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¿La bolsa o las bravas?

Raquel Martos nueva.

En medio del tormentón eléctrico que complica la vida al Gobierno –en sentido figurado– y –en sentido literal– a los ciudadanos –SUFRIDORES, CONSUMIDORES, CONSUMIDOS Y FUNDIDOS por el sablazo mensual energético– lució un concepto como un fogonazo: empatía social.

Dice la Real Academia que empatía es un “sentimiento de identificación con algo o alguien” y, en su segunda acepción, “la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”. O sea, lo que ya sabemos, aquello de ponerte en los zapatos del otro, sea cuál sea el número y el modelo que calce.

La frase de la ministra Ribera, que reprochaba a las eléctricas falta de empatía social, balones fuera aparte sonaba tragicómica, tanto que ella misma dijo “aunque parezca una broma” antes de pronunciar aquello de “la empatía cotiza en Bolsa”.

Es que si hicieran un cuestionario a millones de personas en todo el planeta sobre las virtudes que han de adornar a una empresa para que logre beneficios millonarios, tal vez la empatía social no aparecería entre las primeras. Y sin embargo… ¿hay algo de cierto en esa frase que sonó a Míster Wonderful, “la empatía cotiza en Bolsa”?

A juzgar por los esfuerzos que hacen en comunicación las grandes empresas para subrayar que son ejemplares en el cumplimiento de los criterios ESG  –medio ambiente, entorno social y políticas de gobierno corporativo– algo de importancia le dan al asunto, aunque solo sea por imagen…

En estos días oscuros, en los que viajamos sin frenos a la velocidad de la subida de la luz, una noticia pequeña por discreta y enorme por valiosa describió de forma precisa qué es empatía social y cómo se rentabiliza, aunque en este caso haya sido sin querer.

Un bar, el Docamar, situado en un barrio popular de Madrid, Quintana –conocidísimo dentro y fuera del distrito por sus deliciosas patatas bravas–, dio de comer gratis a los vecinos más necesitados del barrio durante el confinamiento por la pandemia.

Si no tiene ni idea de qué va la historia o si la ha conocido hace días, no es porque usted haya estado en la parra –como yo en vacaciones–; es que, salvo los directamente implicados en ella, nadie lo supo cuando sucedió, hasta que el periodista Peio H.Riaño lo ha contado en elDiario.es.

En abril de 2020, Raúl Cabrera, el propietario del restaurante, propuso la idea a los 40 trabajadores, aceptaron todos y se pusieron a cocinar, pero no hicieron ruido mediático, su solidaridad se quedó discretamente oculta dentro del puchero.

Los que hemos estado en el Docamar –a mí me llevó una de las personas a las que más quiero del mundo, Arturo González Campos–, sabemos que es uno de esos bares que no necesitan promoción, su historia y el trabajo diario desde hace décadas lo avalan. Sin embargo, en estos días, cuentan que han recibido un aluvión de reconocimiento y nuevos clientes que van a darles las gracias, a mostrarles su respeto y a tomar algo en un lugar de esos que son fieles al papel cuidador, protector y generoso que habita en la esencia de la cocina.

Si la empatía no cotiza en Bolsa, sí cotiza en bravas. Bravo.

Tengo un envío para el señor Bezos

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