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Quién ensucia la política

Lo explica el filósofo y sociólogo Edgar Morin en una interesante y oportunísima conversación con el periodista Edwy Plenel: "Nuestros políticos ya no se preocupan por cultivarse, ya no tienen tiempo, su conocimiento del mundo viene de manos de especialistas y de expertos cuya visión está limitada a un aspecto cerrado y concreto (...) A fuerza de dejar lo esencial por lo urgente... se acaba por olvidar la urgencia de lo esencial".

Morin se refiere a los políticos franceses. Si conociera a algunos políticos españoles llegaría seguramente más lejos en la crítica. El hecho de que el número dos del Partido Popular en el Congreso sea un individuo tan "cultivado" como Rafael Hernando clama al cielo. Su última deposición ha consistido en afirmar que "la República llevó a un millón de muertos", alineándose así con esos pseudohistoriadores revisionistas empeñados en negar el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. No es que haya tenido un lapsus. Hernando ha rematado el despropósito histórico con otro de carácter jurídico, al colocar en el mismo plano de "legitimidad" la bandera franquista y la republicana. Poco le importa al diputado y abogado Hernando que la primera fuera el símbolo de una dictadura y la segunda el de un régimen constitucional y democrático.

Rafael Hernando, nacido en 1961, es licenciado en Derecho, pero lleva en la política desde 1983, antes de cumplir los 22 años. De concejal a diputado autonómico, y luego senador y después diputado nacional durante seis legislaturas. A juzgar por la cantidad de disparates acumulados en su larga trayectoria sobre las más variadas materias, Hernando no se ha preocupado en absoluto "por cultivarse". Tampoco parece haber consultado a demasiados "especialistas y expertos" en nada. Quizás haya dedicado casi todo su tiempo a lo que más daño ha hecho al prestigio de la política en España además de la corrupción: el oficio de cuidar la propia silla. En el análisis crítico de Morin, el perfil de Hernando no encajaría ni siquiera como decepción: simplemente no debería seguir en la política.

Nivel de exigencia

No es algo personal. No es Hernando el principal culpable de lo suyo. Se trata del nivel de exigencia entre quienes se dedican a la política. Cuando se alcanzan las más altas cotas de desprestigio en la actividad pública lo lógico sería recurrir a los mejores. Buscar el mérito, la ejemplaridad, y desechar la incapacidad, la necedad o la reiteración en el error. Ni Hernando es un caso único en la cúpula del PP ni su perfil es exclusivo del PP. También en otros partidos hay personajes de los que se desconoce cualquier otra aportación o capacidad que no sea la de ocupar un sillón durante ¡tres décadas! O la de ofender a la inteligencia (y a la memoria a menudo) con sus salidas de pata de banco, en lo que Hernando es especialista.

Podría argumentarse aquello de que se empieza con un asesinato y se acaba soltando una palabrota. Si uno es capaz de manipular los atentados del 11-M, cómo va a ser respetuoso con las víctimas del franquismo. Y si ninguno de sus "mayores" dimite por el reparto de sobresueldos o las mentiras ya demostradas sobre Bárcenas, por qué va a renunciar a la política el "soldado" Hernando, siempre dispuesto a orinar más lejos que cualquier otro.

La ejemplaridad

No se trata de revindicar una democracia "ilustrada" sino una democracia digna. No se trata de que el ejercicio de la política deba ser cosa de "sabios", sino de gente honesta y sensata. La ejemplaridad consiste tanto en acertar al escoger en las urnas a los mejores como en conseguir que quienes no merecen estar en política salgan de ella cuanto antes.

En Alemania dimite una ministra de Educación porque se supo que había copiado en la universidad; en Italia dimite una ministra de Igualdad por no haber pagado el IBI; en el Reino Unido dimitió el número dos de un partido por ocultar una infracción de tráfico; en Japón dimite un viceministro al conocerse que pagó con dinero público unos billetes de tren para visitar a su amante... Por ahí fuera suelen ser los propios compañeros de partido quienes exigen que cada cual asuma su responsabilidad. Aquí alguien puede ser portavoz adjunto del partido del Gobierno y dar patadas a la historia y a la dignidad sin la menor consecuencia.

La pestilencia que se respira en la política española no se debe exclusivamente a la corrupción, o a la eterna transición, o a la rendición ante otros poderes no elegidos. Tiene mucho que ver con esa ejemplaridad. Con el nivel de exigencia en la dedicación a lo público y también con la humildad de asumir los errores y las consecuencias de los mismos. Enredados en las tácticas y el cortoplacismo, "se acaba -como sostiene Morin- por olvidar la urgencia de lo esencial".

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