Verso Libre

Feria del Libro de Madrid

No recuerdo la primera vez que vi el mar. Recuerdo la primera vez que mi padre me leyó “La canción del pirata” de Espronceda. ¿Qué significa esta ordenación de la memoria? No se trata de que la literatura sea para mí más importante que la vida. Sólo ocurre que la literatura forma una parte decisiva de mi vida, o que la literatura es vida, pura vida, como la mirada infantil del mar, como la decisión de sentarse al lado de un hijo para contarle un cuento o recitarle un poema.

Veo a mi padre con Las mil mejores poesías de la lengua castellana en la mano, oigo el rumor del viento, el mar cortado por la proa de un velero bergantín, y pienso en la hija que escucha mi cuento. Parece como si la literatura me hubiese enseñado que la vida es un relato, que estamos suspendidos en un argumento en el que los desenlaces vienen del pasado. Es una forma de comprender que somos responsables de los nudos que hay entre los planteamientos y los desenlaces, responsables de los nudos por deshacer y por hacer en el presente.

Mi padre leía con voz teatral, ronca, lenta… No como si estuviese hablando en otro idioma, pero sí como el habitante de un tiempo distinto, de un ámbito imaginado en común para los acontecimientos particulares. El niño puede ver y oír, ahí están, un barco pirata que se llama el Temido, la lona de las velas que gimen, un capitán orgulloso de su libertad y la espuma de una canción tan rápida como el viento: Y si caigo, ¿qué es la vida? Por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo como un bravo sacudí. Mi padre -ahora lo comprendo-, creaba efectos al leer. Se ponían en situación para que yo entrase en la historia.

La lectura nos enseña a ponernos en el lugar del otro, pero no deja al otro sin lugar. El hecho literario crea un mundo compartido. Espronceda, liberal de conspiraciones y trincheras decimonónicas, se puso en la piel de un pirata para que los lectores habitáramos su rebeldía. El personaje es una plaza pública, un lugar de encuentro, el espejo que acaba por desnudar nuestros propios deseos de libertad. Hermosa libertad enlazada y compartida en la que nos descubrimos a nosotros mismos cuando somos capaces de ponernos en el lugar del otro.

Espronceda, romántico exaltado, se pone en la identidad de un pirata que lucha contra las leyes injustas y la rapiña legalizada de los ingleses. Mi padre se coloca en el lugar del pirata, lee su canción con voz ronca y crea efectos para seducirme. O para ponerse en mi lugar. Y yo me pongo en el lugar de mi padre, que me lleva hasta el lugar de un pirata que me empuja a su vez hasta el lugar de Espronceda. El poeta me espera en sus versos para descubrirme al final de la navegación mi propio rostro, mi rebeldía. Ahora vuelve a aparecer la memoria. Me veo en el atardecer de un día de los años 60, después de pasar las horas con los gamberros en las alamedas del río Genil, llegando fuera de tiempo a casa y sin haber hecho los deberes. Seguro que mi padre va a regañarme, pero yo repito: ¿Qué es la vida? Por perdida ya la di, cuando el yugo del esclavo como el bravo sacudí.

¿Al final de la navegación? Los viajes humanos nunca acaban, son el patrimonio de una comunidad. El relato construye los vínculos. Se suma a la memoria el poema que un día escuchó mi hija a través de la voz ronca de su padre. Pienso en ella, la imagino convertida en madre. Mi nieto escucha un poema en su voz.

No conozco una metáfora más exacta del contrato social moderno. La lectura: un ejercicio que te descubre a ti mismo, pero cuando llegas a ponerte en el lugar del otro. Un ejercicio que te enseña a ponerte en el lugar del otro, pero que no deja al otro sin lugar. Bajo el aire de la modernidad se inauguran a lo largo del año muchas ferias dedicadas a la tecnología de última hora, a los instrumentos más sofisticados, a las herramientas más innovadoras. Ninguna es más moderna que la 72 Feria del Libro que se acaba de inaugurar en Madrid.

La soledad sonora

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