Sucesos y Política

El crimen de León: un juicio donde nada es lo que parece

Triana Martínez, una de las tres acusadas por el crimen de la presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco.

Jesús María López de Uribe

El 12 de mayo de 2014, León y España se levantaron de forma brusca de la siesta. Todos los medios de comunicación lanzaban la noticia del asesinato a tiros de la presidenta de la Diputación de León y del PP provincial, Isabel Carrasco, en una pasarela sobre el río Bernesga de la capital leonesa. Un crimen aberrante que fue adquiriendo tintes surrealistas nada más ir conociéndose los detalles de las implicadas: dos afiliadas del PP, esposa e hija de un inspector jefe de Policía de Astorga, además de la búsqueda de un arma que apareció al día siguiente en manos de una agente de la Policía Local. Todo ello, además, en medio de la campaña electoral de las elecciones europeas.

Fue un crimen que espantó a gran parte de los españoles, salvo algunos que lo llegaron hasta a celebrar en Twitter, pero que en León ciudad provocó una reacción que sorprendió a los periodistas que acudieron al entierro de la poderosa política leonesa: una aparente frialdad que escondía un sentimiento de justicia poética e incluso alegría. El mismo día de su muerte el chascarrillo en León, aunque parezca increíble, era: “Nadie merece morir así, pero ella lo tenía merecido”. Se sabe que corrió champán en la ciudad la misma noche de su muerte.

La Carrasco, de profesión inspectora de Hacienda, era una mujer muy inteligente y tenía un carácter muy hosco y a veces violento con sus subordinados, al que muchos se referían como tiranía persecutoria. Isabel Carrasco Lorenzo se había convertido en todopoderosa a base de imponerse como presidenta del PP provincial y de la Diputación tras haber sido la consejera de Economía de la Junta de Castilla y León durante dos legislaturas y haber estado un cierto tiempo en barbecho.

Los medios nacionales bautizaron el asesinato como El crimen de León y mantuvieron la atención sobre el macabro suceso durante más de un mes seguido, mostrando unos números espectaculares en las audiencias televisivas. Lo extraño de una conspiración de mujeres, todas relacionadas con la Policía, matando a tiros a una mujer poderosa, los alucinantes giros del caso y las espectaculares revelaciones que mezclaban unas extremas relaciones entre las implicadas se han mantenido como un filón de noticias durante el año y medio que ha durado la instrucción del caso.

En la capital leonesa se conoce el suceso, sin embargo, como El crimen de Triana, la hija de la presunta autora material del asesinato, y la pasarela donde su madre ajustició a la presidenta se denomina desde entonces el puente de Triana. No pocos consideran que su amiga Raquel, la policía local implicada, debería ser declarada inocente, ya que no tiene nada que ver con lo ocurrido pese a haber recogido y entregado el revólver usado en el crimen. Muchos aplaudieron la decisión del hoy juez del caso, Carlos Javier Álvarez Fernández, de dejarla en libertad provisional.

Y es que en el juicio del crimen de León nada es lo que parece. La ciudad es un lugar que esconde secretos a plena vista (como el cáliz de Doña Urraca, mostrado durante mil años en la Basílica de San Isidoro, y que hoy se cree que es la Copa de Cristo en la que se basa la leyenda del Santo Grial), donde todo el mundo sabe quién es quién y qué hay detrás pero nadie lo dice. En León el problema no es saber las cosas, es mostrarlas. Y en la vista oral a la que asisten más de cien de periodistas de toda España todo está resultando macabro y sorprendente por los giros de las declaraciones.

Hay que tener en cuenta varios detalles previos al juicio. El fiscal jefe, Emilio Fernández Rodríguez, muy cercano al PP y que está ejerciendo de forma extremadamente dura la acusación, está enemistado con el magistrado que preside la vista. Incluso intentó recusarlo en su momento, presumiblemente más por la filiación izquierdista del que hoy es incluso candidato a presidir el Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León que por su actuación previa en el proceso. Sorprende que la acusación eliminara más jurados que la defensa, si bien es cierto que no pocos de los candidatos mostraron directamente su aversión hacia la asesinada. La acusación de la familia es llevada a duras penas por los letrados Carlos Rivera y Beatriz Llamas, dos abogados urbanísticos y no penales de plena confianza de la fallecida. La del PP, rechazada en primer momento, la ejerce otro valedor del entorno de la finada, Ricardo Gavilanes, también abogado del sucesor de Isabel Carrasco, el detenido en la operación Púnica Marcos Martínez Barazón.

En el juicio, las defensas son las que tienen que mostrar las cartas más importantes para intentar dar la vuelta a un asunto en el que, desde el primer momento del proceso, se ha tenido que insistir en que la asesinada no es la acusada puesto que la principal baza de las implicadas es dejar claro “lo mala que era La Carrasco”.

“No estoy arrepentida”

Montserrat González, la madre, dejó bien claro en su declaración del martes pasado a su abogado –ya que no contestó a más preguntas– que no estaba arrepentida de disparar contra Isabel Carrasco: “Si dijera lo contrario mentiría. Si no era ir al entierro de mi hija”, dijo con total frialdad.

Su hija, Triana Martínez, había estado cómoda un tiempo trabajando en la Diputación bajo el mando de Isabel Carrasco hasta que algo ocurrió. La víctima se encargó un buen día de que no consiguiera la oposición que en un primer momento le había arreglado para seguir como técnica de telecomunicaciones en la entidad provincial y hasta la persiguió fiscalmente además de vetarla en todo tipo de trabajos. Triana cayó en desgracia y su madre no pudo soportarlo. “Fue una persecución increíble”, explicó durante su declaración. La instrucción del caso concluye que madre e hija planificaron durante más de un año la muerte de la poderosa política.

Un asesinato político, pero de andar por casa. En un giro táctico de la defensa, la gélida y vengativa progenitora llegó hasta a presentar este martes al presidente del Gobierno como culpable de lo ocurrido: “Cuando vi que Rajoy no dejaba cambiar a Carrasco, decidí que la iba a matar”. Seguidamente excusó de toda culpa a su hija y a la amiga de esta, la policía local Raquel Gago, asegurando que no tenían nada que ver con su decisión de asesinarla.

Quizás lo más llamativo del caso no es la resolución de la complicadísima madeja de relaciones entre las tres implicadas. Hasta el propio juez le quiso quitar importancia al recordar al jurado popular que “no se busca ni puede alcanzarse la verdad absoluta de lo que ocurrió, sino que deberá pronunciarse sobre qué versión de los hechos, de entre las propuestas por las acusaciones y las defensas consideran acreditada”. Lo que realmente va a pesar es la imagen que se está presentando de la asesinada junto al polémico hallazgo del revólver usado en el crimen y su comprometida cadena de custodia –que podría eliminar la prueba principal–, y que es el objeto del comienzo de una sorprendente serie de mentiras acreditadas por la jueza de instrucción.

Triana Martínez declaró el miércoles que el suceso que provocó su “persecución” por parte de Isabel Carrasco fue que esta le “entró” en su domicilio particular. “Ella me besó, yo no me lo esperaba, me entró, me besó en la boca. Me sentí mal. Asustada. Me puso la mano... me quiso tocar, me agarró por detrás para que no me soltara”. Luego afirmó que cuando se iba le dijo: “Piénsatelo bien, que han salido las bases de tu plaza, y si te quedas tienes mucho que ganar y poco que perder”. Triana explicó que Carrasco la dejó de llamar a partir de entonces y que como no se quiso “acostar con ella” se encargó “de que no sacara la plaza”.

Fue otro momento del juicio donde la defensa pretendió juzgar la supuesta actitud de la víctima definiendo un momento puntual como un acoso sexual continuo que Triana no desgranó después en su declaración. Nada sobre su enchufe como ingeniera de telecomunicaciones durante la introducción de la TDT terrestre en una provincia con una orografía imposible y que dio lugar a centenares de informes e instalaciones que financiaban los 210 municipios que la forman. A nadie, ni siquiera está en el sumario, parece interesarle estos pecuniarios detalles, pero sí el morbo sobre ciertas e indemostrables actitudes privadas que sólo hoy Triana puede contar.

Raquel Gago, la pieza que no cuadra

Pero aún queda más sexo. La relación de amigas íntimas de Triana Martínez y Raquel Gago siempre fue objeto de especulación. Hasta tal punto de que la agente de policía local tuvo que desmentir en su declaración en sala “que fueran novias”. Hasta tal punto que, para demostrarlo, ha tenido que descubrir a su pareja durante 16 años, un hombre casado que tendrá que declarar en la vista. Más leña al fuego para desviar la atención sobre lo sucedido. La agente local es, sin duda, la pobre chica del juicio para sus vecinos, que consideran que es “una buena persona” a la que la han metido en un lío las otras dos. Es para todos la pieza del caso que no cuadra. Ella, al ser preguntada por ello, sólo alcanzó a decir entre sollozos: “Desde que pasó eso, yo no tengo vida”.

Raquel Gago es una de las tres acusadas a partes iguales por la Fiscalía y las acusaciones particulares como parte de la supuesta conspiración para asesinar a Isabel Carrasco. Ella fue la que entregó el arma del crimen treinta horas después, tras un amplio dispositivo para encontrarla por parte de una dotación del Cuerpo Nacional de Policía. El relato de los hechos, según el sumario, es que Montserrat, una vez que vio a Carrasco sola, llamó a su hija diciendo: “La he visto, se va a cagar”. Tras dispararle en la espalda y rematarla con dos tiros a bocajarro en la cabeza, entregó un bolso con el arma a Triana y esta fue a buscar a Gago para dejarlo en su coche. Raquel, que llegó a estar presente en el destacamento policial que cubrió el entierro de Isabel Carrasco sin decir nada, confesó luego que tenía el revólver. Primero declaró como testigo, y entonces se supo que había estado tomando té en la casa de madre e hija una hora antes del asesinato. Días después fue encarcelada como imputada hasta que salió en libertad provisional tras nueve meses en la cárcel.

Y aquí es donde comienzan las contradicciones. Los policías nacionales que acompañaron a Raquel a recoger el arma en el asiento de atrás de su coche tuvieron que reconocer ante la jueza de instrucción que no habían dicho la verdad en su primera declaración. Las pruebas indican que es el arma que se disparó para matar a Isabel Carrasco, pero Raquel declaró: “La primera que veo el bolso fui yo; lo limpio de agua y veo lo que es [dentro está el revólver]; Nacho [un policía nacional amigo suyo] lo sube, lo mira; los policías de Burgos lo sacan, lo tiran al suelo, lo volvieron a meter”. Es decir, se produjo una ruptura en la cadena de custodia de una de las principales pruebas. Es muy probable que su abogado defensor intente que se desestime, lo que supondría otra sorpresa en este caso y la exculpación de la agente.

Cabos sueltos y contradicciones

Entre todo, llama la atención que Triana se refiriera a importantes cargos que la apoyan y que tienen relación directa con la Diputación pero que no están entre los testigos. Es el caso del presidente de la Diputación al que sustituyó Carrasco, Javier García Prieto, que fue quien la contrató, o el hoy presidente de la entidad provincial, Juan Martínez Majo, el asesor fiscal que le ayudaba en la persecución que sufría por parte de Isabel Carrasco. Se consideró que no tenían relación alguna con los planes de asesinato, como otras tantas personas que no han sido incluidas, y otras ni mencionadas pese a haber evidencias de su posible implicación.

En ese León en que todo está escondido a simple vista, que la realidad se muestre es verdaderamente difícil. Esta circunstancia sobrevuela también sobre la contradicción más notable hasta ahora del testigo principal, el policía jubilado que siguió a Montserrat González tras contemplar el monstruoso asesinato. Después de explicar cómo “disparó a Isabel Carrasco un tiro por la espalda y luego se agachó para darle dos más en la cabeza”, y cómo la persiguió, cuando llegó el momento de comprobar una llamada suya al 112 avisando del crimen, afirmó no reconocerse en ella. Pese a que su mujer –que iba con él el día del asesinato y que declaró en el juicio– sí dijo identificar la voz de su marido, la defensa exigió que se le condenara por falso testimonio. Con ello pretende hacer pasar al héroe del caso por mentiroso. Algo fundamental para la decisión del jurado, ya que Montserrat González, que en un primer momento había dicho que le había entregado la bolsa con el arma de fuego a su hija Triana, en sala judicial afirmó haberla tirado en un garaje. Por su parte, el agente jubilado mantuvo la primera versión del encuentro entre las dos y la entrega del arma de una a otra, pero su propia declaración contradictoria sobre si usó el móvil, o no, lo complica todo y su testimonio podría quedar invalidado. 

Las pruebas sobre quien ejecutó el asesinato son fuertes, ya que la principal acusada, la madre vengadora, lo reconoce. Pero las contradicciones y mentiras sobre la ruta de la bolsa con el arma pueden conseguir que Triana y Raquel no sean consideradas culpables. Triana no sería condenada como encubridora, por ser familiar directa de su madre, que bien se ha cuidado de cargar con toda la culpa, y Raquel, sin la prueba del revólver, tampoco.

Un juicio donde la víctima parece la principal acusada. Y eso que Isabel Carrasco, la temida y poderosa política con 13 puestos públicos simultáneos, nunca se sentó en el banquillo en vida, pese a estar imputada por el supuesto cobro de unas dietas ilegales en otro proceso que un magistrado llegó a denunciar que estaba siendo alargado de forma irregular.

La defensa culpa del asesinato de Isabel Carrasco al acoso sexual al que sometía la víctima a Triana

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