desde la tramoya

¿A quién interesa una Gran Coalición?

Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba, minutos antes de su última entrevista pública en la Moncloa, el 20 de junio de 2013.

Circula en los mentideros de Madrid la idea según la cual España va a necesitar pronto un gran acuerdo, una Gran Coalición, entre el PP y el PSOE. Es verosímil un escenario en el que los dos grandes partidos pierden tantos votos en las próximas elecciones generales, que la única salida posible es una coalición entre las dos principales y hoy famélicas fuerzas políticas del país. A fin de cuentas –pensarían quienes imaginan esa opción– , así sucede en Alemania; y cuando le preguntas en las encuestas, la gente prefiere acuerdos entre los grandes.

¿A quién interesa una opción así? Obviamente, a quienes mejor les ha ido durante esta crisis horrorosa y a quienes ocupan sus poltronas ahora. A las grandes empresas que por naturaleza le tienen aversión al cambio. A los grupos económicos, sociales y políticos, que temen verse arrastrados por mareas, insultados en las manifestaciones y azotados por la indignación. También a quienes tienen una visión paternalista de la política: “la gente está enfadada y es normal; ya se le pasará. Pero somos nosotros los que sabemos cómo gestionar estos asuntos”.

Supongamos, y realmente es solo un suponer, que el líder del PP y el líder del PSOE estén pensando en esa opción: que tras las próximas elecciones, en el escenario de un parlamento fragmentado, gobierne el que más votos o más escaños tenga, con el apoyo del otro. Dos líderes tan demediados y con tan poco apoyo popular como Rajoy y Rubalcaba podrían así aplicarse en su especialidad: sobrevivir. Claro que para que tal opción sea posible, es necesario que no molesten demasiado los críticos, que las mareas no suban, que la tormenta amaine y que el personal se tranquilice. No pasa nada, se dirían, si cunde la desafección y el desencanto, mientras la indignación no termine por incendiar la calle.

Si yo pensara en eso –y me resultaría fácil autoconvencerme bajo la excusa de la “razón de Estado”– le dedicaría muy poco tiempo, o ninguno, a los asuntos que más agitan la conciencia de la izquierda: la apestosa corrupción en el PP, unos policías salvajes que lanzan pelotazos a seres humanos tratando de alcanzar la costa, la libertad de las mujeres para decidir si quieren o no ser madres… Tampoco movería mucho el asunto catalán: en el mejor estilo de los especialistas en la mera supervivencia, dejaría que el asunto se pudriera. Si yo me creyera imprescindible para salvar a la nación de las pulsiones extremistas, de las hordas de gente harta de conchaveo, del personal cansado de tejemanejes, haría un paripé de debate de Estado de la Nación y pasaría de puntillas por esos mismos temas escabrosos…

Salvando todas las distancias, a finales del siglo XIX, España ya experimentó una circunstancia parecida. Ante el temor de levantamientos y motines por parte de las masas populares, los liberales y los conservadores se pusieron de acuerdo con la monarquía para turnarse en el poder de manera pacífica y aparentemente democrática. El “turnismo” de la Restauración borbónica permitió traer la monarquía de Alfonso XII, María Cristina y Alfonso XIII, bajo la apariencia de una democracia representativa en la que no se tocaban los privilegios de las clases adineradas, los caciques y los burócratas. Ya sabemos en qué desencadenó todo eso años más tarde.

Yo creo que una componenda de Gran Coalición entre el PP y el PSOE, aunque fuera ahora perfectamente democrática, sería percibida por amplios sectores de la población como una traición a sus principios y exigencias. Y me temo que podría convertir al PSOE en particular en una fuerza política irrelevante, que habría perdido su esencia, que es contrastar con el PP. Hay otra opción. Que los socialistas sean una verdadera oposición a los conservadores. Que no claudiquen ni concedan en ciertos temas: la transparencia, los derechos humanos y cívicos, la solidaridad. Que tomen pacíficamente la calle. Que restauren las alianzas con sus amigos de siempre, hoy decepcionados: los intelectuales, los artistas, las minorías, los trabajadores… y también con nuevos y hoy distantes colectivos: las clases medias urbanas hartas de este PP tan penosamente conservador.

Creo que la gran coalición que hace falta no es ni de lejos la del PSOE con el PP, sino la gran coalición de la buena gente corriente –mucha de ella también de la derecha moderada, por cierto– frente a las componendas, los privilegios y los tejemanejes de los poderosos y los apoltronados, sean del partido que sean. Con la que está cayendo, caben básicamente dos opciones. Una de mínimos, a medida de supervivientes: replegarse en el calorcito de los hemiciclos, los despachos, las moquetas, los tapices y los coches oficiales, y acordar acuerdos y disensos con nuestros adversarios, aunque estén tan mal o peor que nosotros. Otra de máximos, a medida de valientes: salir fuera y ponerse del lado de la gente, denunciar a los corruptos, ser intolerante contra el abuso y la injusticia, poner patas arriba la política y comprometerse con los débiles. Esta última es más difícil, quizá, pero desde luego resulta mucho más inspiradora.

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