Crisis del coronavirus

La derecha se aferra a la mascarilla al aire libre tras meses de restricciones laxas y desescaladas rápidas

Varios mayores aguardan con mascarillas a las puertas del centro de mayores Puerta de Toledo de Madrid.

La derecha no ha aceptado así como así la eliminación de la mascarilla al aire libre a partir del 26 de junio. Prácticamente todos los gobiernos autonómicos de PP y Cs han criticado la falta de consenso: consideran que es una medida que tendría que haber salido del Consejo Interterritorial, como muchas otras referentes a la pandemia. Creen, además, que el Gobierno de Pedro Sánchez ha utilizado la buena noticia como arma, privándoles del capital político de anunciar una importante relajación de las restricciones. Otras, alentadas por el presidente del PP, Pablo Casado, opinan que es demasiado pronto, de manera contraria a la visión de muchos epidemiólogos. Y Madrid, cuyo Ejecutivo ha demostrado en varias ocasiones que sigue su propio camino, ha cambiado de opinión. Pero manteniendo la constante de la crítica al Ejecutivo central. Eso nunca varía. 

La propia Madrid, así como Murcia y Galicia, han manifestado estar de acuerdo con el fondo de la medida, aunque no con las formas. "Esa medida hace falta, es necesaria ya", declaró hace unos días la presidenta Isabel Díaz Ayuso. Un mes antes, su Gobierno estaba atacando de nuevo al director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (Ccaes), Fernando Simón, por asegurar que se podía ir replanteando el uso de la mascarilla al aire libre, donde con la adecuada distancia el contagio es casi imposible. "No es una urgencia ni lo más oportuno. Habrá que quitárselas cuando el virus haya sido derrotado y haya plenas garantías por parte de la comunidad sanitaria", declaró el consejero de Vivienda y Administración Local, David Pérez. Así lo aseguraba el 18 de mayo: poco después, su Gobierno autonómico le puso fecha al hito a finales de junio.

El consejero de Sanidad, Enrique Ruiz Escudero, pidió que la decisión se tomara en todo el territorio a la vez, aunque ahora Ayuso critique a Sánchez por llevarse el protagonismo. "Para las cosas buenas él está al frente y para las malas noticias no hay presidente", lamenta la presidenta. 

Castilla y León, por su parte, criticó muy duramente al Gobierno por su iniciativa. Este jueves salieron en rueda de prensa el vicepresidente, Francisco Igea, y la consejera de Sanidad, Verónica Casado, para asegurar que, aunque compartían el "fondo", no las "formas"; y para desvelar que pidieron sin éxito al Ejecutivo central que les permitiera modular la norma en caso de municipios con mayor incidencia. Es decir: que los ciudadanos en regiones con peores datos tuvieran que volver al tapabocas al aire libre. 

A Andalucía no le gustan ni el fondo ni las formas. El consejero de Salud, Jesús Aguirre, se oponía hace unos meses, se oponía la semana pasada y se opone ahora. "Quitar la mascarilla hace percibir como si hubiéramos vencido el virus y el virus lo tenemos entre nosotros", criticó este jueves, tras apuntar, irónicamente, que "no hay evidencia científica de que la mascarilla en el bolsillo sea efectiva". Se refiere a la obligación impuesta en la modificación del decreto que impulsa Sanidad de llevar siempre una mascarilla encima. Con esto busca evitar, tal y como pedían los epidemiólogos, el "solo será un momento": la posible relajación u olvido de los viandantes al no ser obligatorio el tapabocas en exteriores a la hora de acceder a espacios menos seguros. La autonomía es la más afectada por la pandemia en la actualidad en cuanto a incidencia acumulada en los últimos 14 días: 169,21 casos por cada 100.000 habitantes, notificados el pasado miércoles.

La mascarilla, en exteriores, ayuda en casos de grandes aglomeraciones, cuando es difícil mantener la distancia de seguridad. En el resto de contextos, su impacto es más bien mínimo. Aun así, durante el verano pasado, las comunidades iniciaron una escalada de endurecimiento, cuando el decreto de nueva normalidad exigía solo portarla cuando no se pudiera respetar el metro y medio entre no convivientes. Ahora, muchas comunidades y el presidente del PP, Pablo Casado –que reprochó a Sánchez tomar la iniciativa cuando la incidencia "no ha variado" en los últimos días– mantienen reticencias. ¿Por qué? Varios especialistas en Medicina Preventiva y Salud Pública consideran que la mascarilla se ha usado como ariete, para aparentar rigor y contundencia en la lucha contra la pandemia mientras se olvidan otros factores que tienen más peso en la transmisión. 

El endurecimiento fue aplicado, en parte, como una manera de vender "que se tomaban en serio los rebrotes", considera el epidemiólogo Pedro Gullón: pero también tenía sentido para evitar las dudas sobre cuándo se consideraba necesaria y cuándo no y uniformizar una de los sacrificios más visibles de la ciudadanía durante la pandemia. Andalucía y Madrid representan bien el doble criterio: duros con las medidas de responsabilidad individual, que recaen en cada español, y menos duro con las que dependen de la administración y que pueden ser más difíciles, con mayores consecuencias o más impopulares. 

Andalucía ha sufrido varias oleadas severas de la pandemia. A partir del fin del estado de alarma, el Gobierno de la Junta anunció una desescalada que, además de la apertura generalizada de la hostelería, incluía el permiso para las discotecas de funcionar hasta las 3 de la mañana, aunque con limitaciones en su interior. El Ministerio de Sanidad intentó consensuar una norma más dura que evitara aún la vía libre para estos establecimientos, pero desistió. Tras ejecutar una de las desescaladas más rápidas, la Junta de Andalucía le pone pegas a la relajación con la mascarilla. Madrid, en mayo, aseguraba que no es "lo más oportuno" quitarse el tapabocas al aire libre y con distancia interpersonal, cuando se ha negado durante toda la pandemia a clausurar el interior de bares y restaurantes aun con las mayores incidencias del continente europeo. 

Todo a pesar de que los especialistas en Medicina Preventiva y Salud Pública llevan meses asegurando que los contagios en el aire libre son muy raros, aunque estaban divididos ante la idoneidad de relajar la norma, sobre todo en los primeros momentos, para no dar mensajes equivocados a la ciudadanía. "La mascarilla, políticamente, se usó para desviar el discurso de lo colectivo a lo individual", criticaba en este reportaje Gullón. La incidencia no sube o baja por taparse la boca en exteriores, aunque ninguna medida está exenta de impacto. Influyen más –considera– las desigualdades, las condiciones de vida de las poblaciones más pobres y más propensas a contagiarse, las facilidades para el trabajo, las medidas públicas para clausurar espacios peligrosos y las costumbres y tradiciones sociales, como se pudo ver en Navidad. 

Evidentemente, la mascarilla es importante. En aglomeraciones y en interiores. Por eso, Gobierno, expertos y autonomías coinciden en insistir: la pandemia no ha acabado y habrá que seguir llevándola unos meses más. Las autoridades temen que la liberación que disfrutaremos a partir del 26 de junio sea una puerta abierta al "todo vale". Por eso se insiste en, aunque lo critique Andalucía, la importancia de llevar una mascarilla siempre consigo.

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