El covid y el giro de Sánchez marcan el verano en España de "los mejores embajadores de la causa saharaui"

Dos de los 27 niños que participan en el programa "Vacaciones en paz", durante la recepción en Las Palmas de Gran Canaria.

El pasado 22 de julio, Galat se bajó de un avión en Málaga, con tan solo siete años y sin conocer el idioma. Llegó desde Auserd, el campamento de refugiados saharauis en el que vive con sus padres y sus cinco hermanos. En España la esperaba Silvia Martos, una mujer que ha cumplido así un lustro acogiendo niños durante los meses de verano mediante el programa Vacaciones en Paz —que funciona desde 1979— y las organizaciones que lo coordinan en la provincia de Jaén, aunque vive en Guadalajara. "Ya la conoce todo el mundo, y todos la quieren", relata, orgullosa, justo antes de que la pequeña asista a su décima clase de natación. "Es una experiencia inolvidable", cuenta.

Antes de Galat, Silvia ya pasó veranos con Intisar y Adnan, dos hermanos, también de Auserd, que la ayudaron así a realizar una de sus ilusiones. "Siempre había querido participar en el programa, pero en mi casa éramos muchos hermanos", recuerda. Tras su primera experiencia, tuvo claro que repetiría. "Me enseñaron muchísimo. Aprendí a valorar lo que tenemos: la comida, ver que sale agua al abrir el grifo... Todo eso no lo veía hasta que llegaron ellos", cuenta.

Como Galat, el pasado mes de julio llegaron a España alrededor de 2.300 niños y niñas saharauis. Lo hicieron tras dos años de parón de Vacaciones en Paz por la pandemia de covid-19 y tras el vuelco histórico a la política exterior española respecto a las relaciones con Marruecos y el posicionamiento ante el conflicto del Sáhara que dio el Gobierno el pasado mes de marzo. En una carta enviada por Pedro Sánchez al rey Mohamed VI, el jefe del Ejecutivo español le reconocía al país vecino que su propuesta para la creación de un régimen de autonomía para el Sáhara es "la más seria, realista y creíble" para resolver el conflicto. Una muestra, dijo entonces el Frente Polisario, de que España sucumbía "ante la presión y el chantaje" de Marruecos.

El acuerdo del Ejecutivo que autorizó la estancia en España de estos menores durante el verano se publicó en el Boletín Oficial del Estado (BOE) el pasado 1 de julio, días después de que lo aprobase el Consejo de Ministros, según denuncia Ana Garrido, coordinadora del proyecto en CEAS-Sáhara. "Eso provocó que se retrasasen algunos de los vuelos que ya estaban programados", cuenta, y que los niños y niñas no llegasen a nuestro país hasta la última semana de julio, lo que ha limitado la estancia de los pequeños en España a poco más del mes de agosto. Excepto este año, el programa había comenzado siempre en el mes de julio.

Por otro lado, la situación sanitaria que mantuvo en vilo la viabilidad del programa este año hizo que los plazos para conseguir familias voluntarias empezaran mucho más tarde que de costumbre. "Si normalmente empezamos en septiembre con la campaña, este año lo hicimos en febrero", explica Virginia Fernández, coordinadora de Vacaciones en Paz en Femas Sáhara, que explica que, sin saber el número de familias de acogida, no se inicia el papeleo para permitir el traslado de los niños. Por eso este año la cifra ha sido inferior. En 2019, según los datos del Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones vinieron a España 4.286 menores.

Aun así, Vacaciones en Paz, llevado a cabo por las asociaciones de amigos del Pueblo Saharaui de las provincias españolas en colaboración con la Delegación Nacional Saharaui y las delegaciones saharauis en las distintas comunidades autónomas está siendo, celebra Garrido, "un éxito". Los pequeños, cuenta, no solo han llegado a España. Alrededor de 80 se han trasladado, bajo el mismo programa, a Italia, y otro pequeño grupo ha sido trasladado a Francia. Además de estos dos países, Alemania también recibe desde hace algunos años a niños y niñas saharauis.

Un año marcado por la pandemia

Carol García, al igual que Silvia, lleva años participando en el programa. Primero lo hizo como hermana de acogida, y después como madre. "En el año 97 mis padres acogieron por primera vez y en 2016 empecé a hacerlo yo. Así estuve hasta 2019, cuando se paró por la pandemia", explica. Este año ha repetido, pero el cambio que ha notado en los pequeños es evidente. "La clave de este año es la salud", lamenta.

Ha sido consecuencia de la pandemia. Al llegar el covid, el cierre de fronteras y el miedo a un contagio que en los asentamientos de refugiados podría tener una letalidad altísima provocaron que los saharauis se aislaran aun más de lo que ya lo estaban antes. La población, de algo más de 170.000 personas, no vio llegar la ayuda humanitaria hasta que la crisis sanitaria se redujo, pero el impacto de la falta de alimentación y medicamentos ya era evidente. Carol, que también es coordinadora de Vacaciones en Paz en Navarra, lo está viendo ahora con sus propios ojos.

"Están llegando muchos niños con malnutrición y también ha venido una niña con un problema importante en los bronquios. Si no se hubiera hecho el programa este año, muchos de ellos podrían haber muerto allí sin diagnóstico", lamenta. Además, y como algo excepcional, como cuentan Garrido y Fernández, este verano se ha autorizado el viaje de varios niños y niñas más mayores que tenían pendientes pruebas médicas o tratamientos desde que se marcharon en 2019. "Siempre es importante que salgan de allí, pero este año más. Han estado mucho tiempo sin comer bien, y se nota", añade Carol.

Silvia también lo ha comprobado. "Yo recuerdo que Intisar no se sorprendía tanto al ver ciertas cosas, pero a Galat le impresiona muchísimo ver mucha comida, por ejemplo", explica. "Estoy viendo que ahora tienen muchas más carencias que antes, y que allí lo están pasando peor. Mi niña no tiene agua en casa, y siempre cuenta que 'papá está trabajando", continúa.

Ajenos al giro del Gobierno pero "embajadores" de su causa

Pero la particularidad de este año no ha sido solo la salud. Carol, que fue a visitar los campos de refugiados el pasado 2 de julio, asegura que la "decepción" con el Gobierno tras el giro dado a su política exterior es evidente. "Su humor y su esperanza es ahora totalmente diferente. Viven en un ambiente de guerra, y la única esperanza que tienen es que el pueblo español les siga ayudando, aunque tampoco creen que su situación cambie en el corto plazo", cuenta.

Silvia, que habla asiduamente por teléfono con los dos primeros pequeños que acogió y sus familias, también lo ha comprobado. "Se les nota la tristeza. Claro que tienen presente el giro del Gobierno, de hecho este año me preguntaron que cuándo iba a empezar el programa de Vacaciones en Paz", explica.

Con los niños y niñas que han llegado este año, más pequeños, es diferente. Son conscientes de su situación, como todos, y "son los mejores embajadores de la causa saharaui", dice Fernández, pero "no comentan mucho" la cuestión política y "apenas preguntan", aunque "de vez en cuando cantan o gritan 'Sáhara libre'", explica.

Esa es la principal ventaja del programa. "Vacaciones en Paz da visibilidad a su pueblo y a la causa y consigue sensibilizar con respecto a ella a la sociedad civil española", explica Garrido. Además, el proyecto se torna fundamental para ellos, precisamente, por la puerta sanitaria que les abre venir a España, donde se realizan revisiones médicas y se refugian del calor. "Allí llegan a superar los 50 grados durante el verano", explica Fernández.

"También aprenden el idioma y se intercambian modos de vida, de costumbres. Tanto los niños como las familias ven y conocen de primera mano otra realidad diferente. Es un intercambio en todos los sentidos, un aprendizaje", sentencia Garrido.

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