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80 años del golpe del 36

Golpe de Estado, guerra civil y políticas de exterminio

  • Los militares sublevados ganaron la guerra porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor
  • En la larga y cruel dictadura de Franco reside, en definitiva, la gran excepcionalidad de la historia de España del siglo XX

Julián Casanova Publicada 16/07/2016 a las 06:00 Actualizada 19/07/2016 a las 10:53    
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Mujeres preparándose para ir al frente durante la Guerra Civil española.

Mujeres preparándose para ir al frente durante la Guerra Civil española.

Italia y Alemania hicieron mucho por España en 1936 (…) Sin la ayuda de ambos países no existiría Franco hoy”, le dijo Adolf Hitler a Galeazzo Ciano, ministro de Asuntos Exteriores italiano y yerno de Benito Mussolini, en septiembre de 1940. Es una sentencia que resume perfectamente lo que muchos contemporáneos creyeron entonces y algunas investigaciones confirmaron décadas después: que la intervención fascista y nazi había sido decisiva para la derrota de la República o para la victoria de los militares que se sublevaron contra ella en julio de 1936.

El golpe de Estado de julio de 1936 inauguró en España un tiempo sin ley. La obediencia a la ley fue sustituida por el lenguaje de las armas, el desprecio a la vida y el culto a la violencia. Bajo esas circunstancias, sin ley que obedecer, sin miedo al castigo, aparecieron por todas partes bandas de asesinos, amparadas por los militares, por terratenientes y burgueses asustados por la revolución, que organizaban cacerías y ajustes de cuentas. Donde el golpe militar fracasó, sonó la hora de la ansiada revolución y del juicio final a los patronos, ricos y explotadores. Sin reglas ni gobierno, sin mecanismos de coerción obligando a cumplir leyes, la venganza y los odios de clase se extendieron como una fuerza devastadora para aniquilar al viejo orden.

Porque la Guerra Civil española ha pasado a la historia, y al recuerdo que de ella queda, por la deshumanización del contrario, por la espantosa violencia que generó. Simbolizada en las “sacas”, “paseos” y asesinatos masivos, sirvió en los dos bandos en lucha para eliminar a sus respectivos enemigos, naturales o imprevistos.

En esa operación de limpieza, los militares sublevados contaron desde el principio con la inestimable bendición de la Iglesia católica. El clero y las cosas sagradas, por otro lado, constituyeron el primer blanco de las iras populares, de quienes participaron en la derrota de la sublevación y de quienes protagonizaron el “terror popular” emprendido en el verano de 1936. De esa forma, la religión católica y el anticlericalismo se sumaron con ardor a la batalla que sobre temas fundamentales relacionados con la organización de la sociedad y del Estado se estaba librando en territorio español.

Dentro de esa guerra hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas, de credos que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. Una guerra imposible de reducir a un conflicto entre comunismo o fascismo o entre el fascismo y la democracia. En la guerra civil española cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo.

En julio de 1936, el ejército español carecía de armamento moderno, tenía un cuerpo inflado de jefes y oficiales y exceptuando a los efectivos destinados en África, el grado de organización y preparación de las distintas unidades era bastante deficiente. Era una institución anticuada y todos sus altos mandos eran veteranos del conflicto de Marruecos, donde habían adquirido la experiencia de luchas coloniales contra un enemigo “primitivo”, pero ninguno de ellos había participado en una guerra moderna.

Como consecuencia del triunfo o fracaso de la sublevación militar de julio de 1936, que dejó a España partida en dos zonas con dos contendientes enfrentados, el Gobierno de la República, que disponía en principio de más territorio, recursos económicos y con las ciudades más importantes y pobladas en su poder, se quedó sin fuerzas militares y sin capacidad para organizar de forma disciplinada a las milicias revolucionarias que nacieron en lugar del ejército. Los militares sublevados, por el contrario, contaban con las tropas de África, que pudieron pasar muy pronto a la Península gracias a la ayuda de la Alemania nazi y de la Italia fascista y eran profesionales que sabían las reglas básicas de la técnica militar.

La guerra fue larga, casi tres años, y antes de perderla, la República fue castigada de forma lenta, abandonada a su suerte por las potencias democráticas, con batallas que dejaban a sus tropas diezmadas frente a un ejército, el de Franco, que siempre pudo disponer de la ventaja de la ayuda exterior.

En los tres meses que siguieron a la sublevación de julio de 1936, la guerra fue una lucha entre milicianos armados, que carecían de los elementos básicos que caracterizan a los ejércitos, y un poder militar que concentraba todos los recursos a golpe de autoridad, disciplina, con la declaración del estado de guerra, y que pudo contar casi desde el principio con los efectivos bien adiestrados del ejército de África.

La batalla de Madrid, en noviembre de ese año, inauguró una nueva forma de hacer la guerra y transformó a ese grupo de milicianos en soldados de un nuevo ejército. Tras el fracaso en diferentes intentos de tomar Madrid, desde noviembre de 1936 a marzo de 1937, Franco cambió su estrategia bélica y optó por librar una guerra de desgaste, de ocupación gradual del territorio y de aplastamiento completo del ejército republicano. Su superioridad material y ofensiva le condujo dos años después al triunfo definitivo.

La sublevación militar de julio de 1936 obligó a la República, un régimen democrático y constitucional, a combatir en una guerra que ella no inició. Lo que siguió a ese golpe militar, además, fue el estallido de una revolución social que el Estado republicano, al perder una buena parte de su fuerza y soberanía, tampoco pudo impedir. Un proceso revolucionario iniciado de forma súbita, violenta, dirigido a destruir las posiciones de los grupos privilegiados, de la Iglesia, del ejército, de los ricos, pero también de las autoridades republicanas que querían mantener la legalidad.

Hasta que fue derrotada, el 1 de abril de 1939, la República pasó por tres diferentes etapas, con tres presidentes de Gobierno. La primera, presidida por el republicano José Giral (1879-1962), estuvo marcada por la resistencia a la sublevación militar y la revolución. Como Giral no representaba a los nuevos poderes revolucionarios y sindicales que emergieron en el verano de 1936, tuvo que dimitir y dejar paso al dirigente obrero y socialista Francisco Largo Caballero (1869-1946), quien inició, con la colaboración de todas las fuerzas políticas y sindicales, la reconstrucción del Estado, la creación de un ejército regular y el control de la revolución. Tras los graves sucesos de mayo de 1937, le sustituyó Juan Negrín (1892-1956), diputado socialista y catedrático de Universidad, que se propuso como uno de sus principales objetivos cambiar la política de No Intervención de las potencias democráticas. Los tres presidentes murieron en el exilio: Giral en México y Largo Caballero y Negrín en París.

Quienes se alzaron contra la República tuvieron menos dificultades para encontrar un mando único militar y político. El general Francisco Franco fue desde el 1 de octubre de 1936 “Jefe de Gobierno del Estado Español”. Sus compañeros militares que le encaramaron al poder pensaban que ese cargo era provisional, que la guerra acabaría pronto con la conquista de Madrid y que después sería el momento de pensar en la organización política del nuevo Estado. Tras el fracaso de los diferentes intentos de tomar la capital, sin embargo, Franco se convenció, guiado por su cuñado Ramón Serrano Suñer, de que hacía falta la unificación de todas las fuerzas políticas en un partido único.

“Jefe del Gobierno del Estado Español”, Caudillo, Generalísimo de los Ejércitos, líder indiscutible del “Movimiento”, como se le llamó al partido único, Franco confirmó su dominio absoluto con la creación el 30 de enero de 1938 de su primer Gobierno, en el que distribuyó cuidadosamente los diferentes ministerios entre militares, monárquicos, falangistas y carlistas. La construcción de ese nuevo Estado fue acompañado de la eliminación física del oponente, la destrucción de todos los símbolos y políticas de la República y de la búsqueda de una victoria rotunda e incondicional sin posibilidad de mediación alguna.

En ese camino Franco contó con el apoyo y bendición de la Iglesia católica. Obispos, sacerdotes y religiosos comenzaron a tratar a Franco como un enviado de Dios para poner orden en la “ciudad terrenal” y Franco acabó creyendo que, efectivamente, tenía una relación especial con la divina providencia. Emergió así la Iglesia de Franco, que se identificaba con él, que lo admiraba como Caudillo, como un enviado de Dios para restablecer la consustancialidad de la cultura tradicional española con la fe católica.

Partida España en dos, la Guerra Civil se manifestó en un violento combate político sobre los principios básicos en torno a las cuales debía organizarse la sociedad y el Estado. Pero, pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, la Guerra Civil española debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países.

El apoyo internacional a los dos bandos fue vital para combatir y continuar la guerra en los primeros meses. Conforme avanzaba la guerra, la política de No Intervención, los desequilibrios de las fuerzas materiales, la participación de la Alemania nazi y de la Italia fascista y la retracción, en el mejor de los casos, de las democracias occidentales, fueron, junto con la desunión en la zona republicana y la unión en la franquista, factores decisivos para inclinar la victoria final del lado de los militares sublevados.

Los militares sublevados en julio de 1936 ganaron la guerra, efectivamente, porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor. Después de la Primera Guerra Mundial y del triunfo de la revolución bolchevique en Rusia, ninguna guerra civil podía ser ya sólo “interna”. Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando “apaciguar” a toda costa a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses.

A la República no le faltó dinero ni tampoco tuvo escasez de armamento. En realidad, la República gastó una cantidad de dinero similar para perder la guerra a la que Franco utilizó para ganarla, unos setecientos millones de dólares en cada bando, pero el material bélico que adquirió a través de las reservas de oro del Banco de España fue inferior, en cantidad y calidad, al que las potencias fascistas suministraron a los militares rebeldes. Y lo más importante es que Franco recibió siempre esa ayuda de forma constante, mientras que la ayuda soviética dependió, además de otros factores, del entendimiento entre Moscú y las potencias democráticas occidentales.

Los bandos que se enfrentaron en España eran tan diferentes desde el punto de vista de las ideas, de cómo querían organizar el Estado y la sociedad, y estaban tan comprometidos con los objetivos por los que tomaron las armas, que era difícil alcanzar un acuerdo. Y el panorama internacional, de nuevo, tampoco dejó espacio para las negociaciones. De esa forma, la guerra acabó con la aplastante victoria de un bando sobre otro, una victoria asociada desde ese momento a los asesinatos y atrocidades que se extendían entonces por casi todos los países de Europa.

Atrás había quedado una guerra de casi mil días, que dejó cicatrices duraderas en la sociedad española. El total de víctimas mortales se aproximó a 700.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana.

El éxodo que emprendió la población vencida dejó también huella. “La retirada”, como se conoció a ese gran exilio de 1939, llevó a Francia a unos 450.000 refugiados en el primer trimestre de ese año, de los cuales 170.000 eran mujeres, niños y ancianos. Unos 200.000 volvieron en los meses siguientes, para continuar su calvario en las cárceles de la dictadura franquista.

Tras el final oficial de la Guerra Civil, el 1 de abril de 1939, la destrucción del vencido se convirtió en prioridad absoluta. Comenzó en ese momento un nuevo período de ejecuciones masivas y de cárcel y tortura para miles de hombres y mujeres. El desmoronamiento del ejército republicano en la primavera de 1939 llevó a varios centenares de miles de soldados vencidos a cárceles e improvisados campos de concentración. A finales de 1939 y durante 1940 las fuentes oficiales daban más de 270.000 reclusos, una cifra que descendió de forma continua en los dos años siguientes debido a las numerosas ejecuciones y a los miles de muertos por enfermedad y desnutrición. Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas entre 1939 y 1946.

Las aguas volvieron a su cauce. La victoria del ejército de Franco en la guerra supuso el triunfo absoluto de la España católica. El catolicismo volvía a ser la religión oficial del Estado. Todas las medidas republicanas que la derecha y la Iglesia habían maldecido fueron derogadas. La Iglesia recuperó todos sus privilegios institucionales, algunos de golpe, otros de forma gradual. Y la Iglesia católica vivió una larga época de felicidad plena, con un régimen que la protegió, la colmó de privilegios, defendió sus doctrinas y machacó a sus enemigos.

España vivió a partir de abril de 1939 la paz de Franco, las consecuencias de la guerra y de quienes la causaron. Quedó dividida entre vencedores y vencidos. Las iglesias se llenaron desde antes del final de la guerra de placas conmemorativas de los “caídos por Dios y por la Patria”. Por el contrario, miles de asesinados por la violencia iniciada por los militares sublevados en julio de 1936 nunca fueron inscritos ni recordados con una mísera lápida y sus familiares andan todavía buscando sus restos. El proyecto reformista de la República y todo lo que esa forma de gobierno significaba fue barrido y esparcido por las tumbas de miles de ciudadanos; y el movimiento obrero, sus organizaciones y su cultura, resultaron sistemáticamente eliminados en un proceso más violento y duradero que el sufrido por otros movimientos europeos de resistencia al fascismo.

El discurso del orden, de la patria y de la religión se había impuesto al de la democracia, la República y la revolución. En la larga y cruel dictadura de Franco reside, en definitiva, la gran excepcionalidad de la historia de España del siglo XX, si se compara con la de los otros países capitalistas occidentales. Fue la única dictadura, junto con la de Antonio de Oliveira Salazar en Portugal, creada en la Europa de entreguerras que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial. Muertos Hitler y Mussolini, Franco siguió treinta años más. El lado más oscuro de esa guerra civil europea, de ese tiempo de odios, que acabó en 1945, tuvo todavía larga vida en España.

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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza, autor de España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica) 



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17 Comentarios
  • Raúl Suárez Raúl Suárez 17/07/16 11:58

    Qué gran artículo. Y la historia a día de hoy se repite: la izquierda desunida, inmersa en distintos conflictos identitarios e ideológicos sucumbe ante la convicción férrea, la unión sin holguras de la derecha reaccionaria. No hay sangre y muerte, pero estas dos pasadas elecciones ha sido como vivir aquéllos días en tiempo real. Qué lástima de izquierdas...

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  • Alpha Alpha 17/07/16 05:22

    Un magnífico articulo, como no podía ser menos viniendo de la pluma de Julián Casanova, a quien le avalan sus extraordinarios trabajos de investigación. Por el contrario me he quedado sorprendido del artículo que ha publicado hoy El Español de Pedro José sobre el mismo tema y cuyo contenido firma el novelista José Ángel Mañas y más que por lo que dice, que también, por lo que no dice. Claro, desconozco cualquier investigación de este "nuevo" historiador que nos ha descubierto hoy Pedro José.

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  • JSanchezS JSanchezS 16/07/16 20:10

    ...y es que la República no podía ganar; no solo por lo que se ha dicho en el artículo, sino porque llegó al poder una élite ilustrada, con ideas muy avanzadas para la España analfabeta de entonces dominada desde el púlpito por una Iglesia reaccionaria y aliada con los grandes intereses financieros y caciquiles de siempre. no, la República no podía ganar; sólo en el caso de que la Guerra Mundial -la esperanza de Negrín- hubiera empezado antes, acaso...

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    • laguncar laguncar 16/07/16 21:33

      No sabemos lo que hubiera pasado si otros países nos hubieran ayudado, como tocaba. A Francia, Hitler se la comió en menos que canta un gallo y al final fue liberada. Todos miraron para otro lado con el golpe de estado, con la guerra civil y luego con el genocidio de ese sátrapa. Alemania pagó por los destrozos a otros países pero no creo que lo hiciera a España, a las víctimas de Guernica, a las que salieron huyendo de Málaga y fueron bombardeadas por el camino de la huída: hombres, mujeres, niños y ancianos/as; o a quienes esperaban en el puerto de Alicante para ser rescatados... y seguimos agachando la cabeza delante de la Merkel...

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  • Sancho Sancho 16/07/16 18:33

    ...El robo de niños a las presas republicanas como un plan establecido desde el mando militar y las altas instancias eclesiásticas...Y algo que me olvidaba y que creo el autor también ha pasado por alto cuando han pasado y serán considerados como hechos como pocos en la historia de la ignominia de un ejército cobarde: el bombardeo y persecución a los refugiados que huían de las ciudades para buscar refugio. Estas prácticas fueron puestas en escena por primera vez en España, tal vez en Europa, en el bombardeo de Guernica. Luego vinieron otros... por último, las fosas comunes donde todavía permanecen "los represaliados", hombres, mujeres y niños, que aún están por encontrar y enterrar con la dignidad que les robaron unos asesinos cualesquiera, sin uniforme, que dispararon balas de odio.

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    • jespic jespic 19/07/16 09:30

      La primera gran matanza de población civil fue la "desbandá" (8 de febrero de 1937) por la carretera de la costa desde Málaga que había sido tomada por los fascistas hacia Almería, todavía en zona republicana. Los barcos y aviones bombardeaban a la población civil, familias enteras, desde el mar y el aire mientras huían por la zona de la costa, que es una zona bastante escarpada y estaba en muy mal estado. Este episodio ha sido y sigue siendo "ignorado" por mucha gente, al contrario que lo de Guernica, que como es lógico es conocido por la mayoria.

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    • karls sanchz karls sanchz 19/07/16 00:47

      Bastante de acuerdo. Hay que incidir hasta la extenuacion el grado de IGNOMINIA de estos asesinos que en sus viles mentes robaban los hijos a madres indefensas y aterradas por aquellos a igual que ahora dicen proceder en aras del amor al projimo y a los mas necesitados. Y sus herederos siguen despreciando y humillando hasta lo mas sagrado y universal del hombre que es el derecho a que las familias dignifiquen a sus muertos.

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      • MadameX MadameX 19/07/16 14:39

        Muy bien dicho.

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  • Sancho Sancho 16/07/16 18:25

    El artículo me ha gustado pero siento disentir en ese..."poner sibilinamente en el mismo plano" a víctimas y verdugos. Empieza con lo que es historia innegable sobre el golpe de estado a un gobierno democrático y la gran ayuda en todos los aspectos que recibió el bando golpista de los "fascismos" europeos (Hitler/Mussolini) y la gran colaboración de otras grandes potencias de la época, no sólo con la NO COLABORACIÓN, sino, como es el caso de Gran Bretaña, por ejemplo, con una ayuda más que activa, hasta llegar a bombardear desde Gibraltar a las fuerzas republicanas, o poner en marcha asedios, sitiando navalmente a los republicanos con la excusa ridícula de impedir la llegada de armamento porque pretendían neutrales ante el conflicto; cosa que luego no hacía, evidentemente (todo esto está más que documentado) con las tropas franquistas, italianas o los cargueros alemanes. Es incuestionable que los golpistas no hubieran vencido a la República ni la hubieran doblegado ni humillado, ni martirizado por consiguiente, a la población civil con extrema saña si no hubieran contado con la ayuda de esos ejércitos y sus respectivas industrias militares en pleno proceso de expansión. Por supuesto que esas armas y toda esa ayuda había que pagarla, y para eso ya contaron con ayuda económica. Luego sigue el autor con lo que también es muy conocido, que son los conflictos abiertos en el seno del gobierno de la República, en lo que coincido, porque más o menos, siempre pueden darse más datos y matizarse algunas cuestiones, ocurrió como lo cuenta, en mi opinión. Pero creo, y aquí viene la crítica, que deja ¡Tanto dolor y sufrimiento! que se queda cojo...Despacha cuarenta y tantos años de asesinatos, que no acabaron en el año 46, ni mucho menos, con demasiada ligereza, en mi forma de verlo. Menciona muy de pasada el empeño y los planes de desaparición sistemática (aunque sí hace mención a ello) a profesores, filósofos, poetas, dramaturgos, científicos, médicos, historiadores, escritores, pintores, músicos...todo lo que oliera mínimamente a progreso. No menciona los terribles crímenes sobre las mujeres, como forma de crimen de guerra y posterior humillación a la población...

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  • JAN VALTIN JAN VALTIN 16/07/16 10:36

    Excelente artículo Señor Casanova. He leído con mucho interés casi todos sus libros y he aprendido mucho sobre todo con el Tomo VIII de la Historia de España de Crítica, La iglesia de Franco y España partida en dos. Muchas gracias por su dedicación y trabajo. Saludos

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  • laguncar laguncar 16/07/16 10:22

    Un gran artículo, Sr. Casanova. Con tantos matices como tenemos en la larga etapa vivida en este país, su "resumen" me parece objetivo, como buen historiador. Como dice mcn, en 1986 España entró a formar parte del "tren de la modernidad occidental". Sin embargo, eso no ha significado en absoluto que aquí no queden restos de esa etapa marcada con sangre y crucifijos en los cuerpos, las mentes y los espíritus de los ciudadanos/as de este país. De esa "patria una, grande y libre", sólo se intentó lo de "una", potenciando la economía de unas zonas y desarraigando a las gentes de otras zonas más pobres, con el fin de mezclar y diluir esas connotaciones propias de los pueblos diferentes y diferenciados, incluso con lenguas propias, que conforman este estado. El dictador no consiguió ni que este estado fuera "patria" de todos, ni "una" ni "grande" y mucho menos "libre". Después de 40 años de su muerte, seguimos con sus tardofranquistas en el gobierno y las instituciones de un estado que sigue sin resolver las diferencias de los pueblos que lo conforman; una iglesia católica que sigue incidiendo en la educación pública y con los mismos privilegios; unos ciudadanos/as que mantienen en sus genes y en su subconsciente un miedo indefinido que les mantiene amansados y conformados al devenir de unas vidas sobre las que siguen mandando estos tardofranquistas que se denominan demócratas. Una democracia inventada y creada con una legislación base que partía de "con la ley y a través de la ley", reforma sobre reforma sin romper con la devastación social y personal de la dictadura. Y para colofón, con muchos de nuestros muertos en fosas sin identificar, sin recuperar, sin dignificar. Familias enteras destrozadas con heridas sin cerrar. ¿Hasta cuándo? Se van a cumplir 80 años y no estamos siendo capaces de crear una sociedad sana o de sanar la que tenemos, ni por parte de unos ni de otros. Nos tocaría reflexionar un poco y aceptar ese rastro y esa herencia que nos hace actuar y ser una sociedad con una deficiencias a las que más pronto que tarde tendremos que hacer frente para sanear nuestras instituciones, la relación entre nuestros pueblos y el establecimiento de una Democracia.

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    • mcn mcn 16/07/16 19:11

      Por supuesto...estoy de acuerdo con tu comentario más extenso...haber entrado en la Unión Europea en 1986 ha sido simplemente romper el paréntesis histórico de la falta de presencia de España en el mundo occidental. Esto no ha garantizado que el país sea homologable con muchos de sus vecinos a nivel de educación, sanidad ( no tenemos ni de lejos la " mejor sanidad" que dicen muestros responsables políticos de tofo pelaje...), oportunidades para los jóvenes, fiscalidad, sistema juficial, prensa, etc...Son muchos cientos de años que no se " limpian" en unos pocos...

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    • MASEGOSO MASEGOSO 16/07/16 13:27

      En el fracaso popular esta nuestra pena. Ni el pueblo salió en 1936, ni salió en 1981, ni sale ahora. Los motivos ya los hemos visto en estas elecciones y los borregos que suman una tercera parte del electorado se quieren llevar el gato al agua. Con políticos PP que solo piensan en sus bolsillos y vivir de la poltrona (sálvese el que pueda) una izquierda o media izquierda, ya no se su cuantía, incapaz de unir sus caminos e importando más las siglas que el pueblo, una abstención que les da lo mismo (hasta que el paro los pone en funcionamiento y más etc. que podría añadir ¿ Qué esperas laguncar? En el 77 dimos lo que pudimos y peleamos por una democracia FALSA DEMOCRACIA CON INTERESES CREADOS POR LOS HEREDEROS DEL TARDOFRANQUISMO. Así nos va amigo. Salud.

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      • laguncar laguncar 16/07/16 17:53

        Pues, MASEGOSO, espero que no nos volvamos a equivocar. Estuvimos en la calle en el 77 y antes y después, claro que sí, pero ganaron los de "la reforma" y no los pocos/as que pediamos "ruptura" ¿recuerdas? Y hasta hoy. Pero creo sinceramente lo que he escrito en mi último párrafo, o somos conscientes de que debemos "sanar" nuestra sociedad en su conjunto o no terminaremos de andar al paso de otros pueblos. (ah!, lo de "amigo", mejor que sea "amiga"). Un saludo.

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  • mcn mcn 16/07/16 09:14

    Buen resumen de los hechos...las secuelas ideológicas perduraron hasta la incorporación de España en la Unión Europea en 1986. A partir de ese momento, España cierra prácticamente  200 años ( 1789 - 1986) de no pertenencia al tren de la modernidad occidental.

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    • JAN VALTIN JAN VALTIN 16/07/16 10:53

      Las secuelas ideológicas continúan, porque nunca desaparecieron. Después de ochenta años de un golpe de estado con los muertos y desplazados que bien reseña el Sr. CASANOVA, todavía el gobierno, por medio de sus representantes impide la búsqueda de los restos de fusilados y represaliados y la condena del régimen de los sublevados. Eso es lo que nos diferencia del resto de los países democráticos de nuestro entorno. Tradición democrática. Dice el escritor José Luis Olaizola en La guerra del General Escobar, que en España desde 1844 hasta 1936 hubo treinta golpes de estado. Suficientemente explicativo. Saludos

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  • benicadell benicadell 16/07/16 08:46

    "Un proceso revolucionario iniciado de forma súbita, violenta, dirigido a destruir las posiciones de los grupos privilegiados, de la Iglesia, del ejército, de los ricos, pero también de las autoridades republicanas que querían mantener la legalidad."Todo perfecto, pero intentemos poner siempre un adjetivo cuando hablemos de los ricos, oligarcas ricos, caciques ricos, etc parece que cuando se dice solamente ricos como si parecieran todos santos.

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