Irán: tortuoso camino hacia la dignidad

Dicen que las calles de Teherán huelen a sangre: la sangre de los manifestantes asesinados por este régimen brutal.

Hasta la fecha de este artículo, el país lleva más de 240 horas de apagón digital, una flagrante violación del derecho a la libertad de expresión y al acceso a la información. Es una estrategia intencionada por parte de un régimen teocrático acorralado y desesperado por sobrevivir a cualquier precio, en contra de su población, agotada, con poco que perder y mucho que ganar.

Las revueltas iniciadas en el Gran Bazar de Teherán fueron el detonante para que afloraran toda la rabia y el hartazgo de una sociedad contenida por décadas de represión sistemática. Se unieron universitarios/as, trabajadores, mujeres, jóvenes y minorías étnicas, ahondando aún más la brecha entre la mayoría de la población y la clase dirigente.

Son décadas de corrupción estructural, de encarecimiento del coste de la vida, devaluación constante de la moneda y opresión sistemática, sobre todo contra las mujeres. Todo ello, agravado por sanciones internacionales, que, lejos de debilitar al régimen, no han hecho más que empobrecer a la población. A todo ello, una gestión económica nefasta, basada en la expansión de la influencia regional antes que en el bienestar de su población. 

En una tierra rebosante de petróleo y gas, la inflación ronda el 50-60% anual y la mayoría de las familias iraníes apenas puede cubrir sus necesidades básicas. Los beneficios generados por la explotación de los recursos no revierten en la mejora de las condiciones de vida de la población. En cambio, una parte importante de dichos recursos se ha destinado al ambicioso programa nuclear y a financiar los proxy que no han hecho más que desestabilizar la zona. 

El ansia de supervivencia y miedo de este régimen despiadado es tal que ha llegado incluso a realizar redadas en hospitales para rematar a los heridos de las manifestacione

Mientras, se ha ejercido una discriminación sistemática contra mujeres, minorías étnicas y religiosas, que se suma a la destrucción medioambiental, que condena a los jóvenes a ninguna esperanza sobre su futuro. Y la respuesta del régimen a estas demandas por una vida digna ha sido la de siempre: violencia, detenciones arbitrarias, muerte y aislamiento digital. 

Este nuevo ciclo de protestas muestra que el problema no es coyuntural, y conecta con la larga lucha del pueblo iraní, reflejando la fragilidad y la pérdida continuada de legitimidad del régimen, que solo sabe recurrir a la represión, sin dar solución a tanta miseria, a tanta humillación acumulada. Ya no bastan algunas concesiones ni tímidas reformas. El pueblo exige el derrumbe de este sistema.  

Para reprimir sin testigos y eludir rendir cuentas de sus atrocidades, desde el ocho de enero, el régimen ha cortado Internet, las líneas móviles y la telefonía fija. Desde entonces, los pocos videos que llegan –por VPN, Starlink o gracias a personas que han cruzado literalmente a pie la frontera con Turquía– muestran un país en llamas, donde manifestantes desarmados son masacrados por quien debería velar por su integridad. 

Puede que nunca se llegue a conocer y verificar la cifra real –algunas fuentes hablan de más de 16.000–, pero incluso si solo una persona hubiera sido asesinada por expresar su opinión, debería avergonzarnos como sociedad civil. El ansia de supervivencia y miedo de este régimen despiadado es tal que ha llegado incluso a realizar redadas en hospitales para rematar a los heridos de las manifestaciones e intimidar al personal sanitario para que no cumpla su juramento hipocrático. 

Desgraciadamente, el régimen iraní cuenta con una estructura coercitiva y de seguridad muy cohesionada. Los Guardianes de la Revolución y las milicias paramilitares Basij juegan un papel fundamental en la represión interna y tienen importantes intereses en casi todos los sectores estratégicos del país –financiero, armamentístico, industrial, económico y político–, en estrecha alianza con los clérigos. Esta acumulación de poder y riqueza parece no tener límites, protegida por una maquinaria represiva que le garantiza su impunidad y ha sido reforzada por el uso creciente de combatientes de grupos proxy de origen afgano e iraquí para sofocar las revueltas.  

La cuestión principal es hasta qué punto puede ampliarse la brecha ya existente entre el pueblo y el régimen, y cuánto tiempo más podrá sostenerse el pulso entre una sociedad que demanda libertad y un sistema basado en el control coercitivo. Esta tensión puede desestabilizar el régimen, aunque por ahora, tristemente, no parece que haya indicios claros; pero no debemos olvidar que Irán ha demostrado ser inmune a las teorías convencionales y todo desenlace puede ser posible.

Los mensajes del presidente Trump y de su homólogo israelí son usados por el régimen para desplegar su narrativa habitual de la injerencia extranjera

A pesar de la heterogeneidad ideológica y social de la población, existe un consenso uniforme, amplio y transversal: el rechazo casi unánime a este régimen autoritario. Las alternativas de cambio de régimen oscilan entre una oposición interna fragmentada y debilitada por décadas de represión –con muchos de sus líderes encarcelados o silenciados– y una oposición en el exilio también dividida, en la que destaca la figura de Reza Pahlavi, hijo del último Sha, como posible catalizador del descontento social y que parece tener una aceptación significativa entre los manifestantes. 

Y a este complejo escenario se suman múltiples variables internas, tales como una eventual toma del poder por parte de la Guardia Revolucionaria o una transición pactada desde el propio régimen, para perpetuarse en el poder a cambio de ciertas concesiones limitadas y controladas. 

Todo ello está atravesado, además, por cálculos geoestratégicos y por la amenaza externa. Los mensajes del presidente Trump y de su homólogo israelí son usados por el régimen para desplegar su narrativa habitual de la injerencia extranjera, recurso recurrente para generar cohesión interna y deslegitimar a la oposición interior.

Es indudable, por lo tanto, que nos encontramos ante un momento potencialmente decisivo en la historia de este país fascinante, cuya población valiente y resiliente no merece sufrir un día más esta represión brutal. Una población que aspira legítimamente a convertirse en protagonista de su propio futuro, en un horizonte de dignidad y libertad. 

Se trata de un anhelo profundo de dignidad humana, de una necesidad vital imperiosa, pese al alto precio a pagar que implica lograrlo.

Por ello, debemos seguir exigiendo la defensa de los derechos humanos y la justicia, que los responsables de estas atrocidades sean juzgados, con todas las garantías legales que ellos mismos niegan a su población. 

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Anahita Nassir es politóloga hispano-iraní y colaboradora de la Fundación Alternativas.

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