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Comentarios al debate sobre la moción de censura

La semana pasada planteé un debate sobre si tenía sentido político volver a poner sobre la mesa la posibilidad de una moción de censura encabezada por el PSOE con el apoyo de Podemos y los partidos nacionalistas vascos y catalanes. La razón para sacar de nuevo este asunto es que los nacionalistas han expresado su disposición a dar un cheque en blanco a Sánchez a cambio de que desaloje al PP del Gobierno y Podemos, por su parte, se ha mostrado más favorable y es más flexible que en el pasado ante cualquier expectativa de acuerdo para acabar con el Ejecutivo de Rajoy.

Como siempre hago, en el planteamiento del debate procuro ser exquisitamente neutral, presentando las alternativas de la forma más ecuánime posible. Algunos participantes en el debate se enfadan por lo que consideran que es un ejercicio de hipocresía por mi parte al dar igual importancia a las diversas opciones en juego, pero me gustaría reiterar que siempre me reservo mi opinión para la segunda entrega.

Como ya notaba más de un participante en sus comentarios, la gran mayoría de los lectores que han expresado su opinión consideran que la moción de censura es imprescindible ante la putrefacción del PP y las políticas regresivas que este partido ha puesto en marcha. Muchos de los participantes, sin embargo, parecen resignados a que la moción no vaya a materializarse por mucho que la vean como necesaria y positiva. Unos piensan que el PSOE no está por la labor; otros creen que, a la hora de la verdad, los partidos miran por sus intereses electorales, dejando de lado lo que conviene a la sociedad en su conjunto; y hay quienes piensan que la desconfianza y la animadversión entre las fuerzas progresistas es sencillamente insuperable, sobre todo después de la crisis catalana, que ha distanciado aún más al PSOE de Podemos.

Se han ofrecido unos cuantos argumentos en contra de la moción. El más contundente de todos ellos establece que, incluso si los nacionalistas votaran a favor de Pedro Sánchez sin poner condiciones previas de ningún tipo, el nuevo Gobierno sería rehén de los nacionalistas. En este mismo sentido, se ha dicho en varios comentarios que el Gobierno resultante sería extremadamente débil al depender de tres partidos pequeños (Esquerra, PDeCat y PNV). ¿De qué serviría estar en el Gobierno en una posición tan endeble?

Por otro lado, una moción de censura en esas condiciones, se argumenta, sería, como dice el refrán, “pan para hoy y hambre para mañana”, pues se movilizaría el voto de la gente de derechas, que consideraría que una operación política artificial y desnaturalizada como esta es ilegítima (por mucho que sea legal): según los críticos, la moción sería percibida por amplias capas de la población como una táctica oportunista a la que recurre la izquierda, de forma algo desesperada, para tapar o salvar el retroceso electoral que reflejan las encuestas. Si la izquierda estuviera creciendo, sería más fácil adelantar los tiempos de la alternancia.

Finalmente, también se ha argumentado que una moción de censura no puede llevarse a cabo solamente para echar a un partido del poder, requiere un acuerdo coherente y ambicioso de gobierno que con una fórmula de apoyos como la que se contempla sería difícil de conseguir.

Entre los partidarios de la moción, se insiste en que la prioridad absoluta consiste en evitar el mal mayor, que es la continuidad de un Gobierno que no rinde cuentas por la acumulación de escándalos de corrupción que persiguen al Partido Popular. Cualquier solución, por provisional y precaria que resulte, será mejor que permitir que continúe Rajoy un minuto más al frente del Ejecutivo. Se habla de un acuerdo de mínimos, de mera regeneración democrática, e incluso se apunta que se podría realizar la moción simplemente para sustituir a Rajoy y a continuación convocar elecciones.

Desde las elecciones de diciembre de 2015 vengo defendiendo la necesidad de utilizar todos los medios democráticos existentes para echar al PP del poder. Al fin y al cabo, se trata de un Gobierno en minoría. La corrupción y la mala gestión de la crisis catalana son suficiente motivo para exigir una alternancia inmediata. Curiosamente, los participantes en el debate apenas si se han fijado en lo que a mi juicio sería una de las principales ganancias de sustituir a Rajoy y, por tanto, una de las justificaciones más sólidas para proceder a la moción de censura: resulta imperativo en estos momentos cortar la regresión democrática que la crisis catalana está provocando en nuestro sistema político. Los jueces están yendo demasiado lejos, entre la indiferencia de los grandes grupos mediáticos y de los partidos de la oposición, invadiendo la esfera política con actuaciones muy ideologizadas que degradan profundamente el ejercicio de la democracia. Obran según un reparto tácito del trabajo: el Gobierno controla los nombramientos en los Tribunales superiores y se permite dejar hacer a los jueces. La democracia española tiene que recuperar el pulso político y encauzar el problema catalán de una forma más respetuosa con valores de tolerancia, consentimiento y respeto mutuo. Todo esto es imposible con el PP en el Gobierno.

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Mientras escribía estos comentarios me ha llegado la noticia del fallecimiento de Gonzalo López AlbaGonzalo López Alba, un periodista admirable que se acababa de incorporar a infoLibre. Tuvo un gesto insólito en nuestro país: apostó por la derrota de Pedro Sánchez en las primarias, reconoció su equivocación cuando se produjo la victoria de este y decidió retirarse para reflexionar sobre sus planteamientos. Tras un prolongado silencio, el domingo volvió con fuerza a infoLibre. Su colaboración ha quedado truncada de la forma más trágica.

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