¿Qué quiere decir, exactamente, que la democracia es un vacío?
“Entre la monarquía y la república optaré por la república; entre la república unitaria y la federativa, optaré por la federativa. Ya que no puedo prescindir del sistema de votaciones, universalizaré el sufragio. Dividiré y subdividiré el poder, lo movilizaré y lo iré seguro destruyendo”
La democracia hoy en día se encuentra en una encrucijada: por un lado, es frágil y vulnerable frente a las reacciones fascistas y, por el otro, aún no ha llegado a su plena realización material en el socialismo. La democracia necesita quien la defienda, y la mejor defensa es siempre un buen ataque. Por esta razón las llamadas “teorías de la democracia radical” aciertan al apuntar que la mejor forma de mantenerla es avanzar hacia su profundización. Sin embargo, no se puede defender algo que no se sabe muy bien qué es. Y aquí es donde tiene que entrar la filosofía política a suministrar una nueva imagen para poder defenderla mejor.
Como antaño los tres amigos de juventud, Hegel, Schelling y Hölderlin –que eran reprendidos por celebrar el aniversario de la Revolución Francesa cuando compartían habitación en el Stift de Tubinga– escribieron en un manuscrito, luego descubierto como El más antiguo programa del idealismo alemán: “necesitamos una nueva mitología, pero de la razón”. Ahora bien, ¿cuál podría ser esta nueva mitología racional, que contribuyera a la defensa radicalizadora de la democracia? ¿Qué es, en realidad, la democracia? ¿Qué pensamiento debería desarrollar un ciudadano o ciudadana que quisiera seguir profundizando en su condición de demócrata?
En el presente artículo me gustaría entretener una tesis, en el fondo, muy clara y simple al respecto: la democracia es un vacío. No obstante, este juicio, así dado, no es susceptible de producir ningún efecto en el lector, ni mucho menos creo que dé pie a un efecto político o democratizador. La razón es que ya Freud anunció a propósito del psicoanálisis que una interpretación silvestre –es decir, fuera del largo, pesado y minucioso trabajo de desentrañar los hilos de determinaciones (o working-through)– no significa nada. Así pues, primero de todo, tendremos que hacer brevemente este mismo trabajo de recolección de los diferentes hilos históricos, filosóficos y políticos que dotan de significado a la tesis de que la democracia es, en realidad, un vacío.
Heródoto cuenta en su Historia que Ciro, rey de los persas, despreciaba a los atenienses porque “ningún miedo tengo de esos hombres que tienen por costumbre dejar en el centro de sus ciudades un espacio vacío al que acuden todos los días para intentar engañarse unos a otros bajo juramento”. Este lugar vacío se refiere, obviamente, al ágora, el lugar donde confluían tanto la asamblea como el mercado dentro de las polis griegas. (Esta traducción de Cátedra es problemática, pero ahora no podemos adentrarnos en ello, y se non è vero, è ben trovato). Para los republicanos Fernández Liria y Alegre Zahonero, este lugar vacío es el acontecimiento fundante de la democracia pues –contrariamente a lo que el Rey de reyes, Ciro, deseaba– significa que no puede ser ocupado ni por un “trono” ni por un “templo”.
Sin embargo, con el derrumbe de la eticidad griega, emergerá un Imperio (romano) que será demasiado “grande y terrible” para gobernar los distintos átomos individuales que revoloteaban a lo largo y ancho de su territorio, chocando los unos con los otros, y este vacío adquirirá la forma del Derecho. Ahora bien, el Derecho se basa en la igualdad de los mercaderes, que todo lo ponen en una balanza. Y por esto, célebremente, Jesús vaciará el templo de mercaderes, “para llenarlo de Dios”.
Sin embargo, la sorpresa de los apóstoles cuando descubran la “tumba vacía” lanzará a toda la cristiandad hacia las Cruzadas, en búsqueda del Santo Grial o la Tierra Prometida, para recuperar la plenitud ahora perdida. Se suele poner el énfasis del cristianismo en la resurrección, cuando su especificidad reside en que es la única religión del mundo donde Dios se encarna y muere, anticipando ya así el ateísmo moderno: “¿Padre, por qué me has abandonado?” –gritará Cristo en la Cruz–. A lo largo de la Edad Media, entonces, veremos cómo este vacío –que para los griegos estaba puesto ahí fuera, en la naturaleza o en el ágora– ahora se interioriza, como en la “altísima pobreza” de los franciscanos: “pero antes los humildes de este mundo eligió Dios, para confundir a los sabios; y a los débiles, para confundir a los fuertes; y las cosas que no son para convertir en nada todo lo que es” (1 Cor 1:27-8). Sobre todo, a partir de las Epístolas de San Pablo, que propiciarán toda la mística medieval cristiana, veremos cómo este vacío se volverá cada vez más individual, hasta llegar a la figura unipersonal del monarca, y la imagen del “trono vacío” se esparcirá por los ábsides bizantinos de toda Europa, con el “cojín preparado” para la vuelta del Mesías en la “Segunda Venida”. Ya esta imagen radical (llamada etimasia) prefigurará, más o menos implícitamente, la idea de que ningún Rey es de verdad, que el único amo absoluto es la muerte, que el auténtico gobernante está siempre por-venir, y que cualquier persona que lo ocupa temporalmente acomete una especie de injusticia.
Pero de la “corona vacía” de Shakespeare pasaremos a la vanidad de la Corte que la rodeaba. Las “palabras vacías” del parloteo, cháchara y habladuría de los aduladores del Rey allanarán el camino para la entronización del vacío como être suprème durante la Revolución Francesa. ¿Qué quiere decir, literalmente, que “la democracia es un vacío”? De la forma más gráfica posible, significa que la democracia moderna surgirá del vacío que dejará a su paso la decapitación del Rey durante la Revolución Francesa. Después de la guillotina, los ciudadanos se mirarán por primera vez los unos a los otros y, angustiados, se preguntarán: ¿dónde encontrar ahora el fundamento de la sociedad? ¿Dónde está el cuerpo de la nación? En ningún lugar: solo quedamos nosotros.
Vaciamiento republicano
Frente al rojipardismo hoy imperante, esta fue la razón por la que Marx eligió a la clase obrera como continuadora del proceso de vaciamiento republicano: no porque tuviera una identidad bien definida sino, justamente, porque “no tenía nada que perder excepto sus cadenas”, porque era la única clase que buscaba su propia autodestrucción (como clase). En un bello pasaje, por ejemplo, el joven Marx exclamaba que faltaba en Alemania una clase con “la consecuencia, la agudeza, el coraje, la desconsideración que podrían estamparle el carácter de representante negativo de la sociedad. (… Falta igualmente) aquella audacia revolucionaria que le lanza al adversario la consigna desafiante: yo no soy nada y debería serlo todo”. En este sentido, no es sorprendente que lo más intolerable para los pensadores de la definición del proletariado de Marx fuera, justamente, su vacío. “No puede haber ningún orden social que contenga un vacío así” –arremetería Schmitt–. Mi idea ha sido darle la vuelta a esta reflexión: si pensadores protototalitarios, como Schmitt o Heidegger, detestaron tanto el vacío… es que debe de haber algo progresista ahí.
Pero todo esto no es una mera elucubración histórica, sino que llega hasta nuestros días, y pretende explicar por qué el pensamiento político posfundacional ha desembocado en situar el concepto de vacío en el centro de sus “teorías de la democracia radical”. Para Lefort, por ejemplo, la democracia misma se define como el “lugar vacío del poder”. Para Laclau, el populismo (tan conocido en nuestro país) implica la “producción discursiva de un vacío”. Para Badiou, el vacío no contado por una situación es lo que hace posible un acontecimiento (como el 15M). Por último, para Rancière, la policía, en oposición a lo político, representa “una distribución de lo sensible donde el principio es la ausencia de cualquier vacío o suplemento”. En realidad, lo que pretendo es combinar dos libros jamás escritos: Universalidad vacía, de Laclau (que murió antes de poderlo escribir), y las últimas páginas que Althusser redactó en el manicomio, donde hablaba de levantar una “corriente subterránea del materialismo aleatorio”, que iría desde Epicuro hasta Marx, pasando por Eckhart y Maquiavelo.
Así, en este breve repaso histórico, la historia se nos aparece como un progresivo proceso de vaciamiento, pasando por distintos lugares: la “plaza vacía” (agora), el “templo vacío”, la “tumba vacía”, el “trono vacío” (etimasia), la “Corte vacía”, hasta llegar al “vacío de la democracia radical”. Así, el pueblo se nos aparece como una especie de alfarero que va moldeando constantemente la forma y los límites de ese cuenco vacío que representa el poder. En la clásica clasificación que hizo Aristóteles de los distintos “regímenes políticos”, en su Política ya distinguió entre “monarquía”, “aristocracia” y “república”, atendiendo al número de individuos que gobernaba en cada caso: si uno, pocos o muchos. Pero este no puede ser el criterio para discriminar entre los distintos “regímenes políticos” (que se distinguen justamente de un gobierno por su permanencia en el tiempo) por una razón bien sencilla: los seres humanos son finitos y mueren. Los cuencos vacíos de las instituciones, por el contrario, perviven: el trono, el consejo, el parlamento o la plaza. No hay que fijarse tanto en el contenido como en el continente. No hace falta una aritmética, sino una alfarería del vacío de poder.
Como es imposible que un ordenamiento político no excluya algo, la política se convierte, entonces, en la disputa por la forma y los límites de este mismo cuenco vacío. Cuánta diferencia, diversidad, pluralidad y movimiento sea capaz de aguantar y tolerar un determinado cuenco dependerá de su forma y límites: si es muy pequeño y estrecho, y solo lo puede ocupar una persona –monarquía o tiranía–; por el contrario, si es muy grande y ancho, lo pueden ocupar algunas –aristocracia, oligarquía o parlamentarismo– o muchas –democracia–. Esta última, por tanto, representa su punto más radical: en el cual el lugar del poder tiene que quedar lo más vacío posible para que no sea de nadie, y por lo tanto puede ser de cualquiera o de todos.
La diferencia entre cualquiera y todos es de crucial importancia aquí por cuanto nos conduce a la distinción entre “democracia representativa” y “socialismo”. Según una idea terriblemente muy extendida –de nefastas consecuencias para la política– la democracia liberal burguesa no tendría más que derechos formales, que luego el socialismo tendría que venir a llenar con derechos materiales. De esta manera, habría una discontinuidad, un quiebre o una ruptura entre “democracia” y “socialismo”, y además estaría marcada por una dicotomía tan deconstruida y superada como forma/materia. Por el contrario, la gracia de cómo estamos considerando a los regímenes políticos aquí es que el socialismo no es más que una subespecie de la democracia, su corolario necesario, su culminación final. El socialismo no es más que la radicalización de la democracia. En ambos casos el lugar del poder no lo llena nadie (es decir, está vacío), pero esto quiere decir que lo puede ocupar cualquiera (democracia representativa) o todos (socialismo).
La democracia liberal burguesa es formal, sí, pero el problema no es que esté vacía, sino que justamente no lo está lo suficiente, está demasiado llena, pues aun le queda un último reducto de contenido que determina los límites de este cuenco, a saber: la forma-mercancía. Hoy en día, cualquiera puede entrar en una discoteca (sin importar la raza, el género o la sexualidad), eso sí, a condición de que tenga el dinero necesario para pagar el precio. Esto hace que el relativo vacío de la democracia liberal burguesa acabe, en la práctica, lleno de mercancías, dinero, capital y clases sociales. En este sentido, el socialismo no debería verse a sí mismo como un intento de llenar materialmente el cuenco relativamente vacío de la democracia liberal burguesa –lo cual nos comprometería siempre con determinadas formas de estalinismo, rojipardismo o fascismo de izquierdas–, sino como el último y mejor intento de agrandar y ensanchar los límites de este cuenco vacío.
Un juego de suma cero
¿Qué quiero decir con todo esto, hacia dónde quiero llegar? La izquierda suele siempre gritar soflamas por grandes plataformas para la “unidad de la izquierda”, pero no piensa nunca en la esencia de ese paraguas. ¿Qué es lo que une a socialistas, feministas, ecologistas, etc.? En realidad, nada. Pero esta nada tiene que ser puesta en su positividad: lo que hay que pensar es el vacío de la plataforma. Ahora bien, el vacío no es cualquier cosa: de él se deriva no solo una determinada ontología, sino también una ética (la humildad), una epistemología (el no-saber) y una política (el populismo). Para no acabar en la aniquilación, como decía Landauer, alguien siempre tiene que vaciarse, en un juego de suma cero: o bien puede vaciarse Uno, para dejar espacio al Otro; o bien debe vaciarse el Otro, para dejar espacio a lo Mismo. Una gran parte de la izquierda siguió este último camino, situando el vacío del lado del Otro, en las cabezas de la gente, creyendo que esta era tonta y un receptáculo esperando a ser llenado con su ciencia. Pero hay otro camino posible, y es vaciarse a uno mismo para reservar un espacio al Otro. Si El Capital de Marx tiene el mismo estatuto dentro de la izquierda que la Torah tuvo dentro del judaísmo, hay que repetir el gesto paulino de vaciar los 10 mandamientos, justamente, para llevarlos a su cumplimiento.
En este sentido, Pablo Bustinduy, quien hizo su tesis sobre la relación entre el espacio y el universalismo político, y hoy es ministro de Derechos Sociales, decía que en el 15M aprendió que la política no tiene solo la capacidad de ocupar espacios, sino también de crearlos. Es curioso que el Podemos original dedicara notables esfuerzos teóricos a hacer pedagogía sobre los principales conceptos de la teoría de la hegemonía de Gramsci y Laclau y todos ellos se entendieron bastante bien y tuvieron un relativo éxito, menos uno: el significante vacío, que no dejó de verse nunca como un mero receptáculo, producto del marketing, donde cada uno podía proyectar lo que quisiese.
Por esto aún hoy se siguen escribiendo artículos (sobre todo a propósito de la extrema derecha) argumentando que “en política no hay espacios vacíos: o los ocupas tú, o te los ocupan”. Pero quizás aquí es donde puede servir de ayuda un filósofo, pues en este punto se ve perfectamente claro que el llamado sentido común no es más que metafísica congelada. Pues este refrán popular que se repite hasta la saciedad no es más que la trasposición a la política del principio metafísico de Aristóteles, que aseguraba que “la naturaleza aborrece el vacío”, y que se mantuvo incuestionado en Occidente durante más de dos milenios, hasta que en el siglo XVII Torricelli demostró la existencia del vacío al meter un tubo en una cubeta de mercurio. ¡Eureka! Con este artículo, por tanto, no solo quiero proponer que hay vacíos, sino que un lema tan vacío como Democracia Real YA, por ejemplo, puede ser más eficaz y potente políticamente en determinados momentos que un programa lleno de políticas públicas. Pues, como decía Guillén, “lo más profundo es el aire”, y lo ligero es más poderoso que lo pesado, y lo flexible, más que lo rígido.
Pero a la izquierda le cuesta aceptar que el capitalismo no nos esté ganando porque proponga un nuevo contenido moral sino porque representa una forma justamente más vacía que las organizaciones feudales y tribales anteriores. De hecho, el capital da muy pocas directrices sobre cómo tendría que vivir su vida cada uno: “¡Qué nada no sea una mercancía!” es su único imperativo categórico. Es la responsabilidad histórica del socialismo democrático, por tanto, quitar este último reducto de contenido para generar una sociedad aún más vacía y, por tanto, libre.
Por otra parte, el vacío también nos puede dar el criterio que nos ayude a discriminar por qué la monarquía inglesa aguantará mucho más que la española. Cualquiera que haya visto la serie The Crown sabrá que de lo que más adolece la reina Isabel II es de no poder dar su opinión política, de no poder expresar su singularidad, etc. Sin embargo, nunca lo hace: pues es perfectamente consciente de que en su vacío reside su poder. Sin embargo, la monarquía española es más impaciente: apenas tres años después del principio de su reinado, Felipe VI no pudo evitar ya tomar partido el 3-O, después del referéndum catalán. Esto hizo que se le viera de parte, demasiado lleno de una mitad del país que pretendía representar.
Para uno ser realmente demócrata, entonces, debería encontrarse siempre dividido: por una parte, uno debería tener su ideología concreta (liberal, progresista, o lo que sea); pero, por otra parte, habría que reservar un espacio vacío para el Otro. Como los republicanos españoles durante la Guerra Civil, que murieron no porque quisieran ellos ocupar el trono del poder, sino para que no lo usurpara ningún tirano, y pudiera ser así de todos o cualquiera, permaneciendo vacío.
*Adrià Porta Caballé es doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona.