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Qué ven mis ojos

Todos estamos en el mismo barco, pero algunos sólo para provocar un motín

Benjamín Prado

“Feliz es quien logra disfrutar de lo que tiene sin dejar de luchar por lo que desea”

La próxima vez que nos veamos ya será agosto, el tiempo de la felicidad y el descanso, la época de la alegría para tantas personas y de los buenos negocios para el turismo. Pero no será así este año, porque nada es igual bajo la amenaza del coronavirus y con el cielo lleno de espadas de Damocles en lugar de estrellas. En un abrir y cerrar de ojos, la realidad se ha vuelto irreconocible, en lugar de cambiar de mes hemos cambiado de era y todo es otra cosa, desde las relaciones personales, llenas de abrazos prohibidos, mascarillas quirúrgicas y desconfianza, hasta el lenguaje, que siempre es el primero en adaptarse a lo nuevo e incluso a lo desconocido: ahora cuando hablamos de una nueva ola ya no hablamos del mar sino de un recrudecimiento de la pandemia. Vivimos con ese miedo en el cuerpo, por lo que dicen ya las cifras sanitarias y por lo que nos advierten que pueda pasar en otoño tanto en los hospitales como en los trabajos. Mala cosa cuando van mal a la vez la salud y la economía.

Con este panorama, cualquiera se atreve a desearle a nadie unas felices vacaciones. Y sin embargo es lo mejor que podríamos hacer, buscarle sitio al descanso en medio de la preocupación, tratar de disfrutar sin ponernos en riesgo, con toda la prudencia del mundo, pero con el propósito firme de rebajar la tensión en la que estamos atrapados como en unas arenas movedizas, porque si va a haber un septiembre en el que necesitemos usar las pilas que hayamos podido recargar el verano, sin duda va a ser éste. Mientras quienes puedan permitírselo hacen un paréntesis, las y los científicos no descansarán, los laboratorios de todo el planeta seguirán con la luz encendida día y noche y si no tenemos demasiada mala suerte alguna de las cinco vacunas que ya entran en la tercera fase, la última de los ensayos clínicos, será la que nos salve. No lo hará en un abrir y cerrar de ojos, porque se necesitan ocho mil millones de dosis y eso no se moviliza tan rápido, pero esto es una enfermedad altamente contagiosa, no sirve de nada proteger a los tuyos y cerrar la puerta, la única forma de plantarle cara al virus es no dándole la espalda a nadie, inmunizando a todos.

El verbo privatizar siempre acaba con alguien en el cementerio

El verbo privatizar siempre acaba con alguien en el cementerio

El reposo es un buen aliado de la meditación y sería fantástico si pudiéramos utilizarlo para reflexionar sobre el camino por el que íbamos. ¿Era el mejor? ¿Era el más justo? ¿Lo que ha ocurrido, por poner un ejemplo doloroso, en las residencias geriátricas no merece que nos preguntemos si lo estábamos haciendo bien con nuestros mayores o habíamos creado unas sociedades despiadadas donde quien deja de producir empieza a sobrar? O si quieren otro: ¿Peleamos lo suficiente contra los privatizadores de la Sanidad pública o se los justificó desde la prensa orgánica y parte de la ciudadanía avaló con sus votos a los saqueadores de nuestros derechos esenciales y entre ellos el más esencial, que es el derecho a la vida? Tenemos una cuenta atrás de treinta días para pensar en todo eso, para que nuestros políticos de todo signo aprovechen esta oportunidad única de recordar que su obligación es, antes que nada, proteger a su país y sus habitantes, asegurar una cobertura médica universal y equitativa, fortalecer las plantillas y las dotaciones de material de nuestros ambulatorios y sanatorios y controlar en qué manos está la tercera edad. Eso no debería tener absolutamente nada que ver con la ideología ni con las banderas, porque es el abecé de la democracia y la esencia de lo que alguna vez se llamó Estado del bienestar. Que las diferencias, comprensibles, legítimas y sanas, estén en otros terrenos, pero no en ese. Quizá también podrían aprovechar esta pausa ciertos medios de comunicación, esos a los que, por ejemplo, les cuesta Dios y ayuda condenar el acoso sistemático que sufren el vicepresidente Iglesias, la ministra Montero y sus hijos en su casa o que un grupo de vándalos insulte a la ministra de Trabajo y zarandee el coche en el que iba también con su hija. ¿Como los tres son de Unidas Podemos vale todo en su contra? ¿El titular razonable es el que censura que las fuerzas del orden los protejan? ¿De verdad se puede tolerar o es siquiera matizable que esos niños, los de los tres miembros del Gobierno en cuestión, sufran ese miedo, esa agresión? A mí, lo confieso, me da miedo de cualquiera que pueda responder que sí a esta última pregunta.

España está en un momento difícil y vendrán otros complicados, porque el peligro acecha, la solución está en marcha pero aún no está aquí y los desperfectos serán laboriosos de reparar. Un gran país se crece ante las dificultades, y el nuestro lo es, sin ningún género de duda, aunque podría serlo aún más si hasta los más egoístas comprendieran que de esta sólo se puede salir juntos, no tirando cada cual hacia su lado y en beneficio de sus intereses, una receta que será una obviedad pero que debe serlo también en la práctica. Cuidado con los que dicen que todos estamos en el mismo barco pero no que ellos sólo están a bordo para provocar un motín.

Feliz verano a todas y todos, aunque sea contra viento y marea.

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