Antonio Gramsci no hablaba de cultura como un adorno, sino como un campo de poder. Quien controla el sentido común controla, en gran medida, la realidad política. La hegemonía cultural no consiste en prohibir ideas, sino en algo más eficaz: hacer que ciertas ideas ni siquiera se cuestionen.
Ese es el núcleo del problema. No se trata de que la ciudadanía acepte un sistema bajo amenaza, sino de que lo perciba como lógico, inevitable o incluso deseable. Cuando eso ocurre, el conflicto desaparece de la superficie, pero no porque haya sido resuelto, sino porque ha sido neutralizado.
Hoy, esa hegemonía ya no se construye únicamente desde las instituciones clásicas. Ha mutado. Se infiltra en los algoritmos, en los formatos virales, en la estética dominante, en los marcos emocionales con los que interpretamos el mundo. No hace falta un gran relato único: basta con imponer los límites de lo pensable.
En el siglo XXI, la batalla cultural no se libra solo en editoriales o parlamentos, sino en timelines, tendencias y métricas. La supuesta democratización digital ha ampliado las voces, pero no ha redistribuido el poder. Las grandes plataformas organizan la visibilidad, jerarquizan discursos y premian determinadas formas de expresión —rápidas, polarizadas, simplificadas— que favorecen ciertos marcos ideológicos frente a otros.
La hegemonía contemporánea no necesita convencer a todos. Le basta con saturar, fragmentar y desgastar. En ese ruido constante, el pensamiento crítico pierde terreno y el sentido común se reconfigura sin apenas resistencia.
El “sentido común” según Vox
En este escenario, la extrema derecha ha entendido muy bien la importancia de la batalla cultural, y en España Vox es un ejemplo paradigmático de ese proyecto. Cuando sus dirigentes se presentan como el partido del “sentido común” y repiten la fórmula en mítines, debates televisivos y campañas en redes, no están apelando a una neutralidad razonable, sino intentando blindar su propia hegemonía cultural: un proyecto que convierte el nacionalismo español centralista y los valores tradicionales conservadores en la única norma legítima.
Vox intenta hacer pasar a las minorías por dominantes y a los sectores privilegiados por víctimas
Esa operación se acompaña de una inversión deliberada del relato: a través de la insistencia en la “Agenda España”, el “marxismo cultural” o la “ideología de género”, Vox intenta hacer pasar a las minorías por dominantes y a los sectores privilegiados por víctimas. Lo que se cuestiona ya no es el poder real que se ejerce, sino la mera existencia de discursos feministas, antifascistas, plurinacionales o ecologistas, presentados como una ofensiva contra la “gente normal”.
La política cultural de Vox
La política cultural de Vox no busca ampliar libertades ni diversidad, sino homogeneizar. Allí donde ha tenido influencia institucional, ha priorizado la tauromaquia como seña identitaria excluyente, ha promovido actos y símbolos ligados a una lectura nostálgica del Imperio español y ha apoyado iniciativas que recortan apoyo a proyectos culturales críticos, feministas o de memoria democrática.
La educación y la cultura se conciben como trincheras: se cuestionan contenidos escolares sobre violencia machista o memoria histórica, se estigmatiza a artistas y programaciones con discurso crítico, se denuncia cualquier avance en políticas de igualdad como “adoctrinamiento”. La cultura se utiliza así como arma de guerra cultural para imponer un imaginario único de nación, género y tradición, en línea con las estrategias de otras fuerzas de extrema derecha europeas y con los movimientos reaccionarios surgidos en Estados Unidos.
Su retórica contra la “corrección política” y el “marxismo cultural” no es una defensa genuina de la libertad de expresión, sino un intento de legitimar mensajes de odio mientras se empuja hacia la censura o la deslegitimación social de expresiones artísticas y pedagógicas que incomodan su proyecto de sociedad. Se busca que lo reaccionario parezca sentido común y que lo igualitario parezca radicalismo.
La gran ilusión de nuestro tiempo es creer que la neutralidad existe
¿Cómo disputar esa hegemonía?
Frente a este proyecto, la respuesta no puede ser ingenua ni puramente defensiva. Combatir la hegemonía cultural exige asumir que estamos ante un conflicto político de largo alcance.
En primer lugar, hay que disputar el lenguaje. Las palabras no son neutrales: delimitan lo que se puede pensar. Cuando Vox consigue que “libertad” signifique desregulación ilimitada, que “seguridad” signifique endurecimiento punitivo sin abordar causas estructurales, o que “sentido común” signifique negar derechos a migrantes, mujeres o personas LGTBI, ha movido el marco entero de la discusión. Ceder esos significados es ceder el terreno antes de empezar.
En segundo lugar, es imprescindible ocupar los espacios donde hoy se produce el sentido. No basta con tener razón en análisis que circulan sólo entre convencidos. La batalla se libra también en vídeos breves, en hilos de redes, en formatos muy accesibles. Si la extrema derecha ha aprendido a convertir memes, clips y consignas en dispositivos de hegemonía cultural, la respuesta democrática necesita apostar por narrativas igual de eficaces en lo formal, pero radicalmente diferentes en lo ético y político.
En tercer lugar, hay que construir alternativa, no sólo crítica. Desmontar los marcos de Vox es necesario, pero insuficiente. Sin un horizonte propio —sin un relato que articule otra forma de vivir, de relacionarse, de entender lo común y de cuidar la diversidad— toda oposición queda atrapada en la reacción permanente. La cultura progresista necesita ofrecer imágenes deseables de futuro, no sólo advertencias sobre los riesgos del presente.
Conviene recordar algo que Gramsci tenía claro: la hegemonía no es un evento, es un proceso. Se construye día a día, en lo visible y en lo invisible. En las instituciones, sí, pero también en las conversaciones, en los patios de colegio, en los programas de entretenimiento, en las prácticas editoriales y en las decisiones de programación cultural local.
La gran ilusión de nuestro tiempo es creer que la neutralidad existe. No existe. Siempre hay una visión del mundo imponiéndose, aunque no se nombre como tal. La pregunta no es si hay hegemonía cultural, sino quién la ejerce y con qué proyecto de sociedad. La extrema derecha lo ha entendido y actúa en consecuencia, desde los eslóganes hasta las leyes. Si quienes defienden una sociedad más justa, plural y democrática renuncian a disputar ese terreno, no se sitúan fuera de la batalla: simplemente aceptan que el “sentido común” lo definan otros.
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José González Arenas es secretario de Medio Ambiente del PSOE de Córdoba.
Antonio Gramsci no hablaba de cultura como un adorno, sino como un campo de poder. Quien controla el sentido común controla, en gran medida, la realidad política. La hegemonía cultural no consiste en prohibir ideas, sino en algo más eficaz: hacer que ciertas ideas ni siquiera se cuestionen.