Diario de una confinada

¿Por nuestras notas nos conocerán?

Raquel Martos

Todos los días hago un par de viajes a lo loco, sin guantes ni mascarilla. Para llegar a mi destino no me hacen falta. Ya lo conté en otra entrada: voy al pasado y escarbo un poco, después me acerco al futuro y fantaseo. Son mis ejercicios diarios de escapista, me los prescribí yo misma para los momentos de crisis, cuando el presente se me queda atravesado en la boca del estómago y no me deja estar.

Ayer viajé hasta ese pasado en el que existía la casa de mis abuelos, una casa con patio y tejados por los que se movían con destreza los gatos familiares –pero no confinados–, los mismos por los que mi madre y mi tío se jugaban la integridad física al menor descuido de los mayores.

Hoy ya no hay gatos, ni patio, ni niños probando su suerte sobre unas tejas: en su lugar reside un edificio de apartamentos de ladrillo que seguramente no sabe nada de su antecesor.

En las tormentas de recuerdos familiares, yo siempre soy la que conserva menos detalles de la casa en la memoria, porque fui la última en llegar, aunque el olor y la emoción al subir aquellos tramos de escaleras de madera que temblaban cuando yo los trepaba a saltitos los llevo tatuados en el hipocampo.

Ayer, en otro tramo del viaje a un pasado más reciente, recordé que en la casa de mi madre, cuando tenemos uno de esos arrebatos de arqueología familiar que nos impulsan a sacar fotos y comentarlas, en algún momento de la excavación de los álbumes aparecen dos documentos: una carta de mi abuelo a la presunta familia de mi abuela y una factura de su taller de electricista.

La factura lleva impreso el nombre de una empresa llamada Las Artes Reunidas, cuya sede estaba en una de las habitaciones de la casa de los tejados con gatos. La estructura empresarial la formaban la abuela, que atendía los avisos desde un teléfono negro colgado en el pasillo, y el abuelo, que viajaba con su bolsa de cuero a devolverle la luz a algunas marquesas con lámparas de araña.

Releer ambos documentos, tan breves, cuenta muchísimo de la historia personal y social de sus protagonistas. En la factura de taller del abuelo los precios, los conceptos, la tipografía, el tipo de papel, ya describen un tiempo muy diferente de éste: ahora podemos pagar la compra en el supermercado con un smartphone, sin tocar ni una moneda, aunque últimamente tengamos que desinfectarlo al llegar a casa…

Y la carta, escueta pero con el lenguaje alambicado de la época, unía el punto de inicio de la formalización de la historia de amor de los abuelos y el punto final al drama familiar de ella. Aquella carta iba dirigida a quienes se hacían llamar "tíos" de una niña que quedó huérfana con muy pocos años y que ellos decidieron contratar al precio de… gratis. Mi abuelo les informaba de que se iban a casar y de paso, les comunicaba que se les había acabado el chollo.

Dejé a mis abuelos recién casados y tiré para el futuro. Y allí traté de buscar dos o tres documentos breves que pudieran contar también algo de nosotros muchos años después. Unas palabras escuetas que dijeran algo de cómo vivíamos, a qué le dábamos valor, un retrato con pocos trazos a partir de unas cuantas frases.

En mi búsqueda encontré una nota que firmaba un tal "vecino del 6ºB" que se ofrecía generosamente a hacer la compra a las personas mayores de su bloque para que estas no tuvieran que salir a la calle. Y a pocos metros de la oferta, dos notas más, ambas firmadas por "tus vecinos". En una instaban a una mujer, que trabajaba en un supermercado, a dejar de vivir en esa comunidad. En la otra recomendaban a un enfermero que se alojara en un hostal… Ambos, "tus vecinos", pedían "comprensión" a los invitados a largarse, y venían a decir que era por el bien de todos.

De camino al presente pensé en los habitantes del futuro: ¿qué conclusiones sacarían sobre cómo somos, quiénes somos los que habitamos en 2020 si leyeran esas notas?

Aunque me interesaba todavía más la respuesta a las preguntas que tenían que ver con el presente, con mañana mismo. ¿Qué cara pondrán "los vecinos" cuando vayan a comprar la comida de cada día? ¿Qué sentirán cuando estén en una cama de un hospital y les mire a los ojos el enfermero que ha dormido en el hostal? ¿Qué pasará por su cabeza –o por su corazón– cuando sepan que la única mano que sujetará la de sus enfermos es esa que no quieren que toque los botones del ascensor?

La canción de hoy. Put your hand in the hand. Dedicada a dos mujeres a las que aprieto con fuerza la mano, vamos.

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