Ideas Propias

Equidistancia es un lugar

Miguel Lorente Ideas Propias

Una de las ventajas que tienen el conservadurismo y el machismo es la capacidad de situar el debate allí donde les interesa gracias a todos sus instrumentos de poder formal e informal, los cuales juegan con tres elementos clave para hacer creíble su mensaje. Por un lado, utilizan la normalidad existente como marco de significado para que todo sea interpretado según las referencias presentes; por otro, cuentan con toda una serie de vías de difusión que hacen llegar el mensaje a cualquier rincón, y, en tercer lugar, consiguen presentar las alternativas a su modelo como un ataque o amenaza general.

De ese modo es fácil que cualquier lema o estrategia resulte práctico, puesto que al final lo que viene a decir es que lo que tenemos es lo bueno y que cualquier cambio será un caos. Es lo que hemos visto cuando en una campaña electoral se utilizan carteles con mensajes racistas cargados de odio y violencia, y se considera como algo “normal”. De alguna manera, se ha pasado de jugar con la nostalgia del “cualquier tiempo pasado fue mejor” al peligro de “cualquier tiempo futuro puede ser peor”.

Esa diferencia es la que ha llevado a que la normalidad de antes se mantuviera sobre una idea de neutralidad basada en la pasividad, y ahora haya pasado a una reacción que exige posicionarse de forma objetiva. Las razones de ese cambio son diferentes, pero en la esencia de todas ellas está en el proceso transformador de las referencias culturales que ha generado el feminismo, el cual ha actuado como una especie de “test de estrés” que ha hecho que la estrategia conservadora y machista adquiera diferentes intensidades, hasta el punto de haber dado lugar a la aparición diferenciada de la ultraderecha y a la deriva de la derecha tradicional hacia posiciones más extremas.

Antes se jugaba con la pasividad de la negación y bastaba con decir un “yo no soy machista” o un “yo no soy fascista” para que se aceptara que quien lo decía formaba parte de la normalidad imperante identificada como neutralidad, cuando en verdad venía definida por las ideas y valores tradicionales, o sea, conservadoras y machistas.

Los cambios sociales a favor de la igualdad y el debilitamiento de sus referencias han llevado a que tengan que posicionarse de forma activa, pero intentando al mismo tiempo mantener su modelo como referencia común, y de esa manera mostrar cualquier alternativa como desorden social. Para conseguirlo necesitan seguir jugando con la idea de neutralidad, pero en este caso bajo la referencia de la equidistancia. Esta equidistancia significa posicionarse en un lugar concreto, nada de enunciados generales como ocurría antes; ahora se exige situar las picas y banderas en determinados espacios para reivindicar que ese territorio les pertenece, aunque al mismo tiempo mantienen la apariencia de neutralidad.

De ese modo la equidistancia se normaliza como neutralidad utilizando una teórica contraposición con frases como “yo no soy machista ni feminista”, o “yo no soy de izquierdas ni de derechas”, o en momentos más álgidos “yo no soy fascista ni comunista”. Así transmiten una sensación de sosiego y tranquilidad que funciona como una defensa de lo existente, que son las referencias machistas y conservadoras. Porque cuando alguien dice “yo no soy machista ni feminista” lo que hace es defender la normalidad machista existente, lo mismo que cuando dice “yo no soy de izquierdas ni de derechas” defiende las referencias conservadoras presentes en la normalidad reinante.

Al plantear sus propuestas políticas desde esas posiciones aparentemente equidistantes, lo que hacen es situar la equidistancia como parte de su posición política para que un sector de la sociedad que se identifica con esas ideas basadas en la normalidad se perciba a sí mismo cómo neutral en esa equidistancia, y no se vea “machista ni feminista”, “ni de derechas ni de izquierdas”, y mucho menos “fascista o comunista”, aunque en realidad esté formando parte de la normalidad definida sobre las referencias tradicionales.

Esta estrategia es la que marca la realidad en el momento actual, y la que la lupa de una campaña electoral, como ha ocurrido ahora en Madrid, ha puesto de manifiesto. Las palabras de Isabel Díaz Ayuso y de Pablo Casado son muy gráficas cuando, por ejemplo, dicen que hablar de los problemas que sufren las mujeres por la desigualdad, la discriminación y la violencia de género, es “enfrentar a las personas por sexo y por género”, o cuando abordar los problemas que sufren quienes viven en los barrios donde habitan las inequidades, es “enfrentarlas por barrios”.

La equidistancia es un lugar, no es un enunciado, y está situado en el territorio de la realidad y su normalidad, y, por tanto, localizado en el terreno machista y conservador. Si no se hace nada para cambiar esa realidad definida por la injusticia social de la desigualdad y las inequidades, se está haciendo para que continúe como tal con todas sus consecuencias.

No hay equidistancia como no hay neutralidad para la injusticia social. La desigualdad no es una distopía lejana ni ajena, es parte de la realidad que debemos transformar.

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Miguel Lorente Acosta es médico y profesor en la Universidad de Granada y fue delegado del Gobierno para la violencia de género.

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