Cuánto te he echado de menos

Un resort cargado de recuerdos

Carretera principal de Santibañez de la Isla (León).

Nunca he sido un niño de playa. Y no lo he sido por varios motivos. Primero, porque siempre he odiado la arena y la sal por cada rincón de mi cuerpo. Segundo, porque nunca he sido capaz de encontrar la diversión de achicharrarse echado en una toalla en pleno mes de agosto. Tercero, porque me agobian los paseos marítimos abarrotados de gente. Y cuarto, porque en mis 28 años de vida jamás he sido capaz de encontrar por toda la costa un resort tan perfecto para desconectar como Santibañez de la Isla (León). ¿Para qué leches querría yo de rapaz levantar castillos de arena en Roquetas de Mar, Torremolinos o Gandía si podía ser el mejor arquitecto de casetas de la comarca de La Bañeza? Sí, siempre fui muchacho de pueblo. De ese que, desde que eres pequeño, te ofrece una libertad que ni el Madrid de Ayuso es capaz de darte.

Si algo he echado de menos durante esta eterna pandemia ha sido escaparme allí cada vez que podía. Es cierto que, desde que comencé la vida adulta, no subo tanto como me gustaría. Pero cada vez que lo hago, vuelvo a la ciudad con la cabeza reseteada. No hay nada como pasear por allí y echar la vista atrás. Recordar aquellas tardes de verano a la sombra de los chopos, las excursiones a la presa de las que, si había suerte, volvías con un cubo de cangrejos enganchado al manillar de la bicicleta o las raudas incursiones en territorio enemigo –siempre son los pueblos de alrededor– para responder a los ataques lanzados por otras cuadrillas contra la caseta que habíamos levantado con tanto esfuerzo a base de palés, cuerda y sacos de patatas. Eran nuestras particulares guerras, esas que quedaban zanjadas con un partido de fútbol al caer la tarde.

Buena parte de mi familia materna vive hoy allí. A medida que se han ido jubilando, han dejado Madrid atrás y han vuelto a sus raíces. Quizá, con la vista puesta en eso, mis padres decidieron hace unos años comprar una casa. Todavía recuerdo el infantil cabreo que me agarré porque la vivienda se ubicase en El Otro Barrio y no en Este Barrio. Me explicoSantibañez se divide en dos áreas conectadas por un puente. Y, por supuesto, mi corazón siempre ha estado con la que se ubica en la margen derecha del río Tuerto en descenso. Es cierto que en El Otro Barrio es donde se encuentra buena parte de la vida: el bar, la iglesia, el campo de fútbol, el parque, la tienda o la plaza, punto neurálgico de las fiestas veraniegas. Sin embargo, de Este Barrio eran buena parte del grupo de amigos. Esos a los que cada noche ibas picando casa por casa para salir a bajar la cena –los teléfonos allí solo sirven de pisapapeles–.

Pero, sobre todo, siempre me he sentido de ese lado del río porque es allí donde se alza, desde hace décadas, el mejor hotel que he conocido. Una casita a doble altura blanca que siempre se caracterizó por su enorme portón de chapa azul y que nunca tuvo nada que envidiar a un cinco estrellas cualquiera. No teníamos piscina, pero sí un enorme corral, una manguera y varios baldes por si el calor apretaba. Tampoco un gran comedor. Con la cocina, esa que se convertía en escuela a base de cuadernillos de verano tras el desayuno, nos apañábamos. Eso sí, cuadrando un par de turnos en comidas y cenas. Porque en temporada alta nos podíamos juntar perfectamente en el resort que con tanto mimo regentaban Palmira y Liberio cerca de una veintena de personas. Sí, mi familia es numerosa. Nunca tuve hermanos, pero jamás me faltaron primos encargados de suplir ese vacío.

De hecho, es frente a esa casa donde tengo uno de los recuerdos más viejos que conservo en la memoria. Estoy yo en la calle, subido en una bicicleta infantil BH color azul. No tengo ni idea de cuántos años tendría, solo sé que estaba aprendiendo a montar sin ruedines. Tras un buen rato para un lado y para otro, seguía negándome a que mi abuelo me soltara. Fue entonces cuando las campanas repicaron. "Así no vas a aprender", dijo Liberio –o al menos así lo he archivado yo en mi cabeza– mientras enfilaba el camino hacia la Iglesia para asistir, supongo, a la misa de los domingos. Y yo, que terco soy un rato, me puse a ello. Para cuando regresó, ya me movía solo poco a poco en esa bicicleta con aspecto ochentero en la que hemos dado nuestros primeros pasos todos los niños y niñas de la familia. Cada vez que arrancaba el verano, se le limpiaban las telarañas y que pasara el siguiente.

En aquellos años, esos en los que acompañabas a los abuelos a la huerta para ver cómo iban los garbanzos y acababas entreteniéndote lanzando piedrecitas al reguero, Santibañez podría tener censados cerca de trescientos habitantes. Ahora, la última estadística del INE habla de 178, aunque seguramente en invierno sean todavía muchos menos. Sí, mi pueblo forma parte de esa España rural que poco a poco han ido vaciando los grandes núcleos urbanos. De esa que ha visto cómo las escuelas se veían abocadas a cerrar sus puertas ante la falta de niños y el médico pasaba a atender a la envejecida población una vez por semana. Esa a la que los medios de tirada nacional solo prestan atención cuando miles de agricultores y ganaderos deciden colapsar con sus tractores medio país para decir que ya es suficiente, que el sector no puede más y que están hartos de vender sus patatas a unos céntimos para que luego el consumidor final las compre en las grandes superficies por encima de un euro el kilo.

Pero el pueblo nunca ha estado falto de ingenio. Los más jóvenes, desde que tengo uso de razón, se han estrujado la cabeza para impedir que se muera: tan pronto te organizan un festival con el que atraer a visitantes como te montan con un par de tractores un circuito de rally a orillas del Tuerto. Y ahora, en plena pandemia, los vecinos se han decidido a poner en marcha un proyecto cooperativista para montar en la antigua casa parroquial un hotel rural, con su tienda de productos locales, y una empresa de servicios sociales. Cada vez que habla de la iniciativa, mi madre lo hace con cierto orgullo. Y siempre resaltando la parte centrada en ayudar a los más mayores que no quieren dejar el pueblín. "Por ejemplo, haciéndoles la comida", me decía al acabar una de las muchas reuniones telemáticas en las que ha participado. Sí, la pandemia la ha obligado a ponerse las pilas con las nuevas tecnologías.

Todo para hacer frente a esa maldita despoblación que lleva décadas secando buena parte de la geografía española. Ojalá, en algún momento, alguien se ponga las pilas para revertir esta situación. Yo he sido de esos afortunados niños con pueblo. Y quiero que los rapaces que me sigan también puedan, cada verano, dejar atrás la asfixiante ciudad para volar libres, como tantos hemos hecho, entre aquellos paisajes amarillentos que dibujan los campos de trigo y maíz de la comarca.

¡¡Me quiero ir a Madrid!!

¡¡Me quiero ir a Madrid!!

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