Venezuela y el dolor de los pueblos

Desde la comodidad de nuestras circunstancias, exigimos a los gazatíes que condenen a Hamás mientras el fuego israelí llueve sobre sus cabezas. Del mismo modo, instalados en nuestro bienestar, fruto de décadas de disfrute del sistema democrático liberal —y con el estómago lleno—, no alcanzamos a comprender que las izquierdas latinoamericanas, hartas de los padecimientos a los que sus pueblos han sido sometidos durante siglos, sucumban a la tentación totalitaria. Las naciones del Sur Global no se sublevan porque sus medios de comunicación –en manos de élites alineadas económica, política e ideológicamente con las del Norte– apenas ofrecen información relevante. No estamos en la sociedad de la información, sino en la del entretenimiento. Es muy distinto. Pocos medios en Europa han tenido la intención de describir de forma veraz lo que ha sucedido en Venezuela desde 1999, cuando comienzan los gobiernos de Hugo Chávez, cuyos procesos electorales fueron reconocidos como limpios y válidos por el Centro Carter y la Organización de Estados Americanos. Antes de que se creara PDVSA, en 1976, el control del mercado petrolífero venezolano era casi absoluto por parte de empresas extranjeras, principalmente estadounidenses. En 1928, tres compañías controlaban el 98% de la industria petrolera nacional. Dos de ellas eran estadounidenses: Standard Oil (hoy ExxonMobil) y Gulf Oil, a las que había que sumar la angloholandesa Royal Dutch Shell. Durante 30 años, desde 1913 hasta 1943, el Estado venezolano apenas recibió un mínimo de regalías del 15%, mientras que las empresas estadounidenses se quedaban con el resto para cubrir costes y beneficios. 

Aunque en 1976 el Estado venezolano asumió el control formal, las empresas estadounidenses (Exxon, Mobil y Gulf Oil) recibieron indemnizaciones cercanas a los 1.000 millones de dólares de la época, y siguieron operando mediante contratos de asistencia tecnológica. Los Gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Rafael Caldera permitieron a las multinacionales volver a entrar con fuerza en el país, de manera que en los años noventa se crearon asociaciones en las que las empresas extranjeras (lideradas por las estadounidenses ConocoPhillips y ExxonMobil) tenían participaciones de hasta el 60% o más en proyectos estratégicos de la Faja del Orinoco. Hugo Chávez cambia la situación, obligando por ley a que PDVSA tuviera al menos el 60% de participación en todos los proyectos, lo que provocó la salida y demanda de ExxonMobil y ConocoPhillips, que no aceptaron tener una participación minoritaria. Esta asimetría en las relaciones de poder y la explotación de recursos propios por parte de empresas extranjeras no se produce en Estados Unidos, que gestiona con celo sus propios minerales e hidrocarburos. Aunque las empresas extranjeras pueden operar en el país, deben hacerlo en las condiciones que dictan las leyes estadounidenses, muy distintas a los expolios que muchas empresas occidentales llevan a cabo en muchos lugares del mundo. No es necesario leer a Kissinger o Kennan: son incontables los políticos estadounidenses que, de manera descarnada, han explicado que la política exterior de su país se guía por los intereses geoestratégicos y económicos de sus grandes grupos bancarios, armamentistas e industriales. 

No se trata únicamente de condenar a Maduro desde nuestra ignorancia y desde nuestra óptica eurocéntrica y eurooccidental (…) Pero achacar todos los males de América Latina al imperialismo estadounidense es tan absurdo como pretender ignorar sus terribles efectos

Maduro ha sido un gobernante brutal y corrupto. Organizaciones como Human Rights Watch y Amnistía Internacional documentan cientos de asesinatos, torturas y detenciones arbitrarias desde 2014 en las protestas que han tenido lugar en Venezuela. Estos registros también han sido confirmados por organizaciones venezolanas muy respetadas como Foro Penal y PROVEA. Pero no explicar la historia en todos sus detalles supone caer en las mismas prácticas deleznables que defiende la ultraderecha, que recurre a absurdos reduccionismos para explicar problemas de enorme complejidad. Luego no se trata únicamente de condenar a Maduro desde nuestra ignorancia y desde nuestra óptica eurocéntrica y eurooccidental. En cualquier caso, achacar todos los males de América Latina al imperialismo estadounidense es tan absurdo como pretender ignorar sus  terribles efectos. La izquierda no puede enaltecer a dictadores, de ningún signo.

La paciencia de los pueblos no es infinita. Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela durante dos periodos y destituido por corrupción, negoció durante la campaña electoral de 1989 un rescate con el FMI mientras le decía al pueblo que sus intenciones eran exactamente las contrarias. Dos semanas después de su toma de posesión, presentó un durísimo paquete de medidas dictadas desde el propio FMI, que no eran más que la receta neoliberal de siempre que golpea a los pobres para preservar la posición de los ricos. Cuando las masas tomaron las calles en la mayor revuelta de la historia del país (el “Caracazo”), el Gobierno respondió suspendiendo varios artículos de la Constitución que protegían el derecho a la seguridad, el derecho a la libertad individual, el derecho a la inviolabilidad del domicilio, el derecho a reunirse en público y en privado y el derecho a protestar de forma pacífica. Hubo detenciones, torturas, ejecuciones y otras brutalidades que dejaron un saldo oficial de 276 personas asesinadas, pero estimaciones particulares hablan de 3.000 muertos. Los muertos de siempre. Así nació el chavismo. 

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Eduardo Luis Junquera Cubiles es escritor y socio de infoLibre.

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