Boxeo sobre hielo Víctor Guillot
De un tiempo a esta parte, tanto el mundo académico como las consultoras privadas vienen produciendo una serie de encuestas y estudios sociológicos que constatan la progresiva radicalización política de la juventud hacia la derecha. No abundan, sin embargo, las disquisiciones sobre las causas del fenómeno, lo que permite que circulen por el debate público toda clase de lecturas interesadas o explicaciones peregrinas del mismo, ofuscando sus verdaderas razones y dificultando el análisis previo a la obtención de conclusiones. En otras palabras: con tanto ruido, resulta imposible escuchar la música que marca el signo de los tiempos.
Sin ser este espacio para señalar el origen del problema, pues eso requeriría de un ensayo bien extenso, baste con invitar aquí a la reflexión, a hacer un alto en el camino para comprobar en qué punto del mapa nos encontramos y qué senderos convendría transitar a partir de ahora. En este sentido, nunca está de más recordar que la juventud, al menos en la Europa occidental, nunca ha sido una gran aliada de la democracia liberal, sino más bien una fuerza opositora, contestataria y ocasionalmente revolucionaria. Al fin y al cabo, todo gran cambio político suele venir acompañado de la exaltación de las pasiones para alcanzar el tan ansiado triunfo, de ahí que los jóvenes sean más receptivos a mensajes de tono belicoso que a sosegados discursos parlamentarios, aunque estos últimos brillen también hoy por su ausencia.
Resulta, no obstante, un tanto paternalista acusar a las últimas generaciones de indiferencia o escasez de juicio crítico para culparlas del auge de la extrema derecha, omitiendo otros muchos factores que ayudarían a explicarlo con más tino. Si las tradicionales clases medias acomodadas (profesionales liberales y equivalentes) continúan siendo el principal sostén del sistema democrático, es lógico que este se tambalee al restringir el acceso de los jóvenes a este estatus por medio de la precariedad laboral, la gentrificación y demás efectos adversos de la globalización. Surge entonces la frustración que, convertida en ira, puede suponer otro importante motor de cambio hasta el punto de preferir la ausencia de plan a la prolongación del ahora vigente (acuérdense de El club de la lucha, una película que muchos creyeron atrevida y revolucionaria cuando no era más que una efectista diatriba en contra de todo y en defensa de nada).
La ira es una opción irresistible para infinidad de jóvenes, pero no es la única con capacidad de canalizar la frustración. Queda la esperanza y, con ella, el sinfín de conquistas sociales por las que luchar
No es necesaria demasiada perspicacia para intuir que en esto está la extrema derecha, en canalizar la frustración a través de la organización del descontento para subvertir la democracia liberal en virtud de un nuevo mundo regido por un individualismo atroz. Se trata de embarrar el terreno de juego, de confundirlo todo para que surja el caos que otorgue a este movimiento la oportunidad perfecta para alcanzar el poder en su sentido más amplio. Ahora bien, ¿por qué el caos resulta más atractivo que la democracia liberal para buena parte de la juventud? ¿No estaremos habitando ya ese caos del que surgirá el inevitable nuevo orden?
Dando por hecho que las narrativas históricas no son más que pretenciosos intentos de simplificar el desquiciado, errático e imprevisible rumbo de la historia, no podemos obviar su enorme impacto en la percepción que la ciudadanía tiene del tiempo y el lugar que le ha tocado vivir. El relato aún imperante, el de la modernidad liberal, tiene la ventaja de haberse difundido por toda clase de canales culturales que han dado forma a la idea que los jóvenes aún tenemos de nuestro pasado y a las expectativas que depositamos en el futuro. En esto último está el origen de la frustración, en las expectativas truncadas, en los sueños perdidos, en la vivienda que no podrás comprar, en la familia que no podrás formar, en el trabajo mal pagado al que te deberás resignar o en la salud que no tendrás por la progresiva degradación de los servicios públicos.
Frente a esto, la ira es una opción irresistible para infinidad de jóvenes, pero no es la única con capacidad de canalizar la frustración. Queda la esperanza y, con ella, el sinfín de conquistas sociales por las que luchar. Solo falta que quien tenga la capacidad de activarla esté dispuesto a hacerlo para que la juventud pueda seguirlo en la mejor causa que existe, la del progreso de la sociedad.
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Marcos Caballero de Mingo es politólogo y analista de la Fundación Alternativas.
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