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Península ibérica: ¿radial o policéntrica?

El skyline de Madrid durante la pandemia del coronavirus.

Albino Prada

Megaciudades y globalización

Nueva York y Londres son las dos principales ciudades globales del mundo según distintos rankings disponibles. Quizás por serlo mantienen, respecto a sus países, posiciones cosmopolitas ante una rampante globalización que las distancian de buena parte del conjunto de la ciudadanía de los mismos.

Estas mega-ciudades encajan como un guante en el indisimulado afán de la globalización neoliberal por saltarse y debilitar los Estados y sus soberanías (financieras, fiscales, arancelarias, ambientales, laborales, etc.). Para ello concentran los servicios financieros y empresariales avanzados, jurídicos, administrativos, innovación, diseño de productos, administración, recursos humanos, gestión de producción, mantenimiento, transporte, comunicaciones, logística, publicidad, seguridad, almacenamiento, etc.

Son al mismo tiempo centrífugas a escala global para las actividades manufactureras, hacia paraísos laborales lejanos por medio de sus inversiones en el extranjero. Pero son centrípetas para atraer inmigración de mano de obra barata en los numerosos servicios personales que su aristocracia profesional pueda costearse. Un esquema que se cumple para Londres, Nueva York o, entre nosotros, Madrid.

También son centrípetas para atraer y concentrar los flujos turísticos que reciben los países en que se ubican, todo ello debidamente engrasado con un despilfarro aéreo monumental y una oferta residencial gestionada por plataformas digitales de grandes inversores globales. Con la consecuencia de una marea de gentrificación y vaciado de barrios para negocios y servicios.

Gentrificación reforzada aún más por el uno por ciento mundial que cuenta con residencia en muchas de estas ciudades globales en barrios exclusivos a golpe de jet privado. Atraídos por argumentos de dumping u opacidad fiscal (como en España es la Golden Visa) para complementar su secesión fiscal en los paraísos correspondientes.

Y así tenemos el cóctel completo del hipercapitalismo del siglo XXI: deslocalizaciones de manufacturas a paraísos laborales, gestión del mundo desde las ciudades globales, suspensión y vaciado de los Estados en las que se insertan, movilidad garantizada (residencial y turística) para las rentas altas y barreras a nivel de trata para los inmigrantes.

Una península ibérica radial-centrípeta

El despegue de Madrid como megaciudad global encaja como un guante con el análisis anterior. No voy a reiterar aquí dos análisis míos previos en tal sentido (uno aquí y otro aquí). A sus éxitos indudables en nivel de crecimiento se asocian debilidades rotundas en resiliencia, sostenibilidad ambiental y exclusión social. También un papel muy desequilibrador en la apertura exterior del comercio internacional español. Como sin duda su dinamismo no es un factor positivo para la soberanía y autonomía en nuestros abastecimientos más básicos, dado su encaje en la lógica de los inversores y cadenas globales de valor. En buena medida su conexión oceánica pasa por Valencia para lo físico y por hacer también centrípeto el big data.

Ante tal mastodóntico intermediario global los otros dos motores económicos de España han derivado a un papel subalterno. Por un lado el área metropolitana de Barcelona, con su puerto global, buscando en el corredor mediterráneo hacia Valencia una opción no radial y no centrípeta. Y, por otro, el sistema auto centrado de ciudades vasco; con Bilbao como puerta de entrada global marítima y Victoria-Gasteiz aérea.

Tan potentes son las dinámicas centrípetas y globalistas madrileñas que en los últimos meses el primer ministro portugués António Costa se ha visto en el brete de enfriar el eje Madrid-Lisboa razonando que “una península radial no nos interesa” (lo anota Antón Baamonde en su último ensayo). En este caso abriéndose a priorizar en la agenda peninsular portuguesa el corredor atlántico Porto-Ferrol y la conexión andaluza con el Algarve portugués.

De manera que a Barcelona, Bilbao o Lisboa no les queda otra que reclamar la apertura de un policentrismo no radial (centrífugo por tanto) en la península ibérica, que la dinámica del megamarket madrileño (centrípeto) considera cosas de perdedores de la globalización. Pues ellos navegan en la nube del big data (aunque sus cables sean submarinos) y de Barajas.

No deja de ser sintomático que sea justo desde Valencia (puerto del megamarket centrípeto y del corredor mediterráneo a un tiempo) que se demande reducir la presión centrípeta que ejerce la capitalidad de España, por considerarla anacrónica en un país cuasi federal en su deriva autonómica.

Poniendo como ejemplo a imitar la localización de la Corte Suprema, de la de Finanzas, la Laboral o del propio Banco Central, de la Bolsa o del BCE en Alemania. Cosas algo más sustantivas que las ocurrencias descafeinadas de las que estos días se habla.

Dos de cada tres grandes fortunas de más de 30 millones de euros residen en Madrid, capital de las bonificaciones fiscales

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Por todo lo que precede no me sorprende que en los diálogos sobre el futuro del “proyecto de país” para España 2050, que impulsa la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia, no se focalice ninguno de ellos sobre estos asuntos. Así en Barcelona se hablará de digitalización, en Bilbao de innovación, en Alicante del agua, en Galicia -en Santiago de Compostela- sobre envejecimiento, … y la clausura será en … ¿lo adivinan?

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Albino Prada es investigador de ECOBAS, miembro del Consejo Científico de Attac España y autor del ensayo El regreso de China.

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