En Transición

Sin bajar la guardia. La tercera vuelta se juega en Europa

“Alivio” ha sido la palabra de la semana. El que hemos sentido todos y todas al comprobar que la extrema derecha en España no ha conseguido los resultados que esperaba, quedando muy por debajo de sus expectativas y a bastante distancia de sus homólogos europeos como puede verse en este mapa. Pero para que la alegría sea completa este mes de mayo no podemos bajar la guardia.

A falta de ver qué nos dicen las encuestas post-electorales, hay cosas que ya están claras. El freno a la extrema derecha lo han puesto los más de 26 millones de españoles y españolas que han acudido a las urnas, casi un millón más que en el 2015 (a falta de los datos definitivos), y más de 2 millones más que en el 2016. Los motivos seguro que son variados, y no descartaría que entre los nuevos votantes hubiera también partidarios de Vox, pero los 2.6 millones de votos que han obtenido los neofranquistas han quedado diluidos gracias al incremento de la participación.

Estas elecciones generales pueden considerarse una segunda vuelta de las andaluzas. Fue la irrupción en el parlamento andaluz de Vox y la abstención de buena parte de la izquierda la que dejó a Andalucía en manos de un tripartito de derechas de facto. Ahí se creó el escenario en el que habrían de librarse el resto de las batallas. Escenario arriesgado, sí, pero también con incentivos para una izquierda que esta vez no ha tenido dudas en salir a votar. Con más o menos convicción, y con más miedo que ilusión, pero entendiendo la urgencia del momento. En Moncloa supieron leer bien el estado de ánimo de la sociedad española y lo aprovecharon para movilizar voto progresista.

Ahora llega la tercera vuelta y esta es, si cabe, más compleja. En buena parte de España el 26 de Mayo depositaremos tres papeletas: una para formar ayuntamientos, otra para elegir a los parlamentos autonómicos y otra lejana, desconocida y complicada, para mandarla a Bruselas. Da acuerdo con la misma lógica que ha funcionado hasta ahora, será necesaria de nuevo una importante participación para parar a la extrema derecha. Y siendo como son importantes todos los espacios donde se juega el partido, el europeo es especialmente relevante.

Las elecciones al Parlamento Europeo han sido consideradas históricamente en España –y en otros países de la UE– elecciones de segundo grado: el déficit de conocimiento y de apropiación de la ciudadanía que tiene la UE es uno de sus problemas de base, y la falta de interés en sus elecciones viene a ser el síntoma que lo evidencia. En España la participación en los comicios europeos ha pasado del 68,5% de la primera vez en 1987 al 43,81% de la última, en 2014, dibujando una clara línea descendente. No somos especiales: en el resto de Europa la tendencia es similar, como puede verse aquí.

Se saben más cosas del comportamiento electoral en las europeas. Como se ha comprobado a lo largo de los años en estos comicios, existe en los electores cierta licencia para actuar con más descaro, de forma más gamberra, y mostrar a las claras su malestar con opciones que se quedan en los márgenes o directamente fuera de lo políticamente correcto. Son, para muchos votantes, una fantástica ocasión de darle un buen corte de mangas al gobierno y en cierta medida, al sistema. Recuérdese, por ejemplo, la sorpresa de las elecciones europeas de 2014, que bien podrían considerarse el nacimiento oficial de Podemos. La fuerza morada emergió de forma sorprendente de la nada recogiendo 1.250.000 votos, un 8% del total, que se convirtieron en 5 eurodiputados.

La tercera gran característica que tienen las elecciones europeas es que se vota en circunscripción única. Cada voto vale exactamente lo mismo, no perdiéndose ninguno en circunscripciones provinciales y rentabilizándose de manera estrictamente proporcional lo obtenido en el conjunto del territorio.

Estos tres elementos que, como es sabido, definen las elecciones europeas en buena parte del continente pueden hacer las delicias de Bannon y sus secuaces. Porque si importante es para ellos ir abriendo espacios y alcanzando cotas de poder en cada uno de los estados europeos, el objetivo final de la extrema derecha en Europa apoyada por el que fuera asesor de Trump y uno de los adalides del nacionalpopulismo es acabar con esa idea de democracia –imperfecta, sí, pero democracia–, redistribución y equidad, gracias a la cual Europa ha conseguido ser uno de los lugares más prósperos, igualitarios y seguros del mundo.

Quizá hoy el viejo continente se parezca más a un geriátrico suizo –pequeño, envejecido y con un altísimo nivel de vida en comparación con el resto del mundo– que a un hervidero de ideas e innovación, o al templo de la ética y la coherencia, pero sus enormes grietas y goteras, que las tiene, no las arreglará la vuelta a un nacionalpopulismo excluyente, autoritario y neoliberal. Las grietas de la democracia, en Europa como en el resto del mundo, se arreglarán con más democracia.

Por eso, el 26 de mayo, además de elegir ayuntamientos y parlamentos autonómicos, encargados de gestionar buena parte de nuestro día a día, allá lejos, en la gris y húmeda Bruselas, esa que ni conocemos bien ni entendemos del todo, se juega una de las grandes batallas por la democracia. ¿Bajar la guardia? Ni un minuto.

Que no nos distraigan: la mejor defensa de Europa es su reconstrucción

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