Inflación

Vista de la Bolsa de Madrid, templo del IBEX y uno de los observatorios que mejor registra las tendencias inflacionistas de los mercados.

Joaquín Estefanía

Existe un grupo muy numeroso de jóvenes, los que padecen los efectos de la precariedad, que conforman la “generación de las dos crisis”. Padecieron la Gran Recesión de 2008 y el Gran Confinamiento de 2020. Al revés que sus padres o sus abuelos no han tenido que preocuparse hasta ahora de las subidas fuertes de los precios de los bienes y los servicios, que angostan el poder adquisitivo de los salarios o ayudas que los sustentan. La inflación ha sido para ellos un fenómeno externo, casi histórico, y desde luego, no ha constituido un problema. Sus dificultades se han centrado en otros problemas de la economía real.

Apenas se parecen estos tiempos, en este aspecto, a otros todavía cercanos como los de la Transición. En 1976, recién muerto Franco, llegaban a España los efectos de la primera crisis del petróleo, que se visibilizaron con mucha dureza en las vidas cotidianas de los ciudadanos: inflación, paro, descenso de los beneficios de las empresas, disminución del ritmo de crecimiento, aumento del déficit exterior, frenazo de la inversión… Otra vez la pesadilla, repetida en la historia, de un cambio de régimen inmerso en una crisis económica. El socialista Indalecio Prieto había escrito en sus Convulsiones de España: “No entender políticamente el mundo de la crisis económica y no presentar ante él una política económica coherente constituyó una de las causas del fracaso de la Segunda República”. En los meses centrales de julio y agosto de 1977 la inflación superaba en España el hoy inconcebible porcentaje ¡del 42%!

Fue entonces cuando José Luis Sampedro escribió uno de sus libros más queridos, aunque uno de los menos conocidos: La inflación en versión completa. En ese texto ya estaba una de las tesis centrales del pensamiento de Sampedro: la vinculación inmutable entre el poder político y la política económica, en la que la inflación jugaba un papel central porque afectaba mucho más a unos (los que viven de un salario) que a otros (los que viven de las rentas y de la inversión). En coyunturas de fuertes aumentos de los precios todos los sufren, pero unos más que otros, y unos antes que los demás. Por ello se ha denominado a la inflación “el impuesto de los pobres”. Poco antes de morir Sampedro, su libro fue publicado corregido y aumentado, en colaboración con uno de sus discípulos, el profesor Carlos Berzosa (La inflación al alcance de sus ministros).

Después de haber desaparecido la inflación del primer plano durante bastante tiempo, ahora regresa con tasas inéditas desde hace tres décadas y afectando a la práctica totalidad de los países. Ello es consecuencia, básicamente, de dos factores: el incremento desaforado de los precios energéticos, y los cuellos de botella surgidos en la cadena de distribución y, en algunos casos, también en las fábricas de producción, después de los meses de confinamiento en los que todo se detuvo. Pese a que durante meses, el mainstream de los economistas que trabajan en los bancos centrales, en los servicios de estudio empresariales y en los organismos multilaterales, declaró una y otra vez que se trataba de un problema acotado en el tiempo, la inflación no ha parado de subir, situándose en una horquilla entre el 4% y el 7% en los principales países, creando alarma social entre los consumidores. El presidente de la Reserva Federal (Fed), Jerome Powell, ha reconocido que estaban equivocados y que hay que retirar del lenguaje corriente el concepto de “inflación transitoria”. 

Atendiendo a la coyuntura se puede actualizar un pequeño breviario, con una serie de conceptos adaptados a la actualidad:

-Inflación: Fenómeno muy frecuente en la historia económica pero olvidado en los últimos años. Consiste en el aumento sostenido y generalizado de los precios de los bienes y servicios a lo largo del tiempo, lo que afecta a la vida cotidiana de la mayoría de la población, que observa perpleja la caída de su poder adquisitivo. Si la inflación es alta y continuada tiene repercusiones en la política del país en cuestión.

-Inflación buena: Se define según los estándares de cada época (que ahora acotan los bancos centrales). Se considera que una inflación es buena cuando la subida de precios se sitúa alrededor del 2%. Una inflación es mala cuando está por encima o por debajo de ese porcentaje.

-Inflación subyacente: Muy importante. Algunos economistas la definen como “la verdadera inflación”, la inflación estructural. Es aquella que excluye de la medición de precios la de los productos más volátiles, como la energía o los alimentos no elaborados. Es la inflación que llega para quedarse.

-Inflación transitoria: Aquella inflación que se genera porque suben los precios de algún producto o servicio por motivos específicos y acotados, y que se entiende que quedarán superados en un determinado periodo. Es lo que se supone que ocurre ahora con los precios del gas, que se espera bajarán en la primavera de 2022. Muchas veces esa previsión es muy arriesgada. Al revés, la inflación permanente es aquella de la que no se sabe el momento de su final.

-Inflación de segunda ronda:  Cuando por efecto de las primeras subidas de precios, se contagian los demás bienes y servicios, y sus precios también comienzan a incrementarse. Por ejemplo, si ante el aumento de la inflación por factores energéticos los salarios suben para que los trabajadores no pierdan poder adquisitivo. Cuando hay inflación de segunda ronda es porque el incremento de precios ha dejado de ser coyuntural.

-Estanflación: Coinciden en el tiempo un estancamiento de la economía con un crecimiento de los precios, dos fenómenos que en principio se consideraban antitéticos. En los años setenta del siglo pasado se desarrolló una estanflación de libro, con lo peor de ambos mundos. La estanflación tiene dificultades muy complejas de resolver para manejarla bien, porque las políticas (monetarias y fiscales) que suelen aplicarse para corregir la inflación tienden a profundizar los componentes recesivos de la economía.

-Desinflación: Una etapa caracterizada por el aumento tímido de los precios (por debajo del 2%). Es lo sucedido durante muchos meses durante la Gran Recesión que empezó en 2008 y en el periodo previo a la pandemia, y previo también al confinamiento de la población en la primera parte del año 2020.

-Deflación: Descenso generalizado de los precios de los bienes y servicios (incluyendo el precio del trabajo: los salarios), que se mantiene a lo largo de un periodo. Keynes dijo de la deflación: “Lo peor”. Los ingresos se deprimen, la demanda se debilita, persiste la reducción de la actividad. Durante los meses del Gran Confinamiento se desarrolló una deflación.

-Hiperinflación: Explosión de los precios, fuera de control. Inflación de dos o tres dígitos. Círculo vicioso en el que se crea más y más inflación con cada repetición del ciclo. La moneda nacional deja de tener valor. Los ejemplos históricos más repetidos de hiperinflación fueron la República de Weimar (Alemania 1918-1933) –los precios terminaron con la república y llegó el nazismo al poder- o lo acontecido en diversas coyunturas en varios países de América Latina.

Las tasas de inflación con las que se ha cerrado el año 2021 inducen a la prudencia en el pronóstico. ¿La inflación mala devendrá en inflación buena –en los alrededores del 2%– lo que podría tener efectos positivos para otros asuntos, como la sostenibilidad de la deuda?, ¿Será transitoria y hasta cuándo durará, tras haber sorprendido a casi todos por su intensidad, o se quedará entre nosotros un largo periodo? No nos vendría mal repasar, por su metodología, otro libro –Las fuerzas económicas de nuestro tiempo– de aquel maestro nonagenario visionario que fue Sampedro.

*Joaquín Estefanía es economista y periodista. Autor de libros como ‘La economía del miedo’ o ‘Revoluciones: Cincuenta años de rebeldía (1968-2018)’, publicados por Galaxia Gutenberg.

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