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Muros sin Fronteras

Un periodismo que desafía al poder

Se celebra en estos días un seminario en Panamá sobre desigualdad y periodismo comprometido, un pleonasmo porque todo periodismo lo debe ser. Lo organiza Intermon-Oxfam, la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano de Gabriel García Márquez y el Congreso de Periodismo Digital de Huesca. El asunto central es cómo informar sobre la desigualdad, un problema creciente en los países ricos y que en España debería ser noticia diaria. No se trata solo de hablar de pobreza, hambre, exclusión social y marginalidad, también es esencial reflexionar sobre la responsabilidad de los Gobiernos que disponen de instrumentos legales para modificar las cosas, como son las políticas fiscales y la utilización de recursos para modificar estructuras.

 

La pobreza es una forma insoportable de violencia, un fracaso de la democracia. Hablamos hace unas semanas de la importancia de la educación como instrumento de cambio. Hoy podríamos asomarnos a la responsabilidad de los periodistas y los medios en la transmisión de noticias. Si nuestro trabajo es informar de lo que pasa, buscar los contextos que explican esa realidad, no hacerlo es una forma de faltar a la esencia del periodismo. Sería una forma de mentir.

Para poder contar historias necesitamos personas dentro de las historias. Sobran las declaraciones de los políticos y las estadísticas. Contar historias de gente obliga a pisar la calle, a mancharse de polvo los zapatos y la conciencia. Si la desigualdad es un asunto que indigna a la mayoría de los españoles, ahora solo necesitamos saber contarlo para que también interese. El futuro del periodismo está en su utilidad social. Hay numerosas excepciones, pero la corriente dominante no es buena.

Las historias sobre pobreza deberían servirse de todos los géneros periodísticos que permitan acercar al lector/televidente/oyente a una realidad compleja. Eso es lo que sostiene Cristian Alarcón, director de la revista digital Anfibia, que busca el relato largo como una seña de identidad. Según él no solo debe haber personas en el relato; también territorios, temas y conflictos que permitan una mayor comprensión. Martín Caparrós, también presente en el seminario, sostiene que no se debe escribir a gusto del lector ni de las modas, hay que escribir en busca de la historia, en el registro que permite que funcione, que conmueva e informe.

Esa dimensión literaria, frecuente en el periodismo que se hace en América Latina, apenas existe en España. Numerosos medios latinoamericanos, sobre todos los nuevos que se mueven en Internet, han logrado generar una narrativa propia diferenciada de la anglosajona. Quizá sea la tradición cuentista de los escritores iberoamericanos lo que les permite transitar de la ficción a la no ficción periodística con gran facilidad. España está a años luz de las dos tradiciones aunque cuenta con excepciones extraordinarias, como Manuel Chaves Nogales, Josep Pla y un selecto etcétera.

La información debe ser un recurso contra la impunidad, ya sea en la corrupción como en la pobreza. Es una de las conclusiones del seminario. Hay una desigualdad inicial en las mismas historias que se cuentan. La mayoría pertenece a una élite periodística que informa de los problemas de la élite que solo interesan a la élite. También existe una desigualdad de voces. Nosotros contamos los problemas de los inmigrantes que tratan de llegar a Europa, pero no permitimos que sean los propios inmigrantes los que escriban su relato. Son personas sin derecho a su propia historia, sin derecho a una voz.

La crisis económica origina periodistas más pobres, pero más libres e independientes

Las guerras de Bosnia-Herzegovina, Sierra Leona o Liberia, por rescatar solo tres ejemplos, provocaron una gran intervención militar, política y económica que no logró cambiar nada. Las razones que llevaron a la guerra siguen ahí, dormidas. No hemos sido capaces de cambiar las estructuras del odio. Ni la memoria de ese mismo odio. Sucede lo mismo con la desigualdad. Una futura salida de la crisis ayudará a maquillar las cifras, a cambiar tendencias en los gráficos, pero se olvidará de las personas. Solo las intervenciones radicales sobre la estructura pueden palian la injusticia.

Hay actuaciones, nada revolucionarias, que pueden ayudar a modificar la desigualdad entre países ricos y países pobres. Un ejemplo sencillo es la llamada tasa Robin Hood. ¿Que pasaría en 10 años si se aplicara hoy?

Los cambios son posibles, solo es necesario tener la voluntad política y esta a su vez necesita de la presión periodística y de la sociedad.

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