Los bingueros

El rey emérito Juan Carlos I.

«¡Me aburro!». Su majestad rezongaba incasablemente. Para mi desgracia, todas sus apetencias incluían tumultos, pólvora o cabareteras. Ni una idea sensata se cruzaba por las meninges reales: en mala hora acepté este trabajo. Queriendo ahuyentar el recuerdo de Robespierre, salí a la terraza a fumarme un pitillo. Allí, frente a mis narices, un letrero de neón parpadeaba con la solución: Bingo Torrehermosa.

Le expliqué a su majestad que podría divertirse jugando y bebiendo. La idea le entusiasmó. «Iremos de incógnito». El CNI me había facilitado un kit de caracterización: un baúl lleno de bigotes adhesivos, zapatones, pelucas de colores y sombreros con brillantina. Conseguí encontrar una gorra oscura, unas gafas de esas que traen la nariz colgando y un fular de colores lisérgicos. No lo reconocería ni la madre que lo parió.

Bajamos hasta la calle y entramos en el establecimiento. El paisanaje era de lo más variado: ancianas con tufillo a ginebra, señores con braguero y jóvenes que hacían todo irónicamente. El mayordomo mayor y el capellán real acomodaron a su majestad en una mesa retirada y yo me acerqué a comprar unos cartones. Llegando a la mesa, el rey se divertía con uno de esos típicos rotuladores gordos intentando plantarle un lunar en la frente a uno de sus acompañantes. «No quiere ser Gandhi», me dijo. Sonriendo, le coloqué tres cartones por delante.

A los pocos minutos, un speaker gangoso dio comienzo a la ronda. El 27, el 34, etcétera. Su majestad no estaba en racha, pero se divertía. De cuando en cuando, alguno de nosotros le traía un platito de altramuces y alguna copichuela. Pasada una hora ocurrió la desgracia. El rey estaba a punto de cantar línea cuando una agilísima anciana se le adelantó. El emérito, contrariado, golpeó ruidosamente la mesa. Entonces (no me creerán, pero pasó tal como lo cuento), la jugadora se levantó de su mesa, cogió su andador y se plantó frente a nosotros. ¡Era la guerra! Don Juan Carlos la miraba con odio tras las gafas de plastiquete. La vieja, sosteniéndole la mirada, jugaba con la dentadura postiza.

No se ha visto una rivalidad igual desde Kárpov y Kaspárov. Los competidores tachaban violentamente los números, apuñalando los cartones con el marcador. «Desde el corazón del averno, te asesto esta daga», masculló la señora. «Si fueras un elefante…», oí murmurar a su majestad.

Poco a poco, un pequeño corrillo de octogenarios se congregó alrededor de nuestra mesa. Se mascaba la tragedia y ninguno de los presentes podía hacer nada por remediarlo. «El 62, el 8, 56, 21…». Los números se amontonaban como los escalones de un patíbulo. En el boleto real quedaba un hueco, en el de su contrincante, dos. Don Juan Carlos acariciaba la victoria con la yema de los dedos cuando, de repente, la astuta binguera se ajustó las gafas bifocales y dijo con asombro: «Pero no será usted…». En ese momento grité «¡extracción!» y media docena de boinas verdes rompieron la claraboya lanzando gas lacrimógeno. Cuando el humo se disipó, no quedaba ni rastro del emérito. Fue una tarde animadísima, lástima que mandásemos a tanta gente al hospital.

Aficiones ocultas

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