4M | Elecciones en la Comunidad de Madrid

Ayuso manda como Trump mientras Vox sólo copia medidas: el PP gana el duelo trumpista

Isabel Díaz Ayuso, en su escaño, durante una intervención desde la tribuna de la Asamblea de Madrid de Rocío Monasterio.
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La sombra de Donald Trump y del fenómeno trumpista, que sobrevive a su turbulenta salida de la Casa Blanca, sobrevuela luna agitada campaña madrileña que llega a su fin. Se habla del "trumpismo" de Vox, pero también del "trumpismo" de Isabel Díaz Ayuso. Pero, ¿qué hay de Trump en cada cuál? infoLibre examina la cuestión, escrutando prácticas y discursos con ayuda de expertos en ciencia política y social y en comunicación. Aflora una conclusión: Vox copia los temas de Trump, pero Ayuso hace algo más efectivo aún para el electorado derechista: ha incorporado elementos clave del estilo político de presidente, que logran mucho más impacto desde del poder, y además emplea el mismo marco general, el que opone una esencia propia –americana, o madrileña– ligada a la libertad a la amenaza del "socialismo" o el "comunismo".

El mimetismo de Vox

Vox no oculta su admiración por Trump, que plasma con una imitación que se acerca ya al mimetismo. Sobran ejemplos. Santiago Abascal ha propuesto construir un muro en Ceuta y que lo pague Marruecos y ha convertido en eslogan el "Hacer España grande otra vez". Hasta ha defendido el uso de armas por parte de "españoles de bien", en un discurso de escasa tradición aquí. Los dirigentes de Vox fueron de los más tímidos, incluso en el campo de las derechas radicales, en la condena del asalto al Capitolio, eximiendo de responsabilidad a Trump. La Fox ya había retirado el apoyo al magnate neoyorquino, el propio Trump empezaba a recular, pero Macarena Olona aún pedía que se le concediera el Nobel de la Paz. Más papistas que el papa, indica el dicho popular. Se podría decir que en Vox han sido más trumpistas que Trump, "el presidente que más ha hecho por las minorías, por las personas de color" (Espinosa de los Monteros), el adalid "contra la dictadura de la corrección política" (Abascal).

La campaña madrileña ha agudizado la imitación. Hay ejemplos.

1) Acusaciones de fraude electoral. La candidata, Rocío Monasterio, así como figuras como Macarena Olona han dado pábulo a un rumor sin pruebas alentado desde los canales oficiales del partido sobre un fraude electoral en el voto por correo, desmentido por Correos. Abascal se ha sumado, animando en la página Periodista digital a los que hayan votado por correo "y desconfíen" a que "hagan un voto presencial", un sinsentido porque quienes votan por correo no pueden hacerlo en la urna. Después admitió su error, aunque siguió sembrando sospechas.

Sigue así la estela de Trump, que estuvo alertando del fraude de voto por correo desde mucho antes de las elecciones de noviembre de 2020. Aquello acabó con el asalto al Capitolio.

La querencia por los bulos es frecuente en el nacionalismo ultra. Y presenta dos ramificaciones. Por un lado, da cobertura al discurso de la "ilegitimidad" de los gobiernos de signo contrario. La prueba la ofrece Trump tras las últimas elecciones. En España Vox –y, en menor medida, el PP– han cuestionado la legitimidad de Pedro Sánchez desde la moción de censura de 2018 y tras el pacto PSOE-UP de noviembre de 2019. "Repugnante fraude electoral", decía Vox llamando a la movilización. ¿Qué dirían tras el 4M en caso de que mayoría de izquierdas?

La otra ramificación de la tendencia a crear, comprar y difundir bulos conecta con las teorías de la conspiración. Ahí vuelven a encontrarse Vox y Trump. El birtherism, teoría según la cual Obama nació en Kenia, lleva el sello de Trump. El presidente naranja jamás desacreditó a QAnon, el movimiento de ultraderecha que lo toma por un mesías venido para derrotar a la camarilla de pederastas progres que domina el mundo. En cuanto a Vox, ha alentado la teoría de la conspiración del 11-M –impulsada en origen por el PP–. Una de las teorías que más han repetido es que Soros y las "élites de izquierdas" promueven la entrada de inmigración en Europa, compartiendo así parte del marco con los negacionistas de la pandemia y los teóricos franceses de la xenófoba tesis del Gran Reemplazo. Trump y Abascal coinciden en la obsesión por Soros.

2) El inmigrante y la "abuela". Como observa Mark Bray en Antifa, la xenofobia por la xenofobia está mal visto. Es necesario canalizarla a través de una causa limpia. La islamofobia de Pegida en Alemania sólo adquiere una "apariencia respetable" cuando se yergue en defensora de las mujeres, a raíz de las violaciones de la Nochevieja de 2015. Es la cuadratura del círculo: ya no es xenofobia, es preocupación por nuestras hijas, madres y hermanas. "Rapefugees not welcome!", rezan las camisetas de la ultraderecha en Europa, en un juego de palabras entre "refugees" y "rapists" (violadores). Trump empleó una fórmula similar en 2016, al vincular a los mexicanos con "violadores". Vox habla de "manadas de menas". Ahora el montaje del mena y la abuela no remite a la violación, pero sí enfrenta los derechos de uno y otra. ¿Hay algo más irreprochable que defender la pensión de "tu abuela"? Se recurre a la victimización para desplegar la agenda xenófoba de forma aceptable. Ya lo hizo Trump, según el cual el Black Lives Matter implicaba que las vidas blancas no importaban.

3) "Protege Madrid. Vota seguro".3) "Protege Madrid. Cuando un partido derechista deja poco espacio a otro, el menor tiene un incentivo extra para tirar del binomio inmigración-seguridad. El PP, que se ha ido quedando sin hueco en Cataluña, llegó a encomendar su liderazgo a Xavier García Albiol, el alcalde que prometía "limpiar Badalona". Vox usa en esta campaña el lema "Protege Madrid. Vota seguro". El tema seguridad es un clásico de Vox, que pide la cadena perpetua y la construcción de muros mientras reivindica un derecho a "caminar tranquilamente por la calle". Es doctrina Bannon: primero, crea sensación de caos; luego, ofrécete para poner orden. Está en el abecé del trumpismo y su "Make America safe again".

4) Condena genérica de la violencia. "Nuestra gente no es tan violenta pero si alguna vez lo fuera, sería un día terrible para los otros" (Trump, junio de 2020). "Nuestra gente no es ni de lejos tan violenta como la chusma comunista y separatista, pero si alguna vez lo fuera, sería un día terrible para ellos" (Abascal, julio de 2020). La actitud ante la violencia de Trump y Vox, que en este punto roza el calco, incluye también la condena de "todo tipo de violencia", que recuerda a cierto esquema de la izquierda abertzale ante ETA. Con esos términos se expresó Monasterio tras las amenazas a Pablo Iglesias y Marlaska, entre otros. Y con fórmulas similares eludió Trump la condena firme de la violencia de los supremacistas blancos en Charlottesville en 2017. Abascal ha sugerido incluso que las amenazas "apestan a montaje" de Podemos.

5) Encarcelar a Clinton, deportar a Mabyé. Abascal ya advertía en directo por televisión, antes de la eclosión electoral del partido en Andalucía en diciembre de 2018, de que, si llegaba al poder, expulsaría a Pablo Echenique. Espinosa de los Monteros ha llegado a plantear la ilegalización de Podemos por su "bilis antiespañola". Ahora, en campaña, Vox ha amenazado con "deportar" al antiguo líder del Sindicato de Manteros, Serigne Mabyé, fichado por Podemos. Trump hizo de este género un arte: como candidato en 2016 amenazó con encarcelar a Hillary Clinton si era presidente y ya desde la Casa Blanca amagó con ilegalizar a Antifa clasificándola como organización terrorista. Inmediatamente, Vox compró aquella idea: Jorge Buxadé afirmó que si gobernara Vox ilegalizaría al movimiento antifascista.

Hay razones de diverso tipo para tanto amor político a Trump. Steve Bannon, ideólogo del trumpismo y proselitista de la internacional nacionalista, ha asesorado a Vox, que mantiene conexiones con la derecha radical de las dos Américas. A ello se suma la simpatía de su electorado por Trump. Hay datos. Una encuesta de Pew Research de septiembre de 2020 mostraba que un 45% de quienes apoyan a Abascal confía en Trump, más que en ningún otro electorado ultra europeo.

Encuesta de Pew Research, de septiembre de 2020, donde se observa la confianza de los votantes de Vox en Trump.

De modo que es Vox la fuerza trumpista por antonomasia, la que mejor encarna los valores y plasma la agenda del expresidente... Pero entonces, ¿qué falla? ¿Por qué Ayuso triunfa de tal modo entre los votantes de Vox, hasta el punto de valorarla mejor que a su propia candidata? ¿Por qué, si Ayuso pasa de largo de los grandes hitos de la agenda temática trumpista?

Ayuso y el cabreo de los progres

El politólogo Roger Senserrich, que vive en New Haven, Connecticut, apenas deja terminar la pregunta. "Ayuso es muy trumpita", dice soltando una risa. Lo explica así: "El trumpismo no es un programa ni una agenda política, es una actitud vital, un ethos. Trump decía una cosa y gobernaba de forma contraria. Daba igual. ¿Cuál es la agenda de gobierno de Ayuso, aparte de llorar porque Pedro Sánchez la oprime? Ninguna. Sólo el enfrentamiento constante. Abandona la gestión, no da explicaciones de nada y lo basa todo en el agravio y la identidad. Hay que tener en cuenta que esta no es una guerra basada en la político, sino el tribalismo identitario. Lo que importa es cabrear a la gente adecuada, lo que la derecha trol llama owning the libs, [cabrear a los liberales, lo que que aquí serían "los progres"]. Al votante de Vox lo de los menas les importa un comino. Tanto el votante de Trump, como el de Vox, como el del resto de populismos conservadores tipo la Lega o los pro-Brexit –algo menos el del Frente Nacional, que es un partido ya más convencional–, son movimientos mucho más identitarios que ideológicos. Igual que el procesismo, por cierto. Ayuso no es una política demasiado brillante, pero ha reconocido que es esa el centro de Vox: agravio e identidad. No hay más. Nada de gestión".

Ayuso también presenta simetrías con Trump. Su disyuntiva "Socialismo o libertad", lema de campaña, es la misma que empleaba Trump en 2020. "Estados Unidos nunca será un país socialista o comunista", reiteraba Trump, que presentaba las elecciones de noviembre como un plebiscito entre "el sueño americano y la pesadilla socialista". Ayuso, sobre la izquierda, dice: "Quieren que todo el mundo se muera de hambre y de miseria". Frente al "caballo de Troya del socialismo", es decir, Biden, Trump defendía la America libre. Frente al "socialismo" de Sánchez y el "comunismo" de Iglesias, Ayuso reivindica la libertad y a la vida "a la madrileña". Ese es el marco trumpista que rentabiliza Ayuso, la líder preferida de los votantes de Vox. El sociólogo Guillermo Fernández, autor de Qué hacer con la extrema derecha en Europa. El caso del Frente Nacional, cita tres paralelismos Ayuso-Trump en este marco: 1) "Confrontación permanente y caricaturización de la izquierda como comunista, totalitaria y enemiga de la libertad". 2) "Subrayado continuo de la disputa cultural con la izquierda". 3) "Batalla política centrada en los modos de vida".

Fernández, no obstante, arranca su comparación en el terreno formal. El "estilo hiperbólico", apunta como clave. Eso une a Ayuso y a Trump. La sorpresa continua, los giros, el espectáculo, la declaración rompedora, la imbatibilidad en la lucha diaria por la atención. Audiencia, clics, reenvíos. Esa suma de elementos, la de "asumir las hipérboles verbales de la extrema derecha y algunos planteamientos en torno a la identidad", permiten a Ayuso, al igual que a Trump, "mantener a la inmensa mayoría del electorado de derecha tradicional y al mismo tiempo ser excepcionalmente bien vista por la derecha más radical".

Apunta hacia el mismo terreno José Miguel Contreras, catedrático de Comunicación Audiovisual: la coincidencia reside en la forma. "Es clave algo que hacía Trump y hace Ayuso: comportarse en el poder como si estuviera en la oposición. Emplear un tono despectivo y desafiante, despreciativo hacia la izquierda, sin asumir ese papel de 'gobernar para todos' que suele aceptarse en el Gobierno...". Contreras cita lo que los americanos llaman bully pulpit, algo así como un púlpito –el gobierno– que da al que lo ocupa el privilegio de hablar a los demás desde arriba, marcando la agenda. "Está demostrado que eso que llaman carisma está en gobernar, está en el poder. Tus decisiones pasan a influir, lo que dices importa. Desde una posición de poder, Ayuso disfruta de toda la atención. Esa es la diferencia, porque Vox no la tiene". Con ese arsenal, Ayuso no necesita acudir a los temas con sello Vox, donde "tendría las de perder", añade.

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