El vídeo de la semana

A pesar de su breve levedad

La revista El Jueves se inventó hace unos cuantos años aquello de “Teníamos otras portadas…” para no privar a sus lectores de otras propuestas también sugerentes pero superadas por la que finalmente había sido elegida. Esta semana, a la hora de optar por un vídeo, por una imagen, por un fogonazo de memoria que merezca la pena, hubiera deseado poder acudir a ese recurso, pero mis posibilidades y compromiso con esta casa a la que pertenezco me limitan a una.

Era complicado, o así al menos me lo ha parecido. Porque, mirando a la actualidad inmediata, tendría que haber colocado aquí el caso de la infanta imputada pero salvada del blanqueo y quizás al presidente viajero; oteando el horizonte de la previsión más cercana, acaso el sorprendente viaje en montaña rusa con paradas, marcha atrás y brindis populares del señor Mas alrededor de la consulta de mañana en Cataluña; o de haber atendido al mayor impacto político, a la sorpresa de España y el mundo –de los nervios andan ya por el asunto JPMorgan, Merrill Lynch o Barclays- me debería ocupar de la encuesta del CIS y el imparable ascenso de Podemos; e incluso, puestos en el universo de lo más insólito aún, ese decálogo contra la corrupción de esa presidenta de Comunidad que supo como nadie rodearse de corruptos. Pero la ventana no me da para más y finalmente he tenido que optar. Aunque como han visto ustedes, por ninguna de estas posibilidades citadas. Puestos a escoger, he barrido lo previsible y me he dejado llevar por algo de historia, un poco de actualidad y algo más de emoción.

Porque en realidad la imagen que más profunda y definitivamente se me ha grabado de todo lo visto y oído por aquí es ésta del alta de Teresa con foto impagable y ejemplar en la que aparece rodeada del equipo de sanitarios que la ha tratado.

Aunque en realidad, quizá sea ésta de verdad la historia de la semana por mucha imputación de altura o miedos al futuro que nos traiga la otra crónica. Porque tras esos rostros felizmente reunidos alrededor de la superviviente española del ébola, hay una de esas historias únicas de entrega personal y cualificación profesional con su aderezo amargo de escalofriante incapacidad política por arriba. Pero sobre todo el cuadro nos regala un soplo de optimismo y esperanza real en momentos de desconcierto y desánimo que los acontecimientos más recientes no contribuyen sino a aumentar. Aquí suena otra música.

Tratada en un centro que había decidido cerrar la Comunidad de Madrid, sus médicos han tenido que abrir camino por sí mismos en una desconocida y peligrosísima selva en la que había que combinar pericia técnica y una notable intuición profesional. Iban prácticamente a ciegas y seguro que con miedo, pero consiguieron su objetivo y ahora todo lo que tenga que ver con el tratamiento presente y futuro del ébola pasará por lo que se ha hecho en el Carlos III de Madrid.

Ese grupo de gente que rodea a Teresa es el contrapunto de realidad al invento oficial de Marca EspañaMarca España. Su solvencia profesional, como la de los miles de sanitarios que han tenido que salir fuera en los últimos años, es en esta semana, si alguien quiere verlo, la pantalla de esa realidad de la que aquí he hablado en más de una ocasión de talento profesional, capacidad y energía creativa que contrasta con la basura que arroja la actualidad de cada día, incluida esa que se alterna con el transporte de inmigrantes en la lamentable foto de Maspalomas.

Hay en España fuerza y talento en la medicina, pero también en la educación, en la ciencia, en la empresa, en la universidad, en la comunicación…incluso en la política. Lo que sucede es que en los últimos años y de forma criminalmente irresponsable se han ido cortando sus alas.

Ese es el problema de fondo hoy en España, por el que pagaremos factura tarde o temprano y no sólo los responsables del desaguisado.

Porque aun reconociendo –y es mucho reconocer– que la obsesión por el déficit y las políticas de ajuste hubieran conseguido reorientar la brutalidad del ciclo crítico, nadie me va a sacar de la idea de que el precio ha sido hipotecar el futuro a medio y largo plazo con todos esos recortes en músculos vitales de nuestro cuerpo social colectivo.

Con todo, hay esperanza. La calle responde cuando se le aprieta y en España no lo ha hecho con protestas violentas o movilizaciones constantes. Aquí lo están haciendo de forma individual los que en todos esos territorios recortados hacen su trabajo cada día lo mejor que pueden por fé y vocación de servicio, y de forma colectiva, una ciudadanía que avisa ya a los políticos ciegos de que está deseando acabar con su hegemonía de décadas, de siglos quizá si uno lo mira con cierta perspectiva histórica.

Es, creo, el regalo de esta imagen: el triunfo de la voluntad y el oficio, de la determinación y el coraje. Un poco de esperanza y autoestima, acaso una ventana de aire fresco ante tanta mediocridad reinante.

Bienvenida, a pesar de su leve brevedad.

De rotonda, a siniestro y doloroso sumidero

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