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Honestidad por decreto

El Gran Wyoming

Rajoy afirma que le gustaría pasar a la historia: “Como un hombre honesto”. Y a mí como “Marilyn Monroe”.

Creo que ambos lo tenemos difícil. Yo un poco menos, en principio, pero claro, esto es sólo una opinión, y en esa sección me incluyen.

Bueno, en realidad añade algo más a su deseo: “Como un hombre honesto que supo sacar lo mejor de España y de los españoles".

La segunda parte… ya tal. Parafraseando al propio presidente, con respecto al añadido que complementa su deseo, ya tal, porque nadie le va a discutir que ha sacado lo mejor de ambos, es obvio, como analizaremos en este profundo ensayo.

Ahora bien, si Rajoy es capaz de sacar lo mejor de España y los españoles, yo voy a ser más modesto y me voy a limitar a sacar un pero: creo que lo segundo no nos lleva a lo primero. Alguien no es honesto porque saque algo bueno del otro, eso, en todo caso, le convierte en zahorí. Sería honesto si lo hiciera sin aprovecharse de ello, sin obtener un beneficio oculto, ajeno al deseo del supuesto beneficiario, y aquí entraríamos en materia de debate. Ya tal…, para nada. No demos por sabido lo que está confuso, turbio, me atrevería a decir.

Para empezar, habría que pensar un poco desde la mente neoliberal, que es como les gusta llamarse ahora, en esta era del metalenguaje y el eufemismo, a los herederos del nacionalcatolicismo. Hacen bien en colocarle el prefijo “neo” para redefinir el término, porque no creo que soportasen toda una vida de excesiva secreción gástrica que llevaría, sin duda, a la perforación de estómago, si tuvieran que sonreír asintiendo cada vez que alguien se dirigiera a ellos con el adjetivo “liberal”, que de toda vida de dios han odiado a muerte y utilizado como insulto. Para un español de verdad, “liberal” era una mezcla entre mariquita y afrancesado y, en cualquier caso, traidor a los valores que históricamente han portado los de este lado de los Pirineos. Los que nos defendieron en su día de las garras de Moscú e hicieron de nuestra patria la reserva espiritual de occidente.

Y no andan muy desencaminados. Tengamos en cuenta que “liberal” significa tolerante o indulgente referido a la persona, y favorecedor de las libertades individuales si lo aplicamos a las leyes. Así expresado, diríamos que estos señores son la antítesis de lo que afirman ser, para lo cual el neoliberalismo lleva un complemento añadido que lo sitúa en sus justos márgenes. Se definen como liberales en “economía”. Es decir, que a la hora de hacer negocios, y sólo a esa hora, reclaman a una libertad total. Como hemos visto, les gustaría que ni siquiera la policía, tampoco los jueces, estuvieran al tanto de sus asuntos. También se llaman anarquistas en la intimidad, pero para hacer lo que les cante de…, a la hora de disfrutar de su patrimonio.

En eso, exclusivamente, son liberales. Del mismo modo que el señorito calavera es capaz de incumplir los diez mandamientos de una tacada en una noche de juerga, incluso el tercero, santificarás las fiestas, si la cosa termina el domingo por la tarde y ya no se llega a la última misa, los neoliberales pueden saltar el código ético que aplican a los demás si el beneficio de la opresión que se traen entre manos lo justifica. Incluso, y aquí entra en juego su lado anarquista, venden la patria, esa entelequia que todo lo justifica, si el rédito es astronómico.

Así, volviendo al caso de Rajoy, que es el que nos trae aquí, cuando afirma sacar lo mejor de España y los españoles, ¿a qué se refiere?, ¿qué es lo mejor de España y los españoles para estos señores neoliberales del PP? Yo creo que han dado suficientes muestras de que lo que más les motiva, su fuente de inspiración, su luz y su guía, la razón, como afirman cuando creen que nadie les oye, por la que se dedican a esto de la política, no es otra cosa que la pasta. Entendiendo el dinero como fin supremo no hay que ser muy listo para entender que lo mejor que pueden sacar de España y los españoles es eso mismo, la pasta gansa. En ese sentido habría que decir: “Ya tal”. Lo han bordado. Han dejado las arcas públicas relucientes en sus fondos, a la vez que los bolsillos del personal.

Por eso decía que una cosa no llevaba a la otra. Sacar lo mejor del personal, lo único valioso a sus ojos, no convierte al señor Rajoy en un hombre honesto, más bien al contrario.

Pueden ser otras las virtudes que adornan al presidente del Gobierno, pero llega tarde y mayor para emprender la carrera hacia la honestidad. Veamos cómo define el diccionario el adjetivo “honesto”: Que actúa rectamente, cumpliendo su deber y de acuerdo con la moral, especialmente en lo referente al respeto por la propiedad ajena, la transparencia en los negocios, etc.

Con respecto a la transparencia, no vamos a recordar cómo tratan en su sede los discos duros cuando se intenta esclarecer la verdad sobre hechos de gravedad, pero no sería mucho pedir que dé la cara y explique a los españoles, a los que saca lo mejor que tienen, qué está pasando aquí, en lugar de afirmar “parece que va a llover”, que es una de las genialidades que le ríen los suyos y que suelta cuando está inspirado, para manifestar su desprecio a los periodistas que, en su afán de llevarle al huerto, le ponen los micrófonos delante de las narices con el quimérico propósito de que aclare la situación de latrocinio generalizado a la que han llevado al país los miles de casos aislados que ampara bajo su sonrisa, que semeja la de aquel que está impregnado por la ingesta de antidepresivos.

Mira el señor presidente a su entorno cuando se ve rodeado por el bosque de micrófonos de los reporteros, como las vacas miran al tren.

En esos momentos, da la impresión de que no tiene actividad cerebral y que, ayudándose de técnicas de meditación trascendental, logra un bloqueo eléctrico en el encéfalo, de modo que ni una sola de las miles de millones de sinapsis que pueblan nuestro cerebro transmite estímulo alguno. Tiene episodios crepusculares puntuales, a voluntad.

Ahora que sabemos lo que sabemos y que, por ejemplo, en el caso del señor González, expresidente y caso aislado de la Comunidad de Madrid, se gastaron decenas de miles de euros de dinero público, por supuesto, eso ya tal, en mejorar la reputación del susodicho, así como evitar la aparición de hechos negativos en el buscador de internet de turno cuando se introducía su nombre, podemos afirmar que Rajoy no debería perder la esperanza, tal vez tenga lo de pasar a la posteridad como un hombre honesto más fácil de lo que se podría pensar.

La historia ya no está en las enciclopedias sino en la red. Una red que todos pueden editar, y que todos pueden reventar con datos que conviertan en un bosque impenetrable lo que antes era un espacio de recreo y consulta. Las fechorías colectivas también se pueden tapar bajo toneladas de casos aislados, de informaciones compradas que impiden llegar al fondo de la cuestión. Es lo que hicieron desde El Mundo con el 11M sacando día tras día durante dos años, prácticamente, una portada diaria de elucubraciones y conspiranoia al servicio de las tesis de Aznar y sus huestes que, como sabemos, intentaron utilizar los cuerpos de los muertos en el atentado para ganar las elecciones. El papelón de Acebes pasará a la historia de la ignominia universal o, tal vez, a la de la honestidad, no se sabe. Si alguien tuviera que escribir una tesis sobre el tema dentro de unos años, la “teoría de la conspiración” arrasaría. Algunos podían pensar que era una locura sinsentido toda aquella basura, pero se equivocan, estaban escribiendo la historia del atentado que ya, gracias a su intervención, entrará en los anales como uno de los grandes misterios sin resolver, como el paradero de Elvis y de Walt Disney.

No se preocupe señor Rajoy, su deseo de pasar a la historia como “un hombre honesto” es sólo cuestión de presupuesto. Hable con los suyos, saben mucho de eso. Periodistas tampoco le faltan, pero yo que usted lo llevaría por la vía que mejor domina y me haría honesto “por decreto”. Así no tendría que debatir ni justificar semejante disparate.

Por otro lado, su deseo es comprensible. Uno siempre aspira a ser el conjunto complementario de lo que en realidad es.

La historia ya no pone a cada uno en su sitio, son otros, son muchos, y disponen de aquello que les proporciona el poder, eso mismo que sacan los neoliberales de España y los españoles para entregárselo a quien corresponda y que haga su trabajo como dios manda. Con sentido común. Esa persona de la que usted me habla. Y tal.

Pida por esa boquita, y si quiere meter en el lote a alguno de sus colaboradores…, no sé…, Luis sé fuerte, o su colega Rato, pues no tiene más que decirlo, seguro que hay ofertas de segunda unidad al cincuenta por ciento.

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