Diario de un indeciso

Debate entre setenteros

Tercer día de campaña. Los principales candidatos han dedicado la mañana a rendir homenaje en el Congreso a la Constitución del 78, y cabe suponer que Pedro Sánchez, Albert Rivera, Pablo Iglesias y Soraya Sáenz de Santamaría se habrán aplicado por la tarde a preparar el debate a cuatro de este lunes noche en Atresmedia. Sostienen los expertos que en ese debate puede jugarse el resultado final del 20-D, y que los cuatro contendientes tienen un objetivo doble y común: llevarse a su huerto a los indecisos y no cometer un error que espante a sus fieles.

Vamos por partes. La celebración en el Congreso del 37 aniversario de la aprobación en referéndum de la Constitución Española ha incluido imágenes y conversaciones que ya simbolizan el cambio político en España, aunque siga siendo una incógnita la profundidad del mismo. Hace sólo dos años habría sido inimaginable el despliegue de sonrisas y la afable conversación entre Rajoy e Iglesias en sede parlamentaria, pero no menos improbable se habría considerado que el liderazgo del PSOE estuviera protagonizado por Pedro Sánchez o que el candidato de Izquierda Unida fuera un joven que asomó de las concentraciones del 15-M, o que Albert Rivera sonara como nombre decisivo en la elección de la próxima presidencia del Gobierno.

Tirando de Adolfo Suárez

Era la primera vez que coincidía un 6 de diciembre en plena campaña electoral, y eso se ha notado a la hora de congregar este domingo feligreses en torno a la Carta Magna. Uno comparte más el criterio defendido por el historiador José Álvarez Junco, para quien la verdadera fecha de celebración de los valores constitucionales debería ser el 27 de febrero, porque fue ese día de 1981 cuando millones de españoles de todo el arco ideológico se echaron a la calle compartiendo una misma pancarta que decía: “Por la libertad, la democracia y la Constitución”, venciendo el miedo colectivo cuatro días después del golpe de Estado de Tejero, Armada, Milans y algún acompañamiento político, institucional, civil y financiero nunca suficientemente aclarado. “Este país, tan necesitado de símbolos y referencias compartidas, podría pensar en trasladar la fiesta nacional a esa fecha, en lugar del 12 de octubre o el 6 de diciembre”, propone Álvarez Junco.

Más del 60% de los 36,5 millones de españoles llamados a las urnas no teníamos edad para votar la Constitución en 1978. Los cuatro protagonistas del debate de este lunes nacieron entre 1971 (Soraya Sáenz de Santamaría) y 1979 (Albert Rivera). Si el cambio hacia una mejor política y para convencer a indecisos pasa, como venimos insistiendo, por ganar la batalla de la credibilidad, suena bastante más creíble y conveniente que quienes gateaban o no habían nacido en 1978 estén dispuestos a reivindicar los valores democráticos sin aferrarse a la literalidad de un texto que estuvo condicionado por miedos, intereses e improvisaciones sin cuento.

Rajoy, de nuevo gran ausente del debate, tenía entonces 23 años, y aunque el otro día le contó a Bertín Osborne que la primera vez que escuchó a Adolfo Suárez ya se dio cuenta de que era "un ganador", él prefería la Alianza Popular de Manuel Fraga, cuyo grupo parlamentario se partió en dos a la hora de votar el texto constitucional.

Una de las sorpresas de esta campaña es la competición que protagonizan tres de los cuatro principales cabezas de lista por revindicar la figura de Adolfo Suárez, obviamente al hilo del interés en cosechar esa “centralidad del tablero” que se supone que puede decidir la mayoría de gobierno. Mariano Rajoy lo ha hecho sin ningún disimulo organizando un acto electoral con homenaje al expresidente en su tierra natal de Ávila y con la complicidad de Adolfo Suárez junior (cuyo silencio sería el mayor favor que podría hacerle a la memoria de su padre). Albert Rivera reivindica para sí el legado suarista y lo ha explicitado reiteradamente. Pablo Iglesias, en el ciberdebate de El País, reiteró su propuesta de “hacer normal en las instituciones, en el Gobierno y en el Parlamento lo que es normal en la calle”, cosecha del mismo autor que el “puedo prometer y prometo” de aquel célebrediscurso redactado por Fernando Ónega. (Las recientes loas de Iglesias al consenso de la Transición y sus logros han levantado, por cierto, no pocas esporas en distintos círculos de Podemos). En ese mismo debate, Pedro Sánchez hizo caso a quienes vienen recomendándole que abandone el camino de competir con “lo nuevo” y ponga énfasis en reivindicar la experiencia de gobierno del PSOE y las figuras y valores del socialismo. Por eso hizo hincapié en el cambio de los ochenta con González y revindicó más que nunca las políticas sociales de Zapatero. 

Un debate singular

Esta noche de lunes habrá que comprobar si las estrategias se mantienen o si aparecen nuevas armas de captación de votos. El debate en Atresmedia es novedoso y hasta único. Y no sólo porque sus protagonistas sean setenteros.

1.- El candidato que (de momento) pasa por ser favorito en las encuestas para presidir el próximo gobierno es sustituido por su número dos, una decisión inconcebible en ninguna otra campaña electoral de occidente. Habrá que comprobar si se trata sólo (que no es poco) de evitar a Rajoy el trago de retratarse junto a un trío cuya juventud ya representa el cambio o si además Soraya Sáenz de Santamaría va a esquivar cualquier cuestión espinosa en la excusa de no ser la máxima responsable del PP.

2.- Por primera vez es un debate a cuatro y moderado por dos periodistas, expertos además en el género de la entrevista. Ana Pastor y Vicente Vallés podrán (y deberán) repreguntar lo que no repreguntaron a Rajoy los ciudadanos que en La Sexta Noche escucharon al presidente huir de los asuntos incómodos o afirmar un dato falso. De hecho serán los propios candidatos quienes se repliquen y repregunten si lo desean. En fin, por otra parte, lo que debería ser un debate sin corsés cuya implantación obligatoria en las campañas no habría que discutir más. (Falta, eso sí, garantizar debates en los que estén invitados también los candidatos de otras fuerzas con representación parlamentaria, como Izquierda Plural y UPyD. Si una cadena privada no quiere, para eso está o tendría que estar una radiotelevisión pública de verdad).

3.- Todos los candidatos tienen a la vista las encuestas propias y ajenas. Conocen el dato de ese 41,6 % de indecisos desconocido en anteriores citas electorales. Saben también que hay más de 9,5 millones de pensionistas cuya confianza se disputan en gran medida PP y PSOE; son quienes sí tenían edad para votar la Constitución y los que componen un target prioritario en el prime time de las grandes cadenas de televisión.

4.- Lo que ocurra en el debate no influye sólo en la audiencia directa. Su seguimiento también es digital y cualquier error de bulto o cualquier trampa política al descubierto tardará segundos en inflamar las redes sociales. Su eco llegará por tanto a cualquier otra franja de edad, incluida por ejemplo la de ese millón y medio de jóvenes que pueden votar por primera vez (y según el CIS lo harán siete de cada diez), aunque más de la mitad aún no tengan claro a quién.

No hay mitin capaz de lograr un 1% del efecto que este debate y el cara a cara del siguiente lunes entre Rajoy y Sánchez pueden tener en el resultado del 20-D. Entre indecisos, pero muy especialmente entre quienes están más atentos a las pantallas que a los programas electorales.

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