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Centralidad

Eso de la “centralidad” ha sido el latiguillo preferido del poder en el último tramo del curso 2014-2015. El PP ha instado al PSOE a romper sus alianzas coyunturales con Podemos y “regresar a la centralidad”. Susana Díaz y Pedro Sánchez se han proclamado los paladines de la auténtica “centralidad”, añadiendo, eso sí, que, allá en el fondo de sus corazones, ellos son de izquierdas. Ciudadanos, por supuesto, se ha declarado inventor indiscutible de la “centralidad”. Y el diario El País ha asegurado que el electorado considera al PP y Podemos como los partidos más “radicales” y alejados de la “centralidad”, maravilloso carisma que, evidentemente, atribuye al PSOE felipista y Albert Rivera.

Ni romano ni cartaginés, ni carne ni pescado, ni chicha ni limoná, la “centralidad” es una de esas fórmulas mentirosas a las que resulta difícil oponerse. Llueve sobre siglos de discursos que proclaman que la virtud está en el medio, que los extremos son peligrosos, que la moderación es la base de una buena salud, que lo mejor es no significarse y optar por verlas venir. Adolfo Suárez ya tiró de ese arquetipo en la Transición, llamándole, con menor pedantería, el “centro”. ¿Quién quiere una nueva Guerra Civil? Nadie, ¿verdad?. Pues, entonces, lo mejor es el “centro”: ni franquismo ni comunismo, ni azules ni rojos, ni continuismo ni ruptura, mucho menos revolución. Al mago Suárez el truco le funcionó durante unos años, los suficientes para que la democracia naciente asumiera buena parte del legado franquista.

Acotado de nuevo el terreno de juego de esta guisa, ¿a ver quién es el valiente que se opone hoy a la “centralidad”? Nadie, por supuesto. De hacerlo, su lapidación como un peligroso “extremista” sería fulgurante. Ni tan siquiera puede uno reconocer que es “radical” en el sentido primigenio de querer ir a la raíz de las cosas; la palabra “radical” se ha repetido tanto en tono peyorativo que la inmensa mayoría de la gente la asocia con los peores males: la intransigencia, el fanatismo, la violencia, el terrorismo incluso. Es injusto pero probablemente irreversible.

Como ocurrió en la Transición, el poder ha ganado la batalla lingüística. La palabra “centro” fue el “ábrete sésamo” de entonces; la “centralidad” ocupa hoy ese lugar. La verdad es que no lo tuvo difícil en aquellos tiempos ni lo tiene ahora. El poder –llámenle Ibex 35 si así lo prefieren– domina las instituciones, los grandes partidos, las universidades, las fundaciones, los medios de comunicación masivos… Y sabe explotar a fondo el miedo, uno de los sentimientos más poderosos. ¿Quieres un golpe de Estado; estás dispuesto a repetir la Guerra Civil?, susurraba en la segunda mitad de los años 1970. ¿Quieres vivir como en Venezuela; deseas ser griego?, dice ahora. En uno y otro caso, nótese, no se enuncian predicciones razonables sobre lo que ocurriría en caso de que la ciudadanía optara por un cambio auténtico: se formulan amenazas. Si no sois buenos chicos, ya nos encargaríamos nosotros de que se cumplieran estos siniestros augurios.

No es difícil descubrir qué tienen en común los actuales campeones de la “centralidad”: la monarquía es estupenda y Felipe VI le ha dado un nuevo brillo con su preparación y su discreción; la unidad de la patria, tan indiscutible como el movimiento de los planetas; la Constitución de 1978, una obra de arte que, en el peor de los casos, precisa unos ligeros retoques; el incesante aumento de los beneficios de los bancos y las grandes empresas, lo esencial para que España funcione.

O sea, la “centralidad” viene a ser aquello de “ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi Señor”. Y no nos hagamos los tontos, sabemos quién es el Señor.

Contra el centro

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