Los hombres primero Miguel Lorente Acosta
He contado esta anécdota en varias ocasiones y creo que viene muy bien para enmarcar mi objetivo en esta tribuna de opinión. Irán viendo que tal objetivo parece sencillo, pero casi al mismo tiempo se percatarán de que no lo es tanto. Fui director general de Salud Pública en Asturias durante la pandemia de COVID-19. Mis tareas fueron múltiples y diversas durante aquel tiempo. Aunque llevaba muchos años trabajando en la Consejería de Sanidad, apenas había tenido contacto con la “parte política” ni con la “parte legislativa” de nuestra comunidad autónoma y desconocía bastante, mea culpa, el funcionamiento parlamentario. En un momento de aquellos meses de 2020, nuestro consejero de Sanidad, con muy buen criterio, decidió mantener reuniones periódicas con los representantes de los diferentes grupos parlamentarios en la Junta General del Principado, para informarles de la situación de la pandemia. No había actividad de comisiones, así que debía de ser verano.
Recuerdo el buen tono y actitud de todos los diputados y diputadas que participaban en aquellas reuniones. Imperaba una visión crítica y reflexiva, a menudo firme, pero siempre con un tono amable, constructivo y propositivo. Yo andaba fatigado por miles de reuniones técnicas a todos los niveles, por la gestión de protocolos, y por la organización de una dirección, tarea para la que contábamos con muy pocos medios; e insisto: desconocía casi totalmente la arquitectura de nuestro parlamento asturiano. En la siguiente reunión con los grupos ya no estábamos a puerta cerrada; era en otra sala, en una reunión de la comisión de sanidad. Me acuerdo de que, cuando empezó a hablar una de las representantes de los grupos parlamentarios, levanté la cabeza, sorprendido: ¿Qué ha pasado? ¿Ha ocurrido algo hoy en la pandemia de lo que no tengo información?
Necesitamos acuerdos básicos de responsabilidad institucional
El tono de todos los intervinientes fue totalmente diferente. Con gradaciones diversas, pero totalmente diferente. ¿Por qué hablan hoy así todos, tan raro? ¿Qué está pasando hoy?, me preguntaba, ingenuo y triste de mí. Levanté la cabeza y me di cuenta de que esto ya no era una reunión interna, de que había cámaras, se grababa todo y había medios detrás de los cristales tomando notas de la reunión. Ese fue el clima en prácticamente todas las comparecencias parlamentarias en las que participé a partir de entonces. De hecho, recuerdo que, en una de ellas, un diputado habló de la improvisación desde Salud Pública. El diputado, además, no era de un grupo diametralmente opuesto al Gobierno. Al finalizar la sesión, muy cabreado, y terriblemente cansado por todos los meses de 24 horas que llevábamos encima, le dije que lo propio era acusarnos de hacer las cosas mal o bien, que, por supuesto, nos podríamos equivocar en algunas decisiones, pero que le aseguraba que no improvisábamos. Al lado nuestro, un miembro de nuestro gobierno bromeó, trató de quitar hierro y dijo que eso formaba parte de la escenografía política. No dije nada. Pero lo que quizás tenía que haber dicho entonces, lo que quise decir en aquel momento y me callé es lo siguiente:
Determinadas situaciones, especialmente las relacionadas con la salud pública, no deberían utilizarse para obtener rédito político. Ni por una parte ni por otra. El único rédito legítimo ante una posible crisis sanitaria debería ser la capacidad colectiva de proteger a la población, actuar con responsabilidad y construir actuaciones compartidas orientadas a la salud colectiva.
No hemos aprendido algunas de las lecciones que dejó la pandemia. Necesitamos acuerdos básicos de responsabilidad institucional y un pacto entre los partidos políticos para afrontar conjuntamente las crisis reales y, también, para evitar que alertas o situaciones de riesgo acaben convirtiéndose en crisis mayores, más sociales que epidemiológicas, por falta de coordinación, exceso de confrontación o ruido partidista. No todas las alertas sanitarias terminan siendo emergencias graves, pero precisamente por eso es tan importante actuar con cooperación desde el primer momento. Mientras escribo estas líneas, vuelvo a escuchar en el hemiciclo demasiados gestos, demasiados aspavientos y demasiado ruido.
Una crisis de salud pública exige serenidad. Me atrevería a decir que una crisis de salud pública es una oportunidad de demostrar al mundo uno de los grandes activos que tenemos en nuestro país: nuestro sistema sanitario, nuestra administración pública, los grandes profesionales que tenemos y su inmensa capacidad de trabajo. Una situación de alerta de salud pública exige dejar trabajar a los equipos técnicos con autonomía y sin presiones externas permanentes. Exige transparencia, evaluación y control democrático. Y asumir responsabilidades, por supuesto, pero también exige algo que a veces parece escasear más que los recursos materiales: confianza mutua, capacidad de acuerdo y una cierta conciencia de que, ante determinadas amenazas colectivas, es necesario mantener reuniones pausadas, sin teatro, sin buscar titulares, ni retuits; muchas, muchas reuniones, con buen tono, amabilidad, constructivas y propositivas. La salud poblacional requiere, en definitiva, que todos y todas sepamos poner el bien común por delante de los intereses particulares de manera que las instituciones y los representantes públicos estén a la altura de su país.
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ºRafael Cofiño es diputado de Sumar por Asturias en el Congreso.
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