Rosalía, además de su música, nos ha dejado una interesante reflexión sobre la esencia que hay detrás de la feminidad y, por tanto, sobre lo que también esconde la masculinidad.

Rosalía explica el título de su disco Motomami por la asociación que hizo entre la afición rompedora de su madre y su abuela por las motos, con el significado de la palabra “moto” en japonés, que es “duro”. “Motomami”, nos dice Rosalía, es “mujer, fortaleza, madre, abuela y amar las motos”. Una idea que plasma en la imagen de la portada al representar una venus de Botticelli con un casco de motociclismo.

Si trasladamos ese nombre a los hombres nos encontraríamos con Motopapi' como construcción de la fortaleza sobre la que asienta su poder, una construcción que no depende de sus aficiones, porque ellos pueden disfrutar de cualquiera, si se tratara de identificarlos en ese sentido tendríamos que llamarlos “Todopapis”, por lo que sólo nos interesa esa referencia a “moto” como “duro”.

¿Cuál es la esencia del poder masculino?

El poder es un elemento relacional, se tiene poder en relación a alguien y a algo, y ese poder objetivo puede cambiar y traducirse en debilidad si se modifican los actores y circunstancias.

El poder de los hombres se ha levantado sobre el uso de la fuerza, y lo han tenido fácil. Las características de su cuerpo y la toma de conciencia de todo lo que se podía conseguir con él, permitieron organizar la convivencia desde el principio bajo esa referencia. De manera que la fuerza física les dio el poder, y luego el poder les dio la fuerza para determinar la realidad y el papel de hombres y mujeres, de forma que todo transcurriera dentro de una normalidad que no requiriera el uso de la fuerza física a cada instante.

Las mujeres y su identidad se han construido sobre esa “debilidad” en contraste con la fuerza masculina, y por ello han tenido que desarrollar mecanismos de protección ante los riesgos que acompañan a esa “fragilidad” impuesta

Así crearon las “identidades por contraste” para que ser hombre fuera esencialmente “no ser mujer”, y para que ser mujer fuese “no poder ser hombre”, porque a diferencia de los hombres, que no querían perder sus privilegios y, en consecuencia, no tenían voluntad de acercarse a lo femenino; en las mujeres la conciencia de injusticia sí las llevaba a querer ocupar posiciones masculinas, por eso su identidad se construye sobre la idea de los límites y de no poder ser hombres” en cuanto al desempeño de funciones. Todo se articula sobre ese mandato, desde lo personal a lo social, y desde la normativa discriminatoria al uso de la violencia de género bajo la idea de normalidad. Todo para que no alcanzaran las posiciones masculinas y evitar la doble consecuencia que supondría hacerlo: primero, ocupar espacios de poder desde los que podrían influir en la determinación de la realidad, y segundo, obligar a los hombres a cambiar de referencias sobre su identidad, puesto que si ellas hacen lo de los hombres estos tienen que cambiar para no hacer ni ser mujeres a la hora de ser reconocidos.

Las mujeres y su identidad se han construido sobre esa “debilidad” en contraste con la fuerza masculina, y por ello han tenido que desarrollar mecanismos de protección ante los riesgos que acompañan a esa “fragilidad” impuesta, tal y como refleja la portada del disco “Motomami”.

Y si esto es así sobre la esencia del poder masculino, ¿cuál es la esencia del poder femenino?

El poder se ha definido de múltiples formas, pero hay una muy gráfica y cercana a lo que es su plasmación en el día a día, a la que se refería José Antonio Marina, y que lo presenta como la “capacidad de influir, de premiar y de castigar”. Con estos elementos se pueden imponer las referencias deseadas bajo la influencia de un determinado orden definido por el poder, y a partir de ahí recompensar a quienes las sigan y castigar a quienes no lo hagan.

El poder masculino cuenta con la cultura para hacer su trabajo, un poder que lo abarca todo y que hace muy difícil un poder alternativo, sobre todo por parte de las mujeres, puesto que el poder masculino se ha levantado sobre ellas para someterlas a sus roles, funciones y decisiones de los hombres.

Pero la situación ha cambiado gracias al feminismo, y ahora el poder de las mujeres se ha construido sobre la “conciencia de no-poder”, de vivir una opresión injusta levantada sobre la desigualdad inventada por los hombres que decidieron que sus características, especialmente la fuerza física, eran las que debían definir la realidad, y con ella sustituir la masa cerebral por la masa muscular. Y esa “conciencia de no-poder” es la que les da poder a las mujeres y la que ha permitido romper las “cadenas culturales” para que haya muchas “Motomamis” que vivan una libertad incondicional.

La conciencia de injusticia social es la que ha llevado a las mujeres a entender que su vulnerabilidad no estaba en su condición, sino en la amenaza que los hombres han puesto alrededor de ellas, con una violencia de género que actúa como policía de la moral para recordarles cuál es su lugar y cuál no, y que lo hace tanto en el espacio privado a través de las agresiones en las relaciones de pareja, como en el espacio público por medio de la violencia sexual.

Pero el poder de las mujeres no busca la opresión ni la sumisión de los hombres, sino romper con esas referencias para alcanzar una convivencia en igualdad. No llama a las armas, sino a las almas para que las personas se impliquen en este proceso de transformación social. Hoy su poder está en la acción y en la reivindicación para transformar la sociedad.

Por dicha razón, al igual que las “Motomamis” sacaban su fortaleza para traspasar los límites, ahora los 'Motopapis', esos hombres duros, rígidos e inflexibles que imponen su visión social y la desigualdad como argumento para mantener sus privilegios, también sacan todo lo “duro” que llevan dentro para seguir siendo hombres y mantener los límites y su mundo a través del abuso de poder. Las consecuencias son objetivas, al comparar los dos últimos informes de Homicidio global de Naciones Unidas, el de 2013 y el de 2019, se observa que en un tiempo en el que la igualdad avanza de manera global, los homicidios de mujeres en el contexto de las relaciones de pareja y familiares han aumentado un 14,9%, y suponen que cada año 50.000 mujeres sean asesinadas en el planeta por esta expresión de la violencia de género, o lo que es lo mismo, que 50.000 hombres las asesinen en sus hogares.

Son los 'Motopapis', hombres tan duros y dispuestos a mantener su “ley y orden” que no dudan en hacerlo a través de la violencia.

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