La estrategia del PP

El declive del PP Europeo deja a Feijóo sin referentes internacionales

José María Aznar junto al Alberto Núñez Feijóo, a su llegada a la clausura del campus FAES "Europa después de la invasión rusa de Ucrania", este viernes en Madrid.

“Me gustaría saludar especialmente a mi querido amigo Alberto. Recuerdo bien la larga conversación que mantuvimos en el Congreso del Partido Popular Europeo en Rotterdam antes del verano, en la que hablamos de la situación de la economía en España y en Europa, y es bueno en una situación difícil saber que tenemos un líder tan experimentado y previsor en nuestras filas”.

Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, dos adjetivos más bien modestos incluidos en un vídeo grabado expresamente a petición de la dirección de Feijóo, sonaron forzadas el pasado fin de semana en la reunión que el PP había organizado en Toledo al venir de una aliada confesa del presidente Pedro Sánchez. La gestión que el mandatario español está haciendo de los fondos europeos y su liderazgo en conflictos como el de Afganistán le han hecho acreedor de sonados elogios por parte de Von der Leyen que llevan tiempo escociendo en la planta séptima de Génova 13, en la que Feijóo ha cumplido ya seis meses de mandato.

Si las palabras de quien ya es la personalidad más relevante del Partido Popular Europeo sonaron tibias, las de Feijóo al día siguiente remarcándolas hicieron evidente lo necesitado que está de construir un perfil internacional propio. Es “un elogio” que “no va a pasar de moda nunca: ser experimentado y previsor”, se jactó. 

En el PP son conscientes de que la inexperiencia internacional de su líder juega en contra de su candidatura a la presidencia del Gobierno. Un déficit que estos días resalta mucho en comparación con la intensa actividad exterior que está desplegando Pedro Sánchez. Y un problema que puede aumentar aún más el año que viene cuando Sánchez asuma la presidencia de turno de la Unión Europea precisamente a las puertas de las elecciones generales. Feijóo ni siquiera habla inglés, una habilidad que hace muy difícil estrechar vínculos personales con dirigentes políticos de otros países. 

En la sede de Génova conocen el problema y trabajan para resolverlo, pero el PP se está quedando sin referentes internacionales en los que apoyarse para construir una agenda más allá de nuestras fronteras que sirva de trampolín a su líder. Ni en Europa ni en América Latina, donde florecen los gobiernos de izquierdas.

En horas bajas

Lo cierto es que el PP Europeo no levanta cabeza desde que la CDU perdió en 2021 a Angela Merkel y con ella el Gobierno de Alemania. Sin su buque insignia, y sobre todo sin la figura política que había dominado la política en el continente durante 15 años, la familia política de Feijóo ha perdido gran parte de su influencia. 

En Francia, el partido hermano del PP español, Los Republicanos, que en el pasado lideró la política gala y europea de la mano de figuras tan relevantes como Jacques Chirac o Nicolas Sarkozy, es hoy una fuerza casi residual. En las presidenciales de abril ni siquiera alcanzaron el 5% de los votos y en las legislativas de junio se quedaron en segunda vuelta en un paupérrimo 8,4%. En esos comicios perdieron la mitad de sus escaños en la Asamblea y se convirtieron en la cuarta fuerza política del país.

De la debacle sufrida da una idea el hecho de que los socios franceses del PP español tengan ahora mismo la mitad de los apoyos que la ultraderechista Agrupación Nacional de Marine Le Pen (RN, por sus siglas en francés). Y la tercera parte que La República en Marcha, el partido liberal liderado por el presidente Emmanuel Macron.

Más al sur, las cosas tampoco pintan bien para los aliados italianos de Feijóo. Todo indica que Forza Italia, el partido de Silvio Berlusconi, la versión italiana del PP, está, según casi todas las encuestas, por debajo del 8% en intención de voto en las elecciones legislativas de este domingo y en quinto lugar en las preferencias de los italianos.

Aun así Forza Italia se ha mostrado dispuesta, sin que el PP Europeo lo haya desautorizado, a entrar en un gobierno de coalición con Hermanos de Italia, el partido liderado por la neofascista Georgia Meloni, a la que las encuestas dan por ganadora, en compañía del también ultraderechista Matteo Salvini, jefe de filas de La Liga. Un resultado que, de confirmarse, difícilmente permitirá sacar pecho a Núñez Feijóo.

Si las cosas le van mal al PP en los países grandes —Alemania, Francia e Italia— tampoco parece que los resultados electorales estén sonriendo en los estados en la mitad de la tabla. En Suecia, que votó un nuevo legislativo el pasado 12 de septiembre, los aliados de Feijóo, el Partido Moderado, se han visto superados por la versión local de Vox, Los Demócratas de Suecia. Los ultras suecos, convertidos en los árbitros de la política de su país, decidirán de una u otra manera el futuro de Suecia durante los próximos cuatro años a pesar de que el partido más votado fue el socialdemócrata.

El caso griego

En Grecia el PP Europeo tiene en estos momento su única mayoría absoluta y un primer ministro, Kyriakos Mitsotakis, líder de Nueva Democracia, al que Pablo Casado vio una vez como su modelo a seguir. Sin embargo, las cosas no pintan bien de cara a las elecciones legislativas, que como muy tarde se tienen que celebrar en agosto de 2023. 

Las encuestas mantienen a Nueva Democracia en cabeza, pero con un desgaste lo suficientemente acusado como para ponerle muy difícil gobernar sin el apoyo de alguna minoría incómoda, como los nacionalistas prorrusos de Solución Griega. En contra de Mitsotakis están pesando un escándalo de escuchas ilegales a líderes de otros partidos, como el Pasok, y las convulsiones económicas que vive toda Europa como consecuencias de las tensiones energéticas. 

En Austria el PP local (ÖVP) salió bien parado de las elecciones de 2019 con un estimable 31,5% de los votos pese a los escándalos protagonizados por su socio en el Gobierno, el ultraderechista Partido de la Libertad (FPÖ). Ahora gobierna el país con Los Verdes, pero su presidente, el carismático Sebastian Kurz, otro de los líderes emergentes europeos en los que se miraba Casado, acabó dimitiendo el pasado octubre asediado por sospechas de corrupción.

Desde entonces el ÖVP se ha desplomado en las encuestas y se mueve en porcentajes de intención de voto del 22%, por detrás de los socialdemócratas (29,5%) y por primera vez muy cerca del ultraderechista FPÖ, lo que incrementa la incertidumbre. Ya hay quien cree posible un sorpaso como el que acaba de tener lugar en Suecia.

Entretanto, de Polonia, otro país clave por tamaño y posición geoestratética, tampoco llegan buenas noticias para la calle Génova. Allí es Donald Tusk, el exlíder del PP Europeo el que intenta encabezar una coalición que desplace del poder a la ultraconservadora Derecha Unida, nucleada en torno al partido Justicia y Libertad. De momento con escaso éxito. La Coalición Cívica de Tusk sigue con un expectativa baja de voto (26,1%), siete puntos por detrás de Derecha Unida. Y sus llamamientos al resto de la oposición, especialmente el centrista Polonia 2050 o el Partido Campesino Polaco, para formar un frente más amplio de cara a las legislativas del año que viene no están funcionando.

Entretanto, los aliados del PP español en Bélgica, Irlanda o Países Bajos sobreviven en el gobierno gracias a coaliciones de muy diferente naturaleza, a veces con Los Verdes, en ocasiones en alianza con grupos liberales. Pero siempre con porcentajes modestos de voto popular que van del 20% que obtuvo el Fianna Fáil en Irlanda en 2020 al exiguo 8% que logró el CD&C belga el mismo año, pasando por el 9,5% de la CDA en Países Bajos.

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