunda mitad del siglo XX en España y todos los aspirantes a editores
  • La autora se muestra en estas páginas amena, inteligente y divertida (por ejemplo, cuando se burla de las sinergias), tal y como ella fue

Publicada el 10/04/2020 a las 06:00

Confesiones de una editora poco mentirosa
Esther Tusquets
Lumen
Barcelona
2020

Una buena manera de celebrar el 60 aniversario de Lumen ha sido reeditando este libro. Se trata de su tercera salida, tras la publicación en RqueR (2005) y en Ediciones B (2012), ahora ya convertido en un clásico de la historia de la edición. Pero resulta preocupante que en la versión del 2012 hayan suprimido un párrafo crítico con Bertelsmann, tal y como ha advertido Josep Mengual en su imprescindible blog negritasycursivas. El azoriniano título del libro remite a otro suyo, Confesiones de una vieja dama indigna (2009), que con Habíamos ganado la guerra (2007) y Tiempos que fueron (2012), escrito con su hermano Óscar, componen una tetralogía memorialística de sumo interés.

Desde el mismo título se nos advierte que no va a mentir, si bien la autora tampoco nos contará toda la verdad, siendo además consciente de que sus recuerdos no serán siempre exactos. Pero ¿acaso lo hace alguien que cuenta su vida personal o profesional? Sí podría afirmarse que este libro es la historia de una loca aventura, sobre todo en los inicios de la editorial, mientras relata cómo surge una vocación, de qué manera tan atípica puede encauzarse, y por qué y cómo la autora se puso a componer un libro que nunca había pensado escribir, aunque ya contara con una trayectoria importante como narradora. Lo primero de ello está ligado a su padre, el doctor y agente se seguros Magín Tusquets, autor además de un Tratado completo de bridge. Sistema natural (1968), y lo segundo, al empeño de su hija Milena Busquets, hoy novelista de éxito y articulista de prensa, tras una decisión inicial de dedicarse a la edición que no cuajó.

La autora formaba parte de una familia de la alta burguesía catalana, de aquellos que salieron vencedores de la guerra. Su tío, el padre Juan Tusquets, fundó Lumen en el Burgos nacional, especializándose en libros religiosos y logrando que A Dios por la ciencia, del jesuita Jesús Simón, se convirtiera en un superventas durante muchos años. Pero tras comprarla Magín Tusquets en 1959, por hacerle un favor a su hermano Carlos, y entregársela a sus hijos, estos acabaron cambiándola completamente para convertirla con los años en una de la editoriales literarias españolas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Estamos, por tanto, ante una historia tan novelesca como la del nacimiento y adopción de Juan Marsé.

Esther Tusquets estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona, la especialidad de Historia, la misma que eligió Rafael Chirbes unos años después, donde tuvo como maestros a José María Valverde, Santiago Montero Díaz, Antonio Vilanova y Jaume Vicens Vives, y como compañero de clase al poeta Jesús Lizano, a quien luego editaría, como hizo también con la poesía de Valverde. El historiador murió pronto, en 1960, y el filólogo y crítico literario de la revista Destino sería el director de la colección Palabra en el tiempo. Sin embargo, Esther Tusquets ha confesado en diversas ocasiones que querría haber sido actriz o novelista.

Logró lo segundo y para convertirse en editora contó al principio con la ayuda de su hermano Óscar y de Lluís Clotet, entonces estudiantes de arquitectura, que se encargaron del diseño gráfico. Sea como fuere, su primer objetivo consistió en editar los libros que les gustaban. Así, comenzaron publicando libros infantiles, una materia poco transitada. El primero fue El saltamontes verde, de Ana María Matute, al que seguirían luego otros libros de Gloria Fuertes, Carmen Martín Gaite... Y en ese mismo terreno, la colección A favor de las niñas, con los libros de Adela Turin, se ha convertido en casi mítica. Otra colección que ha ido adquiriendo relevancia con los años es Palabra e imagen, con la que pretendían compaginar la fotografía o el grabado con la literatura, estableciendo relaciones, como las que formaron: Ignacio Aldecoa/Ramón Masats; Cela/Juan (luego Joan) Colom; Cela/Oriol Maspons; Delibes/Maspons, Jaume Pla, Masats y Sergio Larrain; Juan Benet/Colita; José Manuel Caballero Bonald/Colita; Vargas Llosa/Xavier Miserachs... A esta serie le concedieron el León de Bronce de Venecia al mejor libro de su especialidad. La colección Palabra en el tiempo es quizá la más importante, con grandes autores del siglo XX (Conrad, Proust, V. Woolf, Joyce, Beckett, M. Eliade, Moravia, D. Lessing, S. Sontag, Eco, Marsé...); y también las colecciones de libros narrativos de mujeres, Femenino singular, fundada en 1992, luego llamada Femenino Lumen, en las que hallamos libros de Colette, V. Woolf, M. Spark, M. Atwood, D. Maraini, E. Poniatowska, A. M. Moix, C. Peri Rossi, Menchu Gutiérrez o Clara Usón; y, por último, los libros de poesía, primero como continuación de El Bardo, luego denominada Lumen, cuando la abandona José Batlló, imprescindible para entender lo que era entonces la lírica española.

Sus éxitos mayores llegaron con las tiras de Mafalda y con las obras de Umberto Eco, derechos que les cedió Carlos Barral, sobre todo con la novela El nombre de la rosa. A estos habría que sumarles dos regalos que le hizo Carmen Balcells: los derechos de algunos de los libros de Joyce y de Pablo Neruda. Sin embargo, su último gran éxito comercial, cuando ya había vendido Lumen, fue con El diario de Bridget Jones (1998), de Helen Fielding, en las antípodas de la literatura que había venido publicando. Sea como fuere, una de sus mayores satisfacciones se la proporcionó la fidelidad que le mostraron Jérôme Lindon, el editor de Minuit, y Samuel Beckett, tras obtener el Nobel, Quino y Umberto Eco, a quienes les importó más el interés que había mostrado Lumen por su obra, y la amistad de su editora, que el dinero. Y quizá su último descubrimiento literario fuera Gustavo Martín Garzo, con su novela El lenguaje de las fuentes (1993).

Su vida se desarrolló entre Barcelona y Cadaqués, con estancias en Madrid o frecuentes viajes por Europa: París, Londres, Frankfurt, Bolonia, Venecia... A lo largo de estas páginas, Esther Tusquets se autorretrata, mostrándose rigurosa en exceso, o recordando el carácter que se le atribuye. Y puedo afirmarlo porque tuve la fortuna de tratarla. Así, recuerda que tenía fama de mujer dura que hacía siempre lo que quería (p. 9); o de "ser una señorita finolis con ribetes de cursilería" (p. 70). Confiesa que acabó disfrutando de su profesión, aunque nunca le gustara la parte empresarial, de la que se encargaba su padre, ni tampoco la promoción de los libros. Disfrutaba, en cambio, con los aspectos más artesanales de la edición y eligiendo los títulos, descubriendo nuevos autores, tratándolos. Ser editor, nos dice, consiste en tener una carpeta con contratos de derechos y un grupo de colaboradores con buenos contactos, que sugirieran ideas y propusieran títulos, nuevas colecciones. Ser editor, por tanto, consiste en construir un buen catálogo. Por contra, comenta qué es lo que el pequeño editor no puede permitirse hacer.

Nos relata, además, las diversas vidas de la apasionada Ana María Matute, su estrecha amistad, y la relación con sus dos maridos: el bueno (Julio) y el malo (Ramón Eugenio de Goicoechea), como ella misma los llamaba. Hace un encendido elogio del Barral editor, pero un retrato agridulce como persona. Se ocupa del matrimonio formado por Josefina e Ignacio Aldecoa y de sus estancias en Ibiza. Nos deja una feroz imagen de Cela, sin olvidar los aspectos positivos de su personalidad. Da noticia de la relación con el matrimonio Delibes y las visitas a Sedano. Así como de la visita de Neruda a Barcelona en 1967, de paso a la Unión Soviética, pues solo se fiaba de los médicos rusos. Se admira del perfeccionismo de Vargas Llosa y de las vueltas que le da a sus cuentos antes de reeditarlos. Nos proporciona una versión desmitificadora del encierro de Montserrat, en 1970, y de la actuación de Gabriel Ferrater. Comenta sus inicios como escritora y la amistad con Carmen Martín Gaite, José Agustín Goytisolo (entrañable y listo, pero también irritante e indiscreto) y Jaime Gil de Biedma. Nos proporciona un preciso retrato de Carmen Balcells, con sus luces y sombras, de los hermanos Moix y de Pedro/Pere Gimferrer. Si a este lo considera, no sin razón, el rey de los obsesivos, a Carlos Barral lo cataloga como el príncipe de los seductores, seguido a distancia por Terenci Moix. En varios momentos se refiere a Rosa Regás (luego Regàs), aunque en algunos evita nombrarla, y siempre sale mal parada.

También se detiene en la censura y en su consecuencia, la autocensura, en los problemas que a veces generaban las traducciones y en cómo darle una negativa a un escritor. Nos cuenta también una breve historia –con demasiados horrores— de lo que fue Distribucciones de Enlace, estrechamente vinculada a una colección de libros muy bien escogidos por varios editores de Barcelona y Madrid.

En cambio, se echa de menos la historia de su distanciamiento progresivo de Ana María Moix y de Cristina Peri Rossi. Y, en suma, de las relaciones que mantuvieron todas esas mujeres (y la traductora y profesora Vida Ozores, la gerente Carmen Giralt, la escritora y traductora Marta Pessarrodona...) quienes formaban parte activa de la editorial. Mucho más nos cuenta del diseñador gráfico Joaquín Monclús, apenas nada del escritor Antonio Rabinad, y nada en absoluto del novelista y traductor Andrés Bosch, muy vinculados a la casa. De ellos se ocupa algo más en el resto de sus libros de memorias.

No he logrado recordar quién es el Teo al que le dedica el libro (¿su última pareja, a quien conoció jugando al bingo?), pero sí creo haber despejado otra incógnita, quién era el cuarto gran escritor del siglo XX, según Barral, además de Proust, Kafka y Joyce; seguramente se trate de Gombrowicz.

Este es un libro, en suma, que deberían de leer todos aquellos que quieran saber cómo fue la literatura y la edición durante la segunda mitad del siglo XX en España y, por supuesto, todos los aspirantes a editores. Esther Tusquets se muestra en estas páginas amena, inteligente y divertida (por ejemplo, cuando se burla de las sinergias, del concepto y de su realización práctica), tal y como ella fue. Pero quizá la mayor paradoja de este libro estribe en que la misma empresa que se la quitó de encima, con no muy buenas maneras, y que tan mal parada sale en estas Confesiones..., sea la misma que ahora reedite el libro.

P.S. Tres curiosidades más: el título de la edición italiana del célebre libro de Eco no era simplemente Apocalittici e integrati, como dice la autora, sino que llevaba un extenso subtítulo que resultaba redundante: Comunicazioni di massa e teoria della cultura di massa (p. 112); la foto que aparece en la página 117, con Herralde y su hermano, siendo niños, no puede fecharse en 1960, sino que debe de ser de 1948-1950; se repite la errata de la primera edición con un Ruiz-Giménez escrito con jota (página 132); y nos encontramos con una disparatada errata que no figuraba en la primera edición, pues convierte a la Caixa de Catalunya en la Cabra de Catalunya (página 192).

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Univesidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.

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